​¿Por qué hay ‘progresistas’ que abogan por ideas Victorianas sobre el género?

Exigimos rigor científico tratándose de otras áreas; ¿por qué no cuándo se trata del género?

Imagen del Museo de Ciencia de Londres. Se lee “¿Cuál es el sexo de tu cerebro?”

Según el filósofo Nicolas Malebranche,  era la “delicadeza de las fibras cerebrales” lo que provocaba que la mente femenina tendiera a asuntos frívolos, como establecer la ropa de moda y juzgar la elegancia y los buenos modales. En 1674 escribió:

“Todo lo referente al buen gusto se encuentra en el área de competencia de las mujeres, pero normalmente son incapaces de penetrar en verdades que no son para nada difíciles de descubrir. Todo lo abstracto es incomprensible para ellas”

Esto, probablemente, suena muy familiar. Desde hace muchísimo tiempo el patriarcado ha afirmado que las mujeres están atraídas de forma inerte hacia preocupaciones baladíes, como el maquillaje y la moda, pero eluden las ciencias abstractas como la matemática e ingeniería. Malebranche lo escribió hace siglos. Desde ese entonces, hemos desmentido nociones absurdas como la “delicadeza de las fibras cerebrales”, y las feministas han revelado que los comportamientos “de género”, como los son por ejemplo las prácticas de belleza, no son innatos sino externamente impuestos.

Una pensaría que la idea de un cerebro con género sería borrada por siempre de la lista  vergüenzas de la Historia, junto con las nociones acerca del “cerebro de raza” que fueron apoyadas rápidamente por los investigadores que trataron de justificar, como natural e inevitable, el dominio social de los hombres respecto de las mujeres y las personas de color.

Pero desafortunadamente eso no ocurrió. Hoy en día, éstas ideas regresivas persisten. El mes pasado, los progresistas participaron de la Marcha por la Ciencia para “defender el rol de la ciencia en la política y la sociedad”. Mientras tanto, la vieja falacia del cerebro con género ha vuelto, rugiendo, y hay poquísima resistencia de parte de la misma gente que demanda rigor científico en otras áreas.

En 2014, el canal para niños de la BBC, CBBC, publicó un documental ilustrando la identidad de género mediante una animación en que figuras rosadas y azules se deslizaban al tiempo en que cerebros rosados y azules caían dentro de ellas. El narrador explica, “la mayoría las hormonas, cerebros y cuerpos de las personas calzan, así saben definitivamente si son niño o niña”. Luego, un cerebro azul cae en una figura rosada. “pero algunas personas sienten que han nacido en el cuerpo equivocado”.

El narrador explica que la discordancia entre el género mental y el cuerpo “es poco común”, ya que la mayoría de las personas tienen cuerpos que calzan con sus yo internos. Presumiblemente, esto quiere decir que la mayoría de las mujeres tienen una mente femenina.

En un episodio reciente de “Bill Nye the Science Guy”, de Netflix, se explica que una persona puede tener “un cerebro de hombre en un cuerpo de mujer”. Y añade “Resulta que no puedes saber el género de un cerebro tan solo con mirarlo”.

Gracias, Bill. Es bueno saber que, tal como los tipos victorianos dijeron, puede que yo tenga un cerebro de hombre dentro de mi cuerpo de mujer. Siendo mujer en un ámbito dominado por los hombres, la filosofía, siendo poseedora de agudas habilidades lógicas y no teniendo interés por la moda, habiendo rechazado casarme y tener hijos, podría ser calificada de una anomalía dentro de mi sexo -exhibiendo una “mente masculina” gracias a algún extraño accidente del destino. El científico Victoriano Herbert Spencer diría que la causa de esto es mi descuido hacia las “funciones maternales”, argumentando que si mi cuerpo hubiera producido leche para mi “número debido de criaturas sanas”, entonces poseería la natural “energía mental” femenina. ¡Es ciencia!

La explicación de Spencer para la existencia de mujeres que no se conforman con el género suena ridícula hoy en día, pero era necesaria para apoyar la idea de que hombres y mujeres son inherentemente diferentes. “Que el hombre y la mujer son parecidos mentalmente es mentira, igual que es mentira que sean parecidos físicamente”, escribió.

Nuestra amnesia histórica es un problema. Parece que olvidamos que la noción de que hay diferencias innatas entre las mentes de hombres y mujeres, ha sido utilizada para excluir a las mujeres de la vida intelectual y política, y para negarles, en un pasado no muy lejano, derechos humanos básicos de autodeterminación.

El año pasado, me conmovió la furiosa reacción del público a la sexista exhibición sobre cerebros rosados y azules del Museo de Ciencia de Londres, que preguntaba “¿cuál es el sexo de tu cerebro?”. Pero esas demostraciones de cordura parecen pocas y lejanas tanto en Reino Unido como Norte América, donde la resurgencia de la idea de que los cerebros tienen género ha echado raíces.

En el siglo 19, las feministas desafiaron el orden patriarcal en la educación, la ley e incluso en las relaciones personales. En 1866, se formó la primera organización duradera de sufragistas. Al año siguiente, el filósofo John Stuart Mill prendió fuego al Parlamento al presentar una modificación que incorporaba el voto de las mujeres a la Reforma de 1876.

Los científicos y filósofos respondieron a este alzamiento feminista de un modo profundamente reaccionario; trataron, frenéticamente, de demostrar que existían diferencias esenciales entre hombres y mujeres, diferencias que justificaban la dominación patriarcal. De forma similar a cómo los científicos de la época, en orden a justificar la esclavitud, afirmaban que las personas negras poseían una naturaleza servil y subdesarrollada, ellos se valieron de todo, desde la frenología, a la neurología, la psicología y la teoría evolutiva para mostrar que los roles de género eran reales.

Incluso Charles Darwin tiró por la ventana el método científico, al parecer, al declarar que hombres y mujeres eran fundamentalmente diferentes en lo relativo a la capacidad mental, y que las mujeres eran subdesarrolladas y, por tanto, inferiores. Con un fervor racista y sexista, los científicos trabajaron en reversa, incumpliendo la naturaleza empírica de la ciencia. En vez de comenzar por la observación, los científicos partieron por la creencia en la inferioridad de la mujer y buscaron justificarla mediante una historia evolutiva imaginaria.

Eventualmente, la ciencia se corrigió a sí misma. La neurología ha encontrado, una y otra vez, que no existen diferencias significativas entre los cerebros en hombres y mujeres. La idea de una “psiquis femenina” ha sido desenmascarada por las feministas; es una ridícula fantasía masculina. Pero las acciones de la comunidad científica durante ese tiempo siguen siendo unas de las desgracias más vergonzosas de la Historia de la razón. Havelock Ellis describe ese periodo como “una dolorosa página en los anales de la ciencia…llena de prejuicios, presunciones, falacias, y generalizaciones apresuradas”.

Durante esa explosión de sexismo a mediados del siglo 19, el filósofo Arthur Schopenhauer escribió la que es quizás la descripción de la “mente de la mujer” más misógina de toda la filosofía. En su ensayo de 1851, On Women [Acera de las Mujeres], argumentó que, debido a la inferioridad de la mente de la mujer, incluso la posición subordinada de las mujeres dentro del matrimonio era una posición demasiado alta para ellas. Schopenhauer explicó que la mujer tiene las facultades racionales de un infante, y que “venerarlas tanto es extremadamente ridículo”. Declaró que, ya que “las mujeres existen únicamente para propagar la especie”, lo mejor para ellas sería que un hombre las mantuviera en su harén y fueran tratadas como ganado para cría.

Schopenhauer fue particularmente malo, pero no inusual. La ciencia del cerebro y mente con género tenía bases bien arraigadas en el ámbito de la filosofía. Podemos identificar esta tendencia desde la antigua Grecia, con Aristóteles, que veía a las mujeres casi como bestias “que solo obedecen sentimientos” y por tanto deberían ser gobernadas por hombres. Igualmente Tomás de Aquino veía a los hombres, debido a sus facultades mentales superiores, como amos de las mujeres.

El filósofo francés Jean Jacques Rousseau aseveró que las mujeres no eran solo, físicamente, el sexo débil, sino que también sus mentes estaban predispuestas de manera innata a tener comportamientos femeninos, como la coquetería, el gusto por la decoración y las muñecas. Decía que esto era evidencia de que el propósito de las mujeres es complacer a los hombres.

Immanuel Kant es, probablemente, el filósofo más importante de la historia en lo relativo a la naturaleza del pensamiento racional y la moralidad. Y aún así, rara vez se menciona que las mujeres estaban excluidas de su marco filosófico, debido a que él consideraba que somos incapaces de pensamientos superiores. Kant pensaba que la mente femenina era apta solamente para realizar deberes domésticos superficiales, argumentando que, por lo mismo, las mujeres deberían, por su propio bien, vivir bajo un sistema de vigilancia masculina constante.

Hegel tenía una opinión similar. Igual que Spinoza. Y la lista sigue…

Pero incluso con todos estos “grandes hombres de la historia” en su contra, las feministas lograron destrozar las ideas sexistas de la “mente femenina”. La filósofa Mary Wollstonecraft destruyó completamente a Rousseau en 1792, con su A Vindication of the Rights of Women [Una reivindicación de los derechos de las mujeres], al demostrar que las características de género son resultado de la educación de segunda categoría de las mujeres, y no de su biología. La Segunda Ola de feministas, de manera similar, refutó la noción de que el género era innato, mostrando que esos roles e ideas son resultados de la socialización y adoctrinamiento.

Por un breve, luminoso momento, reinó la verdad, y se comprendió que la mente no tenía género -que una mujer podía ser igual de valiente, lógica, dominante y no era un adorno, tanto como cualquier persona…Hasta ahora.

Una vez más se ha vuelto popular la idea de que existen cerebros/mentes/psiques con género -esta vez mediante la ideología de la identidad de género. Se dice que la feminidad existe, no por ser un sistema artificialmente impuesto de dominación patriarcal, sino que es una expresión de la “identidad” personal de cada mujer.

Es triste que aparentemente no hayamos aprendido de la Historia. Pero al mirar atrás, podemos encontrar confort e incluso esperanza.

Nuestras ancestras feministas lograron superar, eventualmente, la  esencialista reacción; seguramente nosotras también podremos. Se supone que la historia se repite a sí misma: primero como una tragedia, segundo como una farsa. Como ellas ya hicieron la labor de desmantelar la idea de “cerebros azules y rosados”, estamos en mejor posición de demostrar cuán ridícula esta idea realmente es.

Después de todo, tenemos la historia de la verdad y la razón de nuestro lado.

* * *

POR SUSAN COX

Original en inglés aqui

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