Renunciando a la “Equidad” Sexual

Equidad: 1. El estado de ser igual; correspondencia en cantidad, grado, valor, rango, habilidad, etc. 2. De carácter uniforme, en motivo o superficie.

Libertad: 1. Estado de estar libre en vez de confinado o bajo restricción física…2. Exento de control externo, interferencia, regulación, etc. 3. Poder de determinar las acciones de uno, etc. 4. Philips, el poder de tomar decisiones o elecciones propias sin constricciones internas o externas; autonomía, auto-determinación…5. Libertad civil, en oposición a estar sujeto a un gobierno arbitrario o despótico. 6. Independencia política o nacional…8. Libertad personal, en oposición a servitud o esclavitud… -Sinónimo: LIBERACIÓN, INDEPENDENCIA, LIBERTAD se refieren a la ausencia de restricciones y la oportunidad de ejercer los derechos y poderes de uno, LIBERTAD enfatiza la oportunidad de ejercer los derechos de uno, poderes, deseos, o por el estilo…INDEPENDENCIA implica no solo falta de restricciones sino también la habilidad de permanecer solo, sin ser mantenido por otra cosa… – Antónimo. 1-3. Amarra. 5, 6, 8. Opresión.

Justicia: 1. La cualidad de ser justo; correcto, equidad, corrección moral…2. Correcto o dentro de la ley…3. El principio moral de determinar la conducta justa. 4. Conformidad a este principio, manifestado en la conducta; acción justa, trato o tratamiento….

Del diccionario Random House de la lengua Inglesa.

[Entregado en la Conferencia sobre Sexualidad para la Organización Nacional de Mujeres, en Nueva York, el 12 de Octubre de 1974.]

En 1970, Kate Millet publicó Política Sexual. En ese libro nos probó a muchas de nosotras -quienes hubiéramos pasado la vida negándolo- que las relaciones sexuales, la literatura describiendo esas relaciones, la psicología explicando esas relaciones, los sistemas económicos que satisfacen las necesidades de esas relaciones, los sistemas religiosos que buscan controlar esas relaciones, son políticos. Ella nos mostró que todo lo que le sucede a una mujer en su vida, todo lo que la toca o moldea, es político.

Las mujeres que son feministas, esto es, las mujeres que comprendieron su análisis y vieron que explicaba mucho de su vida real, han tratado de entender y han tratado de luchar en contra y transformar el sistema político llamado patriarcado, que explota nuestra labor, predetermina el dominio sobre nuestros cuerpos y determina el sentido de ser nosotras mismas desde que nacemos. Ninguna parte de la lucha es abstracta; ha tocado cada parte de nuestras vidas. Pero en ninguna otra parte nos ha tocado de forma más dolorosa y vívida que en aquellas áreas que llamamos “amor” y “sexo”. En el transcurso de nuestra lucha para liberarnos de la opresión sistemática, se ha generado un serio debate entre nosotras y quiero traer esta discusión a esta habitación.

Algunas de nosotras nos hemos comprometido en todas las áreas,  incluyendo aquellas llamadas amor y sexo para cumplir la meta de la equidad, esto es, el estado de ser igual; correspondencia en grado, valor, rango, habilidad; uniformidad de carácter en motivo o superficie. Otras, y yo apoyo esta postura, no creemos que la equidad sea una meta final apropiada, o suficiente, o moral, u honorable. Consideramos que ser iguales allí donde no existe justicia universal, o donde no hay libertad universal es, simplemente, ser iguales al opresor. Eso significaría​ alcanzar la “uniformidad de carácter en motivo o superficie”.

En ningún lugar esto es más claro que en el área de la sexualidad. El modelo sexual del macho se basa en la polarización de la humanidad en hombre/mujer,  amo/esclavo, agresor/víctima, activo/pasivo. Este modelo sexual masculino tiene cientos de años. La identidad misma de los hombres, su poder civil y económico, las formas de gobierno que han desarrollado, las guerras que han sostenido, están atadas de manera irrevocable. Todas las formas de dominación y sumisión, sean el hombre sobre la mujer, el blanco sobre el negro, el jefe sobre el trabajador, el rico sobre el pobre, están atadas irrevocablemente a la identidad el sexual de los hombres y derivan del modelo sexual masculino. Una vez que comprendemos esto, se vuelve claro que, de hecho, los hombres son dueños del acto sexual, del lenguaje que describe el sexo, de las mujeres a quienes cosifican. Los hombres han escrito el escenario de cualquier fantasía que hemos tenido o de cualquier acto sexual en que nos hemos involucrado.

Y no hay libertad o justicia en intercambiar el rol de la hembra por el rol del macho. Pero hay, sin duda, equidad. No hay libertad o justicia en usar el lenguaje de los hombres, el lenguaje de tu opresor, para describir la sexualidad. No hay libertad o justicia, no hay ni siquiera sentido común, en desarrollar una sensibilidad sexual masculina -una sensibilidad sexual que es agresiva, competitiva, cosificante y enfocada en la cantidad. Hay solo equidad. Creer que la libertad o justicia para las mujeres, o para cualquier mujer individual, pueden ser encontradas en imitar la sexualidad masculina, es engañarse a una misma y contribuir a la opresión de nuestras hermanas.

Muchas de nosotras quisiéramos creer que en los últimos cuatro años, o diez años, hemos revertido o al menos impedido esos hábitos y costumbres que existieron por miles de años antes -los hábitos y costumbres de la dominación masculina. No hay hechos o datos concretos para saberlo con certeza. Puede que se sientan mejor, puede que no, pero las estadísticas muestran que las mujeres son más pobres que nunca, son más violadas y más asesinadas. Quiero sugerirles que comprometerse a lograr la equidad sexual con los hombres, es decir, a lograr una uniformidad de carácter en motivo o superficie, es comprometerse a volverse el rico en lugar de la pobre, el violador en lugar de la violada, el asesino en vez de la asesinada. Quiero pedirles que hagan un compromiso diferente -un compromiso para abolir la pobreza, la violación y el asesinato, esto es, un compromiso de terminar con el sistema de opresión llamado patriarcado, de acabar con el modelo sexual masculino en sí mismo.

El verdadero núcleo de la visión feminista, su semilla revolucionaria, si se quiere, tiene que ver con la abolición de todos los roles de sexo, esto es, una transformación absoluta de la sexualidad humana y de las instituciones que derivan de ella. En este sentido, no es posible aplicar ninguna parte del modelo sexual masculino. La equidad dentro del marco del modelo sexual masculino, sin importar cómo se reforme o modifique, puede solamente perpetuarlo, y las injusticias y ataduras que son intrínsecas a él.

Yo sugiero que la transformación del modelo sexual masculino, bajo el cual todas nosotras laboramos y “amamos” comienza donde hay congruencia, no separación, una congruencia entre los sentimientos y los intereses eróticos; que comienza en lo que conocemos sobre la sexualidad de la mujer como distinta a la del hombre -caricias en el clítoris y sensibilidad, orgasmos múltiples, sensibilidad erótica en todo el cuerpo (que no necesita -y no debería- estar localizada o contenida en los genitales), en la ternura, en el respeto propio y en el respeto mutuo absoluto. Para los hombres, sospecho, ésta transformación comienzan en lugar al que más le temen -esto es, un pene flácido. Pienso que los hombres tendrán que renunciar a sus preciosas erecciones y comenzar a hacer el amor como lo hacen juntas las mujeres. Estoy diciendo que los hombres tendrán que renunciar a sus personalidades falocénctricas, a los privilegios y los poderes dados a ellos desde que nacen como consecuencia de su anatomía, que tendrán que desprenderse de todo lo que ahora valoran como distintivamente “de hombre”. Ninguna reforma ninguna, o competencia de orgasmos, va a lograr esto.

He estado leyendo extractos del diario de Sofía Tolstoi, que encontré en un hermoso libro llamado a Revelations: Diares of Women, editado por Mary Jane Moffat y Charlotte Painter. Sofía Tolstoi escribió:

lo principal no es amar. ¡Mira lo que he hecho amándolo tan profundamente! Es tan doloroso y humillante; pero él piensa que es una tontería. “Dices una cosa y siempre haces otra”. Pero cuál es el punto de discutir de esa manera superior, cuando no queda nada en mí, más que humillante amor y un mal carácter, y estas dos cosas han sido la causa de todos mis infortunios. Ya que mi carácter siempre ha interferido con mi amor. No deseo nada más que su amor y simpatía, no me los va a dar; y todo mi orgullo está atrapado en el barro y no soy nada más que un gusano aplastado y miserable que nadie quiere y que nadie ama, una criatura útil, con nauseas matutinas, una barriga enorme, dos dientes podridos, un mal carácter, un apaleado sentido de dignidad, y un amor que nadie quiere y que casi me vuelve loca”.

¿Alguien cree realmente que las cosas han cambiado tanto desde que Sofía Tolstoi escribió esto en su diario el 25 de octubre de 1886? ¿Y qué le dirían si viniese aquí hoy, si acudiera a sus hermanas?, ¿le hubieran entregado un vibrador y enseñado cómo usarlo?, ¿le darían las mejores técnicas de felación que tal vez complazcan al Sr. Tolstoi?, ¿le sugerirían que la salvación yace en volverse una “atleta sexual”?, ¿que debiera probar cosas nuevas?, ¿que debería tener tantos amantes como León?, ¿le dirían que comenzara a pensar en sí misma como una  “persona” y no como una mujer?

¿O tal vez hubiesen encontrado el coraje, la decisión, la convicción de ser realmente sus hermanas -para ayudarla a divorciarse de la larga oscuridad de las sombras de él, para unirse con ella en cambiar la organización y la textura mismas de este mundo construido aún en 1974 para servirle a él, para forzarla a ella a servirle?

Les sugiero que Sofía Tolstoi está aquí hoy, en los cuerpos y en las vidas de muchas hermanas. No le fallen.

***

[Ésta es la traducción no oficial del libro Our Blood, de Andrea Dworkin. El resto del libro lo podrás encontrar, a medida que sea publicado, en la categoria “Nuestra Sangre”, o bien aquí, en la pestaña del mismo nombre]

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