Feminismo, Arte y Mi Madre Sylvia.

[Entregado en  Smith College, Northampton, Massachusetts, 16 de Abril de 1974.]

Estoy muy feliz de estar aquí hoy. No es menor para mí estar aquí. Hay muchos otros lugares en los que podría estar. Esto no es lo que mi madre tenía planeado para mí.

Quiero contarles algo acerca de mi madre. Su nombre es Sylvia. El apellido de su padre es Spiegel. El apellido de su esposo es Dworkin. Ella tiene cincuenta y nueve años, mi madre, y tan solo unos meses atrás sufrió un ataque cardíaco. Se recuperó y ahora está de vuelta en su trabajo. Es secretaria en un colegio. Ha sido paciente cardíaca casi toda su vida, y toda mi vida. De niña, tuvo fiebre reumática. Dice que su problema real comenzó cuando estaba embarazada, esperando a mi hermano Mark, y le dio neumonía. Después de eso, su vida fue una miseria llena de enfermedad. Luego de años de debilitantes malestares​ -fallos al corazón, reacciones tóxicas a las drogas que la mantenían con vida- se sometió a una cirugía al corazón, entonces tuvo un coágulo cerebral, un derrame, que le robó su habilidad para hablar por un largo tiempo. Se recuperó de su cirugía. Se recuperó del derrame, aunque aún habla más lento de lo que piensa. En ese entonces, ocho años atrás, tuvo un ataque al corazón. Se recuperó. Luego, unos meses atrás tuvo otro ataque. Se recuperó.

Mi madre nació en Jersey, Nueva Jersey, fue la  segunda de siete hijos e hijas, dos niños, cinco niñas. Sus padres, Sadie y Edward, que eran primos, vinieron de algún lugar de Hungría. Su padre murió antes de que yo naciera. Su madre tiene ochenta años. No hay forma de saber con certeza si el​ corazón de mi madre hubiese fallado de haber nacido en una familia adinerada. Sospecho que no, pero no lo sé. Tampoco hay forma de saber, por supuesto, si ella hubiera recibido un tratamiento médico diferente de no ser niña. Sin embargo todo sucedió de la forma en que sucedió, y fue así  que ha estado muy enferma la mayor parte de su vida. Ya que era una niña, nadie la animó a leer libros (aunque me cuenta que amaba leer y no recuerda cuándo o por qué dejó de hacerlo); nadie la animó a ir a la universidad o a considerar los problemas del mundo en que vivía. Como su familia era pobre, tuvo que trabajar tan pronto terminó el colegio. Trabajó como secretaria de tiempo completo, y los sábados y algunas tardes hacía trabajos de medio tiempo como promotora en una tienda departamental. Entonces se casó con mi padre.

Mi padre era profesor en un colegio y también trabajaba de noche en la oficina de correos, porque tenía deudas médicas qué pagar. Tenía que mantener viva a mi madre, y tenía también una hija y un hijo que criar. Afirmo, junto a Joseph Chaikin en The Presence of the Actor: “la realidad económica-médica en este país es emblemática del sistema, que literalmente escoge quién sobrevive. Renuncio al inequitativo sistema económico de mi gobierno.”

Otros, debo hacer notar, han tenido menos que nosotros. Otros que no eran mi madre pero que estuvieron en su misma situación mueren y murieron. Yo también renuncio a este gobierno porque los pobres mueren, y no son solo víctimas de enfermedades al corazón, al riñón, o de cáncer -son víctimas de un sistema en que la consulta médica cuesta $25 y la cirugía, $5000. Cuando yo tenía 12 años, mi madre resurgió de la cirugía al corazón y el derrame que le robó las palabras. Allí estaba, una madre, de pie y dando órdenes. Tuvimos dificultades entre nosotras. Yo no sabía quién era ella, o qué quería de mí. Ella no sabía quién era yo, pero tenía ideas definidas sobre quién debería ser. Ella tenía, pensaba yo, una actitud hacia el mundo tonta, casi estúpida. Para cuándo tuve doce años, sabía que quería ser escritora o abogada. No fui criada por mi madre, en realidad, así que ciertas ideas no me alcanzaron. No quería ser una esposa, no quería ser una madre. Fue mi padre quien me crío, aunque no lo veía mucho. Mi padre valoraba los libros y el diálogo intelectual. Él era hijo de inmigrantes rusos, y ellos querían que él fuera médico. Ese era el sueño de su madre y su padre. Él era un hijo devoto y así, aún cuando deseaba estudiar historia, hizo un curso pre-médico en la universidad. Era muy quisquilloso como para soportarlo. La sangre lo ponía enfermo. Así que, después de pre-medicina, se encontró a sí mismo, por casi veinte años, enseñando ciencias, lo que no le gustaba, en vez de historia, que amaba. Durante los años trabajando en lo que no le gustaba, se prometió a sí mismo que su hija e hijo serían tan educados como fuese posible y, sin importar lo que requiriera de su parte, sin importar qué clase de juramento o trabajo o dinero fuese necesario, su hija e hijo se convertirían en lo que fuera que quisieran. Mi padre hizo de nosotros su arte, y se dedicó a criarnos para convertirnos en lo que fuera que pudiéramos. No sé por qué  no hizo distinción entre su niño y su niña, pero no lo hizo. No sé por qué, desde el inicio, me dio libros para leer, y me hablaba de todas sus ideas, y regó cada ambición que tuve de modo que pudiera germinar y crecer -pero lo hizo.*

*Mi madre me recordó que ella me llevaba a las librerías y que también siempre me animó a leer. Olvidé este recuerdo temprano  porque, en tanto crecí, ella y yo tuvimos algunos conflictos respecto a los libros que yo insistía en leer, aunque ella jamás evitó que los leyera.

Durante una época de mi adolescencia, los libros significaron para mí, en parte, mi superioridad intelectual sobre mi madre, quien no leía, y mi compañerismo con mi padre, quien sí leía.

Así que en nuestra casa, mi madre no era una influencia. Mi padre, cuyo gran amor era la historia, cuya devoción era la educación y el diálogo intelectual, marcó el tono y nos enseñó,  a mi hermano y a mí, que debíamos involucrarnos con el mundo. Tenía todo un conjunto de ideas y principios que nos enseñó, con sus palabras y sus acciones. Él creía, por ejemplo, en la equidad racial y la integración, cuando esas creencias eran vistas como absolutamente aberrantes por todos sus vecinos, familia y amigos. Cuando yo, a la edad de quince, declaré en una reunión familiar que si quisiera casarme me casaría con quién yo quisiera, independiente del color de piel, la respuesta de mi padre ante esa aireada asamblea fue que no esperaba menos de mí. Era un libertario civil. Creía en los sindicatos, y luchó duramente para sindicalizar a los profesores -una noción nada popular en esos días ya que los profesores querían verse a sí mismos como profesionales. Nos enseñó los principios de la Carta de Derechos Fundamentales, los que ahora no son tenidos en alta estima por la mayoría de los amerikanos -esto es, una dedicación absoluta a la libertad de expresión en todas sus formas, igualdad ante la ley, y equidad racial.

Adoraba a mi padre, pero no sentía simpatía por mi madre. Sabía que era físicamente valiente -mi padre me lo dijo una y otra vez- pero ella no me parecía ningún héroe hercúleo. Ninguna mujer jamás lo fue, hasta donde sabía. Ella parecía pequeña y provinciana. Recuerdo que una vez, en medio de una terrible discusión, me dijo, su voz como una roca: “tú crees que soy estúpida”. Lo negué entonces, pero hoy sé que ella tenía razón. Y de hecho, ¿qué más podría una pensar de una persona cuya única preocupación era que yo ordenara mi pieza, o usara cierta ropa, o peinara mi cabello? Yo tenía, ciertamente, buenas razones​ para pensar que ella era estúpida, y horrible y miserable, y despreciable, incluso: Edward Albee, Philip Wylie, y ese gran artista Sigmund Freud me lo dijeron. Las madres, me parecía, eran las personas más prescindibles -nadie tenía una buena opinión de ellas, ciertamente no los grandes escritores del pasado, ciertamente no los emocionantes escritores del presente. Y así, aunque esta mujer, mi madre, presente o ausente, era el centro de mi vida en tantas formas inexplicables, poderosas, imposibles​ de situar, yo la experimenté solo como alguien ignorante e irritante, alguien sin gracia, pasión o sabiduría. Cuando me casé en 1969 me sentí libre -libre de mi madre, sus prejuicios, sus exigencias ignorantes.

Cuento todo esto porque esta historia tiene, posiblemente por primera vez en la Historia, un final más feliz del que una esperaría.

¿Recuerdan que en Por Quién Doblan Las Campanas de Hemingway, a María se le pregunta acerca de cómo hacía el amor con Robert, y la tierra se movió? Para mí, también, en mi vida, la tierra se ha movido algunas veces. La primera vez que se movió yo tenía diez. Iba a la escuela Hebrea, pero estaba cerrada, día de luto por los seis millones asesinados por los Nazis. Así que fui a ver a mi prima que vivía cerca. Ella temblaba, llorando, gritando, vomitando. Me dijo que era abril y en abril su hermana menor​ fue asesinada frente a ella, y otra hermana, una infante, tuvo una terrible muerte, les rasuraron la cabeza -déjenme decir solamente que me contó lo que le pasó en el campo de concentración Nazi. Dijo que cada abril recordaba, como en una pesadilla de terror, lo que le había sucedido ese mes tantos años atrás, y que cada abril temblaba, lloraba, gritaba y vomitaba. La tierra se movió entonces.

La segunda vez que la tierra se movió para mí fue cuando tenía dieciocho años y pasé cuatro días en la Casa de Detención de Mujeres en Nueva York. Fui arrestada en una manifestación en contra del genocidio de Indochina. Pasé cuatro días y cuatro noches en la suciedad y el terror de esa cárcel.  Ahí, dos médicos me hicieron un brutal examen interno. Tuve hemorragia durante quince días luego de eso. La tierra se movió entonces.

La tercera vez que la tierra se movió para mí fue cuando me volví feminista. No ocurrió un día en particular, o mediante una sola experiencia. Tenía que ver con esa tarde cuando tenía diez años y mi prima puso el sufrimiento de su vida en mis manos; tuvo que ver con esa cárcel de mujeres, y tres años de un matrimonio que comenzó como amistad y terminó en desesperación. Pasó en algún momento después de dejar a mi marido, cuando vivía en la pobreza y con gran angustia emocional. Pasó lentamente, poco a poco. Una semana después de dejar a mi ex-esposo comencé a escribir mi primer libro, el libro que ahora se llama Woman Hating. Quería averiguar qué me ocurrió en mi matrimonio y en las mil una instancias de mi vida diaria en las que parecía que era tratada como sub-humana. Sentía que yo era profundamente masoquista, pero que mi masoquismo no era personal -cada mujer que conocí vivía en un profundo masoquismo. Quería saber por qué. Sabía que ese masoquismo no me lo enseñó mi padre, y que mi madre no fue mi profesora inmediata.  Así que comencé en lo que parecía el único lugar aparente -con la Historia de O, un libro que me movió profundamente. Desde ese inicio observé otra pornografía, cuentos de hadas, mil años de vendaje de pies en China, y la masacre de nueve millones de brujas. Aprendí algo acerca de la naturaleza del mundo que había permanecido oculta para mí -vi un desprecio sistemático hacia las mujeres que permeaba cada institución de la sociedad, cada órgano cultural, cada expresión del ser humano.  Y vi que yo era una mujer, una persona que se enfrentaba a ese desprecio sistemático en cada esquina, en cada sala, en cada intercambio humano. Como me volví una mujer que sabía que era mujer, esto es, ya que me volví feminista, comencé a hablar con mujeres por primera vez en mi vida, y una de las mujeres con las que empecé a hablar fue mi madre. Llegué a su vida a través del largo, oscuro túnel de la mía. Comencé a ver quién era ella al tiempo en que veía el mundo que la formó. Llegué a ella, ya no sintiendo pena de la pobreza de su intelecto, sino aturdida por la calidad de su inteligencia. Llegué a ella, ya no convencida de su estupidez y trivialidad, sino impresionada por la calidad de su fuerza. Llegué a ella, ya no sintiéndome moralmente mejor y superior, sino como una hermana, otra mujer cuya vida, de no ser por la gracia de un padre feminista  y la lucha común de mis hermanas feministas, hubiera sido repetición de la suya -efectivamente, llegué a reconocer que mi madre era orgullosa, fuerte y honesta. Para cuando tenía veintiséis, ya había visto lo suficiente del mundo y sus problemas para saber que orgullo, fuerza e integridad son virtudes que deben ser honradas. Y porque fui hacia ella de una forma nueva, ella llegó a mí, cuales sea que fueran nuestras  dificultades, y no eran tantas, ahora ella es mi madre, y yo soy su hija, y ambas somos hermanas.

Me pidieron hablar de arte y feminismo, ¿hay un arte feminista?, y de ser así​ ¿qué es? Durante todo el tiempo en que los escritores han escrito, hasta hoy, ha existido un arte masculinista -arte que sirve a los hombres en un mundo hecho para hombres. Ese arte ha degradado a las mujeres. Nos ha caracterizado, casi sin excepción, como seres amputados, de empobrecida sensibilidad, gente trivial con preocupaciones triviales. Ha estado, casi sin excepción, saturado de una misoginia tan profunda, una misoginia que es de hecho su visión del mundo; casi todas nosotras, hasta hoy, hemos pensado que así es el mundo, así es cómo las mujeres somos.

Me pregunto a mí misma, ¿qué aprendí de todos esos libros que leí mientras crecía?, ¿aprendí algo real o algo verdadero acerca de las mujeres?, ¿aprendí algo real o verdadero acerca de las mujeres y los cientos de años en​ que vivieron?, ¿iluminaron esos libros mi vida, o la vida misma, en alguna forma útil, o profunda, o generosa, o rica, o con textura, o auténtica? No lo creo. Creo que ese arte, esos libros, me habrían robado la vida, tal como el mundo al que sirven se la robó a mi madre.

Theodore Roethke, se nos dice, fue un gran poeta, un poeta de condición masculina, insistiría yo, que escribió: “dos de los cargos más frecuentemente hechos por las mujeres en contra de la poesía, son falta de amplitud -en el objeto, en el tono emocional-y falta de sentido del humor. Y uno podría, en instancias individuales entre escritores de real talento, añadir otro fallo estético y moral: las volteretas; el bordado de temas triviales; una preocupación por las meras superficies de la vida -esa es una provincia especial del talento femenino en la prosa- ocultándose de las verdaderas agonías del espíritu; rehusándose a enfrentar lo que la existencia es; posturas líricas o religiosas; corriendo entre el tocador y el altar, estampando un diminuto pie contra Dios; o deteniéndose en una sentencia que implica que el autor ha recibido y re-inventado la integridad; dependiendo excesivamente del Destino, hablan sobre el clima; lamentándose de las otras mujeres…y así”. Lo que caracteriza al arte masculino, y los hombres que lo hacen, es misoginia -y enfrentada a la misoginia, será mejor que alguien re-invente la integridad.

Ellos, los masculinistas, nos han dicho que escriben acerca de la condición humana, que sus temas son los grandes temas -amor, muerte, heroísmo, sufrimiento, la historia misma. Nos han dicho que nuestros temas -amor, muerte, heroísmo, sufrimiento, la historia misma- son triviales porque nosotras somos, por nuestra propia naturaleza, triviales.

Renuncio al arte masculinista. No es arte que ilumine la condición humana -solamente ilumina, para vergüenza de los hombres, última y sinfín, el mundo masculinista- y en tanto vemos a nuestro alrededor, ese no es un mundo del que sentir orgullo. El arte masculinista, el arte de los hombres durante todos estos siglos, no es universal, o la explicación final acerca de qué es ser en el mundo. Es un arte, a fin de cuentas, descriptivo de un mundo en que las mujeres están subyugadas, subordinadas, esclavizadas, robadas de ser completas, distinguidas por su sola carnalidad, humilladas. Yo digo que mi vida no es trivial; mi lucha no es trivial. Tampoco lo fue la de mi madre, o la de su madre antes que ella. Renuncio a quienes odian a las mujeres, quienes las desprecian, quienes las ridiculizan y las pisotean, y al hacerlo, renuncio a la mayoría del arte, arte masculinista jamás creado.

Como feministas, nosotras habitamos el mundo de una manera nueva. Vemos el mundo de una nueva manera. Amenazamos con ponerlo de cabeza y al revés. Tratamos de cambiarlo tan enteramente que algún día los textos de escritores masculinistas serán curiosidades antropológicas. ¿De qué hablaba Mailer?, se preguntarán nuestros y nuestras descendientes, si se topan con su trabajo en algún oscuro archivo. Y se asombrarán -anonadados, tristes- con la glorificación masculinista de la guerra; la mistificación masculinista del asesinar, mutilar, de la violencia, y el dolor; las máscaras torturadas del heroísmo fálico; la gran arrogancia de la supremacía fálica; la pobre calificación de madres e hijas, y así, de la vida misma. Preguntarán, ¿esa gente de verdad creía en esos dioses?

El arte feminista no es un pequeño arroyo que surge del gran río del arte “real”. No es una grieta en una joya por lo demás inmaculada. Es, de forma bastante espectacular creo yo, un arte que no se basa en la subyugación de la otra mitad de la especie humana. Es arte que tomará los grandes temas humanos -amor, muerte, heroísmo, sufrimiento, la Historia misma- y los volverá humanos​ por completo. Puede que también, aunque nuestra imaginación este tan mutilada ahora que somos incapaces de imaginarlo, al introducir un nuevo tema, uno tan fantástico y rico como los otros-  deberíamos llamarlo “felicidad”.

No podemos imaginar un mundo en que las mujeres no son consideradas triviales y despreciables, donde las mujeres no son pisoteadas, abusadas, explotadas, violadas, disminuidas incluso antes de nacer -y por tanto, no podemos saber qué clase de arte será producido en un mundo nuevo. Nuestro trabajo, que hará honor absoluto a esos siglos de mujeres hermanas, que vinieron antes que nosotras, dará vida a ese nuevo mundo. Será para nuestras niñas y niños, y para​ que sus hijas e hijos vivan en él.

 

 ***

[Ésta es la traducción no oficial del libro Our Blood, de Andrea Dworkin. El resto del libro lo podrás encontrar, a medida que sea publicado, en la categoria “Nuestra Sangre”, o bien aquí, en la pestaña del mismo nombre]

 

Anuncios

Un comentario en “Feminismo, Arte y Mi Madre Sylvia.

  1. Quisiera agradecerles el hermoso e inspirador trabajo que hacen al compartir este hermoso e inspirador trabajo. Las abrazo, hermanas, y comparto este compromiso por recuperar nuestra humanidad robada.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s