Prefacio

Nuestra Sangre [Our Blood] es un libro que surgió de una situación. La situación fue que no lograba publicar mi trabajo. Así que me volqué a dar discursos públicos -no a exponer pensamientos de forma espontánea o dejar fluir sentimientos, sino a la prosa trabajada, que informara, persuadiera, perturbara, causara reconocimiento, aprobara la rabia.  Me dije a mí misma que si los editores no querían publicar mi trabajo, simplemente me los saltaría. Decidí escribirles directamente a las personas, escribir con mi propia voz y para mi propia voz. Comencé a escribir de esta forma porque no tenía otra alternativa: no veía otra manera de sobrevivir como escritora. Estaba convencida de que era la industria editorial -editoras mujeres tímidas y sin poder, la superestructura de hombres que toman las decisiones reales, críticos misóginos- la que se interponía entre mi persona y un público, de mujeres, particularmente, que yo sabía que existía. La industria editorial era una barrera efectiva y mi plan era navegar a través de ella.


En abril de 1974 fue publicado mi primer libro de teoría feminista, Woman Hating. Antes de su publicación tuve problemas. Me fueron ofrecidas desagradables tareas en revistas. Se me ofreció bastante dinero para escribir artículos que ya habían sido pautados en detalle por un editor. Se tratarían de mujeres o sexo o drogas. Eran estúpidos y estaban llenos de mentiras. Por ejemplo, se me ofreció 1500 USD para escribir un artículo sobre el uso barbitúricos y anfetaminas por mujeres suburbanas. Debía decir que el uso de estas drogas constituía una rebelión hedonista en contra de las aburridas convenciones de la estéril vida de ama de casa, que las mujeres usaban esas drogas para prenderse y divertirse y tener un maravilloso estilo de vida. Le dije al editor que sospechaba que las mujeres usaban anfetaminas para sobrellevar los miserables días y barbitúricos para sobrellevar las miserables noches. Sugerí, amistosamente pensé, preguntarles a las mujeres que usaban esas drogas porqué lo hacían. Se me dijo de plano que el artículo diría lo entretenido que era. Rechacé la tarea. Esto suena genial, como a rebelde diversión  -decirles a los burócratas que se vayan a la mierda, junto con sus puñados de dinero- pero cuando una es muy pobre, como yo lo era, no es divertido. En cambio, es profundamente angustiante. Seis años después, finalmente obtuve la mitad de esa suma por una pieza para una revista, la mayor paga que he recibido a cambio de un artículo. Tuve mi oportunidad de jugar en grande y me rehusé. Era demasiado inocente para saber que ese tipo de escritura era la única que pagaba por esos lares. Creía en la “literatura”, los “principios”, la “política”, y en “el poder de la buena escritura para cambiar vidas”. Cuando me negué a escribir ese artículo y otros, lo hice con considerable indignación. La indignación me marcó como una mujer salvaje, una perra, una reputación reforzada durante peleas editoriales sobre el contenido de Woman Hating, una reputación que me ha atormentado y lastimado: no mis sentimientos, sino mi habilidad para ganarme la vida. No soy, de hecho, una “dama”, no soy una “dama que escribe”, ni una “dulce jovencita” ¿Qué mujer lo es? Mi ética, mi política, y mi estilo se mezclaron para volverme intocable. Se supone que las niñas inviten a ser tocadas, superficial o profundamente.

Pensé que la publicación de Woman Hating me situaría como una escritora de reconocido talento y entonces me sería posible publicar trabajos serios en revistas ostensiblemente serias. Me equivoqué. La publicación de Woman Hating, por la que me sentí llena de júbilo, fue el inicio de una caída que continuó hasta 1981, cuando publiqué Pornography: Men possesing Women. La editorial que publicó Woman Hating no gustaba del libro: decir esto es bajarle el perfil considerablemente. No se suponía que dijera, por ejemplo, “las mujeres son violadas”. Se suponía que dijera “ciertas mujeres de ojos verdes, con una pierna más larga que la otra, pelo entre los dientes, con poodles franceses y un gusto por los vegetales salteados, son violadas ocasionalmente los días viernes por personas”. Fue duro. Yo creía tener el derecho a decir lo que quería. Mis deseos no eran particularmente rebuscados: mis fuentes eran la historia, hechos, experiencias. Fui criada en una tradición de literatura casi exclusivamente de hombres, y esa tradición, con sus faltas, no enseñaba sutileza y miedo: los escritores que admiraba eran directos y no particularmente amables. No comprendía que -incluso como escritora- se suponía que fuese delicada, frágil, intuitiva, personal, introspectiva. Yo quería vivir en el mundo público de la acción, no el mundo privado de los sentimientos. Mi ambición era percibida como de megalomanía -en el ambiente equivocado, incluso demencial. Sí, era inocente. No conocía mi lugar. Sabía que me rebelaba contra la vida, pero no sabía que la literatura tenía las mismas lamentables limitaciones, las mismas reglas absurdas, las mismas crueles proscripciones*. Era fácil tratar conmigo: era una perra. Y mi libro fue saboteado. Quienes lo publicaron simplemente se negaban a completar las órdenes. Los vendedores de libros lo querían pero no podían obtenerlo. Los críticos ignoraron el libro, relegándome a la invisibilidad, la pobreza y el fracaso. El primer discurso en Nuestra Sangre (“Feminismo, Arte y mi madre Sylvia”) fue escrito antes de la publicación de Woman Hating y refleja el profundo optimismo que sentía en ese tiempo. Hacia octubre, la época del segundo discurso en Nuestra Sangre (“Renunciando a la ‘Equidad’ Sexual”), supe que vendrían tiempos difíciles, pero no sabía aún cuán difíciles serían.

*Se me advirtió temprano acerca de lo que significaba ser una niña, pero no escuché. “Escribes como hombre” me dijo un editor luego de leer un borrador de los primeros capítulos de Woman Hating, “Cuando aprendas a escribir como mujer, consideraremos publicarte”. Esta advertencia me recordó a un consejero de la secundaria, quien me preguntó, acercándose ya la graduación, qué tenía planeado ser de grande. Una escritora, dije. Bajó la mirada, luego me miró seriamente. Él sabía que yo quería ir a una universidad excelente; sabía que era ambiciosa. “Lo que tienes que hacer”, dijo él, “es ir a una universidad estatal -no hay razón para que vayas a otro lugar- y convertirte en profesora, así tendrás algo para cuando tu esposo muera”. Esta historia no es apócrifa. Me sucedió a mí y a incontables otras. Pensaba que tanto el consejero guía como el editor eran estúpidos, individualmente estúpidos. Me equivoqué. No eran individualmente estúpidos.

“Renunciando a la ‘Equidad’ Sexual” fue escrito para la Organización Nacional de Mujeres para la Conferencia sobre Sexualidad que tuvo lugar en la ciudad de Nueva York, el 12 de octubre de 1974. Hablé al final de una conferencia de 3 horas sobre sexo: mujeres hablando sobre sus experiencias sexuales, sentimientos, valores. Hubo 1100 mujeres en la audiencia; ningún hombre. Para cuándo terminé, 1100 mujeres se pusieron de pie. Las mujeres lloraban y temblaban y gritaban. El aplauso duró casi diez minutos. Fue una de las experiencias más sorprendentes de mi vida. Muchas de las charlas que daba recibieron ovaciones de pie, y ésta no era la primera, pero nunca le hablé a una  audiencia tan grande, y lo que dije contradecía fuertemente mucho de lo que había sido dicho antes de que yo hablara. Así que la respuesta fue increíble y sobrecogedora para mí. La cobertura del discurso me sobrecogió también. Una publicación semanal de Nueva York público dos veces vilipendiándome.  Una de ellas la escribió una mujer que estuvo presente, al menos. Sugirió que los hombres morirían con las “pelotas azules” si alguna vez alguien me tomaba en serio. La otra, era de un hombre que no estuvo presente; había oído a unas mujeres hablando en la entrada. Él estaba “enfurecido”. No podía soportar la posibilidad de que “una mujer podría considerar masoquista su consentimiento a ser el medio para mi desahogo”. Ese era el peligro “que la ideología de Dworkin representa”. Bueno, sí; pero ambos escritores distorsionaron viciosamente lo que en verdad dije. Muchas mujeres, incluyendo algunas escritoras bastante famosas, enviaron cartas deplorando la falta de justicia y honestidad de ambos artículos. Ninguna de esas cartas fue publicada. En cambio, cartas de hombres que no estuvieron presentes sí fueron publicadas; uno de ellos comparó mi discurso a la Solución Final de Hitler. Usé las palabras “pene” y “flácido” una después de la otra: “pene flácido”. Tal combinación causó furia; ofendió tan profundamente que ameritó ser comparada con un genocidio. Nada de lo que dije acerca de las mujeres fue mencionado, ni siquiera de pasada. El discurso era sobre las mujeres. La publicación semanal en cuestión no ha publicado jamás uno de mis artículos o una reseña a un libro mío o dado cobertura a algún discurso mío (aún cuando algunos de mis discursos fueron grandes eventos en Nueva York).

*La furia en esos artículos simplemente saturó la industria editorial, y mi trabajo fue puesto contra la pared. Las audiencias a lo largo del país, mujeres en su mayoría, y también hombres,  continuaron poniéndose de pie; pero los diarios de los que una esperaría notaran a una escritora política como yo, o un fenómeno como lo fueron esos discursos, rehusaron reconocer mi existencia. Hubo dos ocasionales excepciones, aunque notables: Ms y Mother Jones.

*Después de que Nuestra Sangre se publicara, fui a esa misma publicación semanal a rogar -sí, rogar- por algo de atención para el libro, que estaba muriendo. El escritor cuyo propio “lanzamiento” se vio amenazado por “Renunciando a la ‘Equidad’ Sexual”, me pidió una reunión. Me dijo, una y otra vez, cuán verdaderamente hermoso era Nuestra Sangre. “Ya sabes—um—um” dijo, “ese -um, um- ese discurso que está en Nuestra Sangre -ya sabes, ese que escribiste”. “Tan hermoso”, dijo “Tan hermoso”. El editor en jefe de ese semanal me escribió diciendo que Nuestra Sangre era tan perfecto, tan conmovedor. Pero en esas páginas Nuestra Sangre no recibió ayuda, ni siquiera una mención.

En los años que siguieron a la publicación de Woman Hating, el libro comenzó a ser considerado un clásico feminista. El honor en esto será aparente solo a quienes valoren Una reivindicación de los derechos de las mujeres de Mary Wollstonecraft o La Biblia de la Mujer de Elizabeth Candy Stanton. Fue un gran honor. Solo las feministas fueron las responsables de que Woman Hating sobreviviera. Las feministas ocuparon las oficinas de los editores de Woman Hating exigiendo que se publicara en papel. Phyllis Chesler contactó a escritoras feministas de reputación a lo largo del país para pedir apoyo por escrito al libro. Esas escritoras respondieron con impactante generosidad. Los diarios feministas reportaron que el libro estaba agotado. Las feministas que trabajaban en librerías revisaron las bodegas de los distribuidores en busca de copias, y escribieron una y otra vez a los editores para exigir el libro. Los Estudios de la Mujer en las universidades comenzaron a utilizarlo. Las mujeres se pasaban el libro de mano en mano, compraban dos y tres y cuatro copias cuando las encontraban para dárselas a sus amigas. Aún cuando el editor de Woman Hating me dijo que era “mediocre”, la presión finalmente resultó en una edición en papel en 1976: 2500 copias fueron impresas y distribuidas, más o menos. Los problemas con la distribución continuaron, y las librerías, que reportaron vender constantemente el libro cuando lo tenían, tuvieron que esperar meses para cumplir con los pedidos. Ahora, Woman Hating está en su quinta edición. El libro no es otra pieza perdida de la literatura de las mujeres, solo porque las feministas no se rindieron. De un modo, esta historia va directo al corazón, porque demuestra lo que el activismo puede lograr, incluso en la Tierra de las Editoriales Amerikanas. Pero yo no tenía donde ir, ningún lugar donde seguir siendo escritora. Así que me volqué a la aventura -hacia los grupos de mujeres que me ofrecieron un sombrero para juntar dinero al final de mis discursos, hacia las escuelas donde las estudiantes feministas lucharon para que se me pagaran cien dólares, hacia las conferencias donde las mujeres vendían camisetas para pagarme. Me tomaba semanas o meses escribir un discurso. Viajaba en bus largas, agotadoras horas, para hacer lo que a los ojos de otros parecía ser el trabajo de una sola tarde y dormía donde fuera que hubiese cupo. Como padecía de insomnio, no dormía mucho. Las mujeres compartían sus casas, su comida, sus corazones conmigo, y conocí mujeres en todas las circunstancias, mujeres buenas y mujeres crueles, mujeres valientes y mujeres aterradas. Y las mujeres que conocí habían sufrido cada crimen, cada indignidad: yo escuché. “La Atrocidad de la Violación y el Chico de al Lado” (en este volumen) provocaba siempre la misma respuesta: oí violación tras violación; las vidas de las mujeres pasaron frente a mí, violación tras violación; las mujeres fueron violadas en casas, autos, playas, callejones, salas de clase, por un hombre, por dos  hombres, por cinco hombres, por ocho hombres, golpeadas, drogadas, apuñaladas, mujeres que estaban durmiendo, mujeres que estaban con sus hijas o hijos, mujeres que salieron a caminar o comprar o iban de camino al colegio o de camino a sus casas o que estaban trabajando en sus oficinas o en fábricas o bodegas, mujeres jóvenes, niñas, mujeres mayores, mujeres delgadas, mujeres gordas, dueñas de casa, secretarias, prostitutas, profesoras, estudiantes. No pude soportarlo, simplemente. Así que deje de dar ese discurso. Aprendí lo que debía aprender, y más de lo que podía aguantar saber.

Mi vida en la carretera era una agotadora mixtura de bueno y malo, de ridículo y de sublime. Un ejemplo bastante típico: en mi cumpleaños veintinueve, di la última lectura en Nuestra Sangre (“La Causa Raíz”, mi favorita). La escribí como regalo de cumpleaños para mí misma. La lectura fue auspiciada por un colectivo político de Boston. Se suponía que me proveerían de transporte y alojamiento, y porque era mi cumpleaños y quería estar con mi familia, eso incluía a un amigo y nuestro perro. Me ofrecí a ir en otro momento pero me querían allí -en familia. Uno de los miembros del colectivo condujo hasta Nueva York bajo la tormenta eléctrica más horrible que jamás había visto, para recogernos y llevarnos a Boston. Los otros autos en el camino eran manchas borrosas rojas aquí y allá. El conductor estaba exhausto, era imposible ver; y al conductor no le gustaba mi postura política. Él me preguntaba acerca de varias teorías psicoanalíticas, ninguna de las cuales tuve la ocurrencia de apreciar. Yo seguía tratando de cambiar el tema -él insistía en que le dijera qué  pensaba de esto y aquello- cada vez que me veía tan acorralada que necesariamente debía responder, él pisoteaba el acelerador. Pensé que probablemente moriríamos por la fatiga y furia del conductor y la lluvia divina. Llegamos una hora tarde y la audiencia, apretujada, esperó. La acústica en la habitación era genial, lo que acentuó no solo mi voz sino también el aullido interminable de mi perro, el que finalmente se escurrió entre la audiencia para luego sentarse en el escenario durante la fase de preguntas y respuestas. La audiencia fue fabulosa: involucrada, seria, desafiante. Muchas de las ideas en la lectura eran nuevas y, ya que confrontaban directamente la naturaleza política de la supremacía masculina, causaban rabia. La mujer con quién se suponía que nos quedáramos y la que era responsable de nuestro viaje a casa, estaba tan furiosa que huyó, para nunca regresar. Estábamos varadas, sin dinero, sin saber dónde acudir. Una persona sola puede estar varada y arreglárselas, aún cuando sea difícil; dos personas y un pastor alemán y sin dinero es un desastre. Finalmente, una mujer a la que conocía un poco, nos acogió y prestó dinero para volver. Trabajar (es un trabajo demandante, intenso y difícil) y viajar bajo tales infinitamente pobres circunstancias requiere que una desarrolle cierto afecto por la comedia barata y el melodrama repulsivo. Yo nunca pude. En cambio, me cansé y desmoralicé. Y me volví incluso más pobre, porque nadie nunca podía permitirse pagarme por el tiempo que me tomaba en escribir.

No exigí cuotas realistas, acomodaciones ciertas, o viajes seguros a cambio de mi trabajo, sino hasta después de la publicación de Nuestra Sangre. Traté intermitente y fallé, épicamente.  Sentí que de verdad había entrado a la mitad de mi vida.  Esto presentó nuevos problemas para las organizadoras feministas que tenían escaso acceso al material dentro de sus comunidades. También me resultó problemático. Por mucho tiempo no tuve trabajo, así que me volví más y más pobre. Nadie, excepto yo, le veía sentido: si no tienes nada y alguien te ofrece algo, ¿cómo puedes rechazarlo? Pero lo hice, porque sabía que jamás podría sustentarme con mi trabajo a menos que tomase una posición firme. Tenía una muy buena y creciente reputación por dar discursos y como escritora; pero aún así, no había dinero para mí. Cuando comencé a cobrar, ciertas mujeres me respondieron, enojadas: “¿Cómo puede la autora de Woman Hating ser una cerda capitalista?”, preguntó una en una carta casi obscena. Quien escribió la carta se iba a vivir en una granja y no quería tener nada que ver con capitalistas de mierda y extrañas feministas burguesas. Bueno, le escribí de vuelta. Yo no vivía en una granja y tampoco quería. Compraba comida en el supermercado y pagaba la renta a un arrendador y quería escribir libros. Respondí a todas las furiosas cartas. Traté de explicar la política de obtener dinero, especialmente de parte de colleges y universidades: el dinero estaba ahí; era difícil de obtener; ¿por qué debería ser para Phyllis Schlafly o William F. Buckley Jr? Yo tenía que vivir y tenía que escribir. Sin duda mis escritos importaban, a ellos les importaban o yo les importaba: ¿acaso querían que parara de escribir? Necesitaba dinero para escribir. Ya había hecho los trabajos más detestables y vivía en la pobreza real, no la romántica. Me di cuenta que el esfuerzo de explicar esto verdaderamente ayudaba -no siempre, y aún así resurgía resentimiento, pero lo suficiente como para hacerme ver que explicar, aunque finalmente no convenciera, valía la pena. Incluso si no se me pagaba, a alguien más sí. Después de un largo y vacío período, comencé a dar clases otra vez. Lo hice de forma errática y nunca me dio lo suficiente para vivir, estaba en lo que yo llamo pobreza estable, aún cuando cobraba alto. Muchas activistas feministas luchaban por conseguir el dinero y algunas veces lo lograron. Así que me las arreglaba -amigos me prestaban dinero, a veces llegaban donaciones anónimas por correo, mujeres me daban cheques luego de mis discursos y se negaban a que los rechazara, escritoras feministas me hacían regalos en dinero y también me lo prestaban,  mujeres pelearon amargas e increíbles batallas contra comités y administradores de institutos y facultades para que se me contratara y pagara. El movimiento de las mujeres me mantuvo con vida.  No viví bien o segura o con facilidad, pero no dejé de escribir, tampoco. Sigo extremadamente agradecida de aquellas que hicieron ese esfuerzo extra por mí. Decidí publicar las charlas en Nuestra Sangre porque estaba desesperada por dinero, las revistas aún permanecían cerradas para mí, y estaba viviendo de la caridad del camino. Un libro era mi única oportunidad.

A la editora que decidió publicar Nuestra Sangre no le gusta mi política particularmente, pero sí mi prosa. Estaba feliz de que me apreciara como escritora. La compañía era la única casa editorial con sindicato en Nueva York y también tenía un grupo activo de mujeres. Las empleadas fueron universalmente maravillosas conmigo -vivazmente interesadas en el feminismo, conscientes y amables. Me invitaron a dar una charla a los empleados y empleadas en el Día de la Mujer, un poco después de la publicación de Nuestra Sangre. Discutí la presunción sistemática del dominio de los hombres sobre los cuerpos y la labor de las mujeres, la realidad material de ese dominio, la degradación económica del trabajo de las mujeres. (La charla fue publicada posteriormente bajo el título “Phallic Imperialism” [Imperialismo fálico] en Ms., en diciembre de 1976). Algunos hombres vestidos de traje se sentaron estoicamente durante el discurso, tomando notas. Ese, no es necesario decirlo, fue el final de Nuestra Sangre. Hubo otro evento revelador: el director de uno de los departamentos le tiró el manuscrito de Nuestra Sangre a mi editora por encima de la mesa. No reconoce la ternura de los hombres, dijo él. No sé si hizo la observación antes o después de lanzar el manuscrito. Nuestra Sangre fue publicado en 1976. La única reseña que obtuvo en una plataforma grande fue en Ms., muchos meses después de que el libro ya no estuviera en las librerías. Era delirante. De otro lado, el libro fue ignorado: pero a propósito, maliciosamente. Gloria Steinem, Robin Morgan y Karen De-Crow trataron sin éxito de publicar reseñas. Contacté a casi cien escritoras feministas, activistas, editoras. Una gran mayoría hizo incontables esfuerzos para reseñar el libro. Algunas pudieron presentarlas en publicaciones feministas, pero incluso aquellas que frecuentemente publicaban en cualquier otro lugar, no lograron sacar reseñas. Nadie podía romper el gran silencio.

Nuestra Sangre fue enviado prácticamente a todas las imprentas de Estados Unidos, a veces más de una vez, durante algunos años. Ninguna lo publicó. Por tanto, es con mucha alegría, y un inestable sentido de victoria, que presento su publicación en esta edición. Siento un aprecio especial por este libro. La mayoría de las feministas que conozco que han leído Nuestra Sangre me han dicho que sienten un afecto especial y respeto por él. Tiene, creo yo, algo bastante hermoso y único. Tal vez es porque fue escrito para una voz humana. Tal vez es porque tuve que pelear tanto por decir lo que en él consta. Tal vez es porque Nuestra Sangre ha tocado las vidas de tantas mujeres directamente: ha sido declamado una y otra vez a mujeres reales y la experiencia de decir las palabras ha informado su escritura. Woman Hating fue escrito por una escritora más joven, una más descuidada y esperanzada. Este libro es más disciplinado, más sombrío, más riguroso, y en algunas formas, más apasionado. Estoy feliz de que ahora alcanzará una audiencia más grande, y lamento que haya tardado tanto.

Andrea Dworkin

Nueva York

Marzo, 1981.

***

[Ésta es la traducción no oficial del libro Our Blood, de Andrea Dworkin. El resto del libro lo podrás encontrar, a medida que sea publicado, en la categoria “Nuestra Sangre”, o bien aquí, en la pestaña del mismo nombre]

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