Redefiniendo la No-Violencia

“…y finalmente doy vuelta a mi corazón otra vez, así lo malo está por fuera y lo bueno está por dentro y sigo tratando de encontrar la forma de convertirme en lo que me gustaría ser y podría ser, si…no existiera nadie más en el mundo”.

—- Ana Frank​, El Diario de Una Niña, 1 de Agosto, 1944, tres días antes de su arresto.

[Entregado en Boston College, en una conferencia sobre Alternativas al Sistema Corporativo Militar, en un panel sobre “Defender Valores Sin Violencia”, 5 de Abril, 1975]

Feminismo, de acuerdo al diccionario Random House, se define como “la doctrina que aboga por que los derechos sociales y políticos para las mujeres sean  iguales a los de los hombres”. Ésta es una faceta del feminismo, y les conmino a no rechazarla, a no tomarla como reformista, a no descartarla con eso que llamarían, tal vez, pureza radical de izquierda. Algunos de ustedes lucharon con toda su alma y corazón por los derechos civiles de las personas negras. Comprendieron que sentarse sobre una mesa sucia y comer una hamburguesa podrida no tenía ningúna validez revolucionaría en absoluto -y aún así comprendieron también la indignidad, la degradante indignidad, de no ser capaz de hacerlo. Y entonces ustedes, y otras y otros como ustedes, pusieron sus vidas en primera línea para que las personas negras no fueran forzadas a sufrir sistemáticas indignidades diarias de exclusión de instituciones que, de hecho, ustedes no avalaban. En todos los años del movimiento por los derechos civiles, jamás escuché a un hombre blanco radical decirle a un hombre negro –“¿Por qué quieres comer ahí? Es mucho mejor comer en casa”. Se entendía que el racismo era una patología abundante, y que esa patología debía ser desafiada donde fuera que sus despreciables síntomas aparecieran: debíamos revisar el crecimiento de la patología; disminuir los efectos debilitantes en sus víctimas; tratar de salvar las vidas de las personas negras, una por una de ser necesario, de los destrozos del sistema racista que condena a esas vidas a una amarga miseria.

Y aún así, cuando se trata de nuestras vidas, ustedes no hacen las mismas declaraciones. El sexismo, que con propiedad definimos como la servitud cultural, política, social, sexual, psicológica y económica de las mujeres a los hombres y las instituciones patriarcales, es también una patología abundante.  Se alimenta en cada casa, cada calle, cada programa de televisión, cada película. Se manifiesta en cada interacción entre un hombre y una mujer. Se manifiesta en cada encuentro entre una mujer y las instituciones de ésta sociedad dominada por hombres. El sexismo se alimenta cuando somos violadas, o cuando nos casamos. Se alimenta cuando se nos niega control absoluto sobre nuestros cuerpos -cuando sea que el estado o cualquier hombre deciden por nosotras el uso que tendrán nuestros cuerpos. El sexismo se alimenta cuando se nos enseña a someternos a los hombres, sexualmente y/o intelectualmente. Se alimenta cuando somos enseñadas y forzadas a servir a los hombres en sus cocinas, sus camas, como domésticas, como trabajadoras de mierda para sus muchísimas causas, como devotas discípulas de su trabajo, cualquier trabajo. Se alimenta cuando se nos enseña y fuerza a cuidarlos como esposas, madres, amantes, o hijas. El sexismo se alimenta cuando somos forzadas a estudiar cultura masculina pero no se nos permite reconocimiento ni orgullo en nuestra propia cultura. Se alimenta cuando se nos enseña a venerar y respetar voces de hombres, y así no tenemos voces propias. El sexismo se alimenta cuando, desde nuestra infancia en adelante, somos forzadas a restringir cada impulso hacia la aventura, cada ambición hacia éxitos o grandezas, cada acto o idea atrevida u original. El sexismo se alimenta día y noche. El sexismo es la base sobre la que toda tiranía es construida. Cada forma social de jerarquía está moldeada sobre la dominación hombre-sobre-mujer.

Jamás he oído a un hombre blanco radical ridiculizar o denigrar a un hombre negro por demandar que la ley de Derechos Civiles fuese promulgada, o por reconocer los valores racistas detrás de la negativa a votar por dicha ley. Aún así, muchas mujeres de izquierda me han dicho, “No logro entender del todo las políticas de la reforma por la Igualdad de Derechos [Equal Rights Amendment]”. Una discusión más profunda siempre revela que éstas mujeres han sido denigradas por hombres de izquierda al expresar preocupación ante la posibilidad de que la reforma de Igualdad de Derechos tal vez no se promulgue este año o el siguiente. Déjenme contarles acerca de “las política de la reforma de Igualdad de Derechos” -rechazar la promulgación de esta reforma, es rechazar reconocer en las mujeres la capacidad mental y física de ejercer los derechos de la ciudadanía; una negativa a aprobarla condena a la mujer a vivir como una no-entidad ante la ley; un rechazo a aprobarla es afirmar la opinión de que las mujeres son inferiores a los hombres en virtud de nuestra biología, una condición de nacimiento. Entre quiénes se interesan por la política, es vergonzoso ser racista o antisemita. Sin embargo, no hay vergüenza en descartar firmemente los derechos civiles de las mujeres.

En mi opinión, cualquier hombre que reconozca el derecho de la mujer a la dignidad y la libertad,  reconocerá que los despreciables síntomas del sexismo deben ser desafiados siempre que aparezcan: revisar el crecimiento de la patología; disminuir sus debilitantes efectos en sus víctimas; tratar de salvar la vida de cada mujer, una por una de ser necesario, de los destrozos del sistema sexista que condena esas vidas a una amarga miseria. Cualquier hombre que sea tu compañero entenderá en su entraña la indignidad, la degradante indignidad, de ser excluida sistemáticamente de los derechos y deberes de la ciudadanía. Cualquier hombre que sea realmente tu compañero, estará dispuesto a comprometer su cuerpo, su vida, en primera línea para que no seas nunca más sometida a esa indignidad. Les pido que vean a sus compañeros de izquierda, y que determinen si es que han hecho ese compromiso​ para con ustedes. Si no lo han hecho, entonces no toman sus vidas en serio, y en tanto ustedes trabajen con y para ellos, tampoco estarán tomando sus propias vidas en serio.

(2) El feminismo es una exploración, una que recién empieza. A las mujeres se nos enseñó que, para nosotras, la​ tierra es plana, y si decidimos aventurarnos, caeremos por el precipicio. Algunas de nosotras nos hemos aventurado igualmente, y de momento no hemos caído. Con fe feminista espero que no lo hagamos.

Nuestra exploración tiene tres partes. Primero, debemos descubrir nuestro pasado. El camino a nuestras espaldas es oscuro, difícil de encontrar. Buscamos signos que nos digan: las mujeres han vivido aquí.  Y luego tratamos de ver cómo fue la vida para esas mujeres. Nos damos cuenta de que por siglos, durante todo el tiempo del que se tiene registro, las mujeres han sido violadas, explotadas, humilladas, de forma sistemática e inimaginable. Descubrimos que millones y millones de mujeres han muerto víctimas de ginocidios organizados. Damos con atrocidad tras atrocidad, ejecutadas en tan gran escala que otras atrocidades palidecen en comparación. Nos damos cuenta que el ginocidio toma muchas formas -masacres, mutilación, dejarnos lisiadas, esclavitud, violación. No nos es fácil soportar lo que vemos.

En segundo lugar, debemos examinar el presente: cómo se organiza la sociedad actualmente; cómo viven las mujeres hoy; cómo funciona –este sistema global de opresión que se basa en el género y que toma tantas vidas invisibles; cuáles son las fuentes de la dominación masculina;  ¿cómo la dominación masculina se perpetúa a sí misma a través de violencia organizada e instituciones totalitarias? Se trata de un análisis muy amargo.  Vemos que alrededor del mundo nuestra gente, las mujeres, están encadenadas. Estas cadenas son psicológicas, sociales, sexuales, legales, económicas. Son pesadas. Estas cadenas están selladas por una violencia sistemática perpetrada en nuestra contra por la clase género hombres. No es fácil para nosotras soportar lo que vemos. No es fácil deshacernos de las cadenas, encontrar recursos para retirar nuestro supuesto consentimiento a la opresión. No es fácil determinar qué formas de resistencia debemos utilizar.

Tercero, debemos imaginar un futuro en que seremos libres. Solo imaginar este futuro puede darnos energías para no permanecer víctimas de nuestro pasado y nuestro presente. Solo imaginar este futuro puede darnos la fuerza para repudiar nuestra condición de esclavas –para identificarla cuando sea que se manifieste, y sacarla de raíz de nuestras vidas. Esta exploración no es amarga, pero es extremadamente difícil –porque cada vez que una mujer renuncia al comportamiento de esclava, se encuentra con toda la fuerza y crueldad de su opresor. Las mujeres que se comprometen políticamente, usualmente preguntan, “¿cómo podemos, como mujeres, apoyar las luchas de otras personas?” Esta pregunta usada como base para efectuar un análisis y acción políticas, replica la forma misma de nuestra opresión –nos mantiene como la clase de género de asistentes, de cuidadoras. Si no fuésemos mujeres –si fuésemos trabajadores hombres, u hombres negros, u hombres cualquiera- nos bastaría delinear el hecho de nuestra propia opresión; solamente eso sería suficiente para darle a nuestra lucha credibilidad ante la mirada de los llamados hombres radicales.

Pero las mujeres son mujeres, y el primer hecho de nuestra opresión es que somos invisibles para nuestros opresores. El segundo hecho de nuestra opresión es que hemos sido entrenadas –por cientos de años y desde la infancia- a mirar a través de sus ojos, y así, somos invisibles a nosotras mismas. El tercer hecho de nuestra opresión es que nuestros opresores no son solo los hombres jefes de estado, hombres capitalistas, hombres militaristas –también lo son nuestros padres, hijos, esposos, hermanos y amantes.  No hay otras personas que como grupo estén tan enteramente capturadas, tan enteramente conquistadas, tan destituidas de cualquier recuerdo sobre ser libres, tan horrorosamente robadas de su cultura e identidad, tan absolutamente vapuleadas, tan rebajadas y humilladas en el día a día. Y aun así, decimos, ciegamente, y preguntamos una y otra vez, “¿Qué podemos hacer por ellos? Es tiempo de preguntarnos, “¿Qué pueden hacer ellos por nosotras?” Esa debe ser la primera pregunta en cualquier diálogo político con los hombres.

(3) Las mujeres, durante todos estos cientos de años patriarcales, hemos sido insistentes en la defensa de otras vidas distintas a las nuestras. Morimos dando a luz para que otros vivan. Sustentamos las vidas de niñas y niños, esposos, padres, y hermanos durante guerras, hambrunas, en cada tipo de devastación. Hemos hecho esto en la amargura de la servitud global. Cualquier cosa susceptible de ser conocida acerca del compromiso con la vida bajo el patriarcado, nosotras ya la conocemos. Sea lo que sea que se necesite para asumir compromiso bajo el patriarcado, nosotras lo tenemos. Ya es tiempo de repudiar el patriarcado valorando  nuestras propias vidas como completas, serias, resolutas, tal cómo hemos valorado las vidas de otros. Es tiempo de comprometernos al cuidado y protección de las unas a las otras. Debemos establecer valores que se originen en la sororidad. Debemos establecer valores que repudien la supremacía fálica, que repudien la agresión fálica, que repudien todas las relaciones e instituciones basadas en la dominación de los hombres y la subordinación de las mujeres.

No nos será fácil establecer valores originados en la sororidad. Por siglos, nos han metido garganta abajo y vagina arriba los valores masculinos. Somos víctimas de una violencia tan arraigada, tan constante, tan implacable e interminable, que no podemos mirarla y decir, “Aquí empieza y aquí termina”. Todos los valores que quizás defendamos como consecuencia de nuestra alianza con los hombres y sus ideas, están saturadas con el hecho o el recuerdo de violencia. Sabemos más de violencia que cualquier otro grupo sobre la faz de la tierra. Hemos absorbido tantas cantidades de ella -como mujeres, como judías, como negras, vietnamitas, nativas americanas, etc.- que nuestros cuerpos y nuestras almas están impregnadas con sus efectos.

Les sugiero que cualquier compromiso con la no-violencia, si es real, debe comenzar en el reconocimiento de las formas y grados de violencia perpetrados por la clase de género hombres en contra de las mujeres. Sugiero que cualquier análisis de la violencia o cualquier compromiso para actuar contra ella, que no comience allí, carece de sentido- será una farsa que tendrá, como consecuencia directa, la perpetuación de nuestra servitud. Sugiero que cualquier hombre que no apoye la no-violencia, que no este comprometido, en cuerpo y alma, a acabar con la violencia en tu contra, no es de fiar. Él no es tu camarada, no es tu hermano, no es tu amigo. Él es alguien para quien tu vida es invisible.

Como mujeres, la no violencia debe partir con nosotras, debemos negarnos a ser violentadas, negarnos ser victimizadas. Debemos encontrar alternativas a la sumisión, porque nuestra subordinación –ser violadas, atacadas sexualmente, ser esclavas domésticas, ser abusadas y victimizadas de cualquier manera- perpetúa esa violencia.

El rechazo a ser víctimas no se origina en algún acto de resistencia de origen masculino, como matar. El rechazo del que hablo es un rechazo revolucionario a ser víctima, en cualquier momento, en cualquier lugar, en manos de un amigo o un enemigo. Este rechazo requiere un des-aprendizaje consciente de todas las formas de subordinación masoquista que se nos enseñan como si fuesen el contenido mismo de la mujeridad, del ser mujer. La agresión masculina se alimenta del masoquismo femenino, tal como los cuervos se alimentan de la carroña.  Nuestro proyecto no-violento es encontrar las formas sociales, sexuales, políticas y culturales que repudien nuestros comportamientos sumisos programados, así la agresión masculina no encontrará carne muerta en la que festinar.

Cuando digo que debemos establecer valores que se originen en la sororidad, quiero decir que no debemos aceptar, ni por un segundo, nociones masculinas de lo que la agresión es. Estas nociones no han condenado jamás la violencia sistemática en nuestra contra. Los hombres que sostienen esas nociones no han renunciado jamás a los comportamientos, privilegios, valores y arrogancia masculinas, que son en sí mismos y van de la mano con actos de violencia en nuestra contra.

Acabaremos con la violencia rehusándonos a ser violentadas. Repudiaremos todo el sistema patriarcal, con sus instituciones sadomasoquistas, con sus escenarios sociales de dominación y subordinación basados todos​ en el modelo del hombre-sobre-la-mujer, cuando nos rehusemos conscientemente, rigurosamente, y de forma absoluta a ser la tierra en donde germine como mala hierba la agresión, el orgullo, y la arrogancia masculinas.

***

[Ésta es la traducción no oficial del libro Our Blood, de Andrea Dworkin. El resto del libro lo podrás encontrar, a medida que sea publicado, en la categoria “Nuestra Sangre”, o bien aquí, en la pestaña del mismo nombre]

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