Día Internacional de la Mujer: recordemos de quién se trata el feminismo.

En el Día Internacional de la Mujer, recordemos de quién se trata realmente el feminismo: las mujeres. Se nos dice una y otra vez que el feminismo es para todas y todos. Que el feminismo no es una palabra a la que debamos temerle -simplemente es sinónimo de “igualdad”. Pero se equivocan.

El Feminismo no es para todos y quizás quienes sienten miedo de esta palabra están aterrados por buenas razones. El feminismo es sobre las mujeres. Y si eso no te gusta, es probable que tampoco te guste mucho el feminismo.

La semana pasada la prensa reportó acusaciones acerca de un supuesto hombre feminista, Jamie Kilstein se comportó de manera predatoria, abusiva hacia algunas mujeres. El comediante y (ahora ex) anfitrión de la Radio Citizien, un podcast sobre política, ha sido bien recibido desde hace tiempo por las liberales feministas de USA, que alaban que Kilstein era ejemplo de un verdadero “hombre feminista“. En Mic, Lauren Rankin escribe: “hombres feministas como Jamie Kilstein y John Knefel hacen que el feminismo sea divertido y acogedor para los hombres jóvenes que quizás no lo entiendan. Los hombres feministas aliados pueden llegar a los varones jóvenes de un modo en que las mujeres tal vez no puedan”.

Aunque sí­ creo que los hombres deberían desafiar y guiar a otros hombres lejos de la masculinidad y el ejercicio de violencia masculina, la preocupación central de Rankin -una que ha sido repetida por otros liberales muchas veces- es problemática: ¿Cómo aumentamos el número de hombres aliados feministas?

Es una pregunta extraña. No precisamente porque yo no quiera que los hombres apoyen la erradicación del patriarcado (quiero decir, eso sería bonito, seguro), sino porque este es un movimiento de y para mujeres. Me cuesta mucho imaginar a miembros del movimiento Las Vidas Negras Importan (BLM) sentados preguntándose qué podrían hacer para agradar a la gente blanca. En otras palabras, no debería ser la prioridad de un movimiento radical que busca cambios sociales, hacer que sus políticas sean más digeribles a la clase dominante. Asegurarse de que el feminismo parezca “divertido y acogedor”  a los hombres necesariamente significa alterar nuestro mensaje -una medida derrotista, si alguna vez vi una.

Un vídeo y transcripción publicados en Everyday Feminism (que ahora ya han sido removidos) muestran a Kilstein explicando qué hace a los hombres que no tienen miedo de llamarse a sí mismos feministas, ser feminista significa: “¡No seas una mierda, escucha a las mujeres! No seas una mierda con las mujeres. Kilstein concluye, dilo conmigo. Soy un hombre. No una mierda. No odio a las mujeres. Soy feminista”.

Irónicamente sus palabras son el epítome del problema de un feminismo que incluye hombres. Alentar a los hombres a usar la etiqueta feminista ha sido una tarea bastante exitosa, pero el tiro salió por la culata. Ahora cualquier hombre que cree no ser una mierda se siente con el derecho a usar su credencial de feminista. Pero cuando el feminismo es considerado una medalla, en vez de un conjunto de ideas y acciones políticas, terminamos con un feminismo carente de significado.

El asunto es que la mayoría de los hombres creen que no odian a las mujeres. Tienen madres, hermanas, esposas e hijas a quienes dicen amar. Les atraen las mujeres. (Digo, ¡se masturban con cuerpos de mujeres todo el tiempo!). Pero la misoginia no siempre se manifiesta de maneras obvias. Un hombre puede amar a su madre pero también creer que algunas mujeres son unas putas. Puede pensar que violar es malo pero también que tiene derecho a tener sexo. Puede decir que apoya los derechos reproductivos, pero a la vez creer que las mujeres son naturalmente buenas cuidando niños. Vivimos en un mundo que nos dice que cosificar y amar a las mujeres es lo mismo, y le enseña a los hombres que sus voces, deseos y pensamientos son más válidos que los de las mujeres.

Cuando el feminismo da cuenta de estos problemas -cuando decimos, por ejemplo, “de hecho, la mirada masculina es deshumanizante [male gaze]”, o “no, tener sexo no es un derecho“, los hombres reaccionan con enojo. Anunciar que las cosas que les enseñaron desde que nacieron y que les dijeron que eran normales son, de hecho, dañinas para las mujeres, pone incómodos a los hombres. Y debería.

No hay nada de malo con que los hombres apoyen el movimiento feminista. En efecto, conozco muchos hombres que han sido buenos aliados del feminismo. Pero la clase de feminismo que los hombres apoyan y la forma en que muestran su apoyo, es relevante y revelador. Hay un tipo particular de hombre al que le agrada llamarse feminista pero recurre a insultos para describir a las feministas radicales, que trata como basura a las mujeres que nombran como tal la violencia masculina, que pone a mujeres en contra de otras, que se cree con el derecho a ridiculizar a las feministas que centran a las mujeres en sus trabajos. Estos hombres han encontrado un hogar en el feminismo liberal, de la tercera ola -un tipo de feminismo que desestima y calumnia a las feministas radicales, de la segunda ola. Un tipo de feminismo que permite -e incluso alienta- el odio a otras mujeres. Un feminismo que dice que las mujeres que levantan la voz en contra de la pornografía y la prostitución son unas malvadas mojigatas y que las feministas que apoyan los espacios exclusivos de mujeres son unas intolerantes, que rechaza a sus fundadoras con epítetos etaristas como “les falta ponerse al día”, “irrelevantes”, “dinosaurios”. (¿Te imaginas a un hombre marxista diciendo que Marx es “dinosaurio irrelevante que necesita ponerse al día”?). Es un tipo de feminismo que usa lenguaje misógino para atacar a las mujeres con las que no está de acuerdo. Es un feminismo “pro sexo”, lo que quiere decir que no desafían el sexo centrado en los hombres y postula, de hecho, que es perfectamente correcto que los hombres compren consentimiento. Es un feminismo que acusa de ser “carcelarias” a las mujeres que quieren que el sistema judicial haga responsables a los hombres por la violencia que cometen. Es un feminismo que ha manipulado el término “interseccional” para que signifique “incluir a los hombres”. Es un feminismo que, en su núcleo, prefiere la comodidad de los hombres a la solidaridad entre mujeres. Es este el tipo de feminismo que agrada a hombres como Jamie Kilstein y que siempre será vulnerable a la hipocresía demostrada por hombres como él.

Cuando calificas de “malas” a las feministas que centran a las mujeres y se rehúsan a complacer a los hombres, es inevitable que tu movimiento acoja a misóginos. Y cuando, por contraste, calificas de “buenos” a quienes les dan la bienvenida a hombres en el movimiento y rehúsan criticar las cosas que ellos disfrutan. “Está bien muchachos, pueden seguir viendo porno ¡incluso lo veremos con ustedes! Vengan a nuestra marcha, pueden pararse justo al frente, sostengan nuestros carteles. Por supuesto que están invitados a nuestra reunión – ¡Somos inclusivas!”.

Cuando Andrea Dworkin dijo, “soy una feminista radical, no del tipo divertido”, esto es lo que quería decir: sin importar qué, su feminismo era sobre la liberación de las mujeres y nada menos. Dworkin se negó a ablandar sus palabras -su feminismo sí­ asustaba. Ella era la clase de feminista que no agradaba a los hombres, porque se rehusaba a intentar hacerlos sentir cómodos con su posición en el patriarcado. Ella se rehusó a negar el daño que diariamente los hombres hacen a las mujeres, alrededor del mundo. Se rehusó a hacer las cosas en los términos que ellos establecen.

Aunque no se puede esperar que las mujeres sepan siempre quién es abusivo y quién no, hay una formula fácil para evitar que hombres misóginos se posicionen como líderes en el movimiento feminista: centrando a las mujeres en tu feminismo. Deja de permitir que los hombres definan el movimiento del modo que acomode a sus privilegios y deseos. Deja de buscar la aprobación de los hombres. Deja de permitir que los hombres definan los lí­mites de las discusiones y debates. Deja de apoyar y alentar el odio de los hombres en sus ataques contra las feministas “no divertidas” (Esto, al menos, debería encender una alarma).

El asunto de cómo aseguramos que los agresores se mantengan fuera del feminismo, es algo muy discutido. Cada vez que se descubre que un “hombre feminista” es de hecho un abusador, los liberales llevan su sorpresa e impacto a las redes sociales, insistiendo en que # NotAllMen (no todos los hombres) son así­ y que # BelieveWomen (le creemos a las mujeres). Dan vueltas preguntándose qué puede hacerse respecto a estos hombres falsos feministas, quienes continúan usando la etiqueta y para su propio beneficio, sin creer realmente en el proyecto por la liberación de las mujeres.

Hacer que las políticas feministas sean sobre las mujeres, sin disculparnos por ello, es la única solución. OlvÍdate acerca de lo que los hombres quieren y gustan. Asegúrate de que tu feminismo esta tan libre de remordimientos, sea tan incómodo, tan poco amigable que los hombres que no creen verdaderamente en la liberación de las mujeres no querrán ser parte de él. Un verdadero hombre aliado debería estar ahí­ porque apoya el movimiento -no porque quiere atención o control. Él debería estar ahí­, sintiéndose incómodo por un tiempo, examinado ya su propio rol en la dominación masculina, habiendo tenido desafiantes conversaciones con amigos que compran sexo y rechazado también la pornografía. Debería respetar los límites de las mujeres y sus espacios. Él debería entender que el feminismo es un movimiento de mujeres, no es un movimiento que apunta a la vaga noción de “igualdad”. Debería entender que el feminismo no es bueno solo en la medida que lo beneficie a él, personalmente.

El Día Internacional de la Mujer existe porque comprendemos que mujeres y niñas sufren discriminación, son explotadas y abusadas cada día, por el solo hecho de haber nacido mujer. Y hasta que esto deje de pasar, no podemos flaquear en nuestros objetivos. El feminismo es un movimiento sobre las mujeres, y es tiempo que dejemos de disculparnos por ello.

***

POR MEGHAN MURPHY

Original aquí

 

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