La Causa Raíz

“Y las cosas que es mejor conocer primero son los principios y las causas. Porque a través y desde ellos todas las demás cosas pueden ser conocidas…”

– Aristóteles, Metafísica, Libro I.

[Entregado en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, Cambridge, 26 de Septiembre, 1975]

Esta noche quiero hablarles sobre ciertas realidades y ciertas posibilidades. Las realidades son brutales y salvajes; las posibilidades podrán parecerles, siendo bien honesta, imposibles.

Quiero recordarles que hubo un tiempo en que todos los seres humanos creían que la tierra era plana. Todas las navegaciones se basaban en esa creencia. Todos los mapas eran dibujados de acuerdo a las especificaciones de esa creencia. La llamo creencia, pero en ese entonces era realidad, la única realidad imaginable. Era realidad porque todas las personas creían que era verdad. Todas creían que era verdad porque parecía que era verdad. La tierra se veía plana; pero no hubo ningun momento en que tuviera, a la distancia, bordes desde los que una podría caer; la gente asumió que, en algún lugar, existía un borde final más allá del cual no había nada. La imaginación estaba circunscrita, como lo está usualmente, a los sentidos físicos; inherentemente limitados y culturalmente condicionados, y esos sentidos determinaron que la tierra era plana. Éste principio de la realidad no era solo teórico; se actuaba conforme a él. Las naves no se embarcaban demasiado en ninguna dirección porque nadie quería caer desde el borde de la tierra; nadie quería tener la temida muerte qué tan descuidado, estúpido acto tendría. En las sociedades donde la navegación era una de las mayores actividades, el temor a ese destino era vívido y aterrador.

Ahora, como cuenta la historia, de algún modo un hombre llamado Cristóbal Colón imaginó que la tierra era redonda. Imaginó que uno podría llegar al lejano Este navegando hacia el Oeste. Cómo concibió está idea, no lo sabemos; pero la imaginó, y una vez que la imaginó, no pudo olvidarla. Por mucho tiempo, hasta que se reunió con la Reina Isabel, nadie lo escuchó porque, claramente, era un lunático. Si algo era cierto, era que la tierra era plana.
Ésta historia se ha repetido muchas veces. Marie Curie tuvo la peculiar idea de que existía un elemento aún no descubierto que era activo, siempre cambiante, vivo. Todo el pensamiento científico se basaba en la noción de que todos los elementos eran inactivos, inertes, estables. Ridiculizada, denegada de tener un laboratorio apropiado por la comunidad científica, condenada a la pobreza y oscuridad, Marie Curie, junto a su esposo, Pierre, trabajaron incansablemente para aislar el radio, que fue, en primera instancia, un figmento de su imaginación. El descubrimiento del radio destruyó completamente la premisa básica sobre la que se habían construido la física y la química. Lo que había sido real hasta su descubrimiento ya no era real.
Los conocidos, ya-probados-y-verdaderos principios de la realidad, creídos universalmente y adheridos con vehemencia, frecuentemente son moldeados desde una profunda ignorancia. No sabemos qué o cuánto no sabemos. Ignorando nuestra ignorancia, aún cuando se nos ha demostrado lo contrario una y otra vez, creemos que la realidad es lo que sea que sabemos.

Un principio básico de la realidad, creído universalmente y adherido con vehemencia, es que hay dos sexos, hombre y mujer, y que estos sexos no son solo diferentes, sino también opuestos. El modelo usualmente usado para describir la naturaleza de estos dos sexos es el de dos polos magnéticos. El sexo macho se vincula al polo positivo, y el sexo hembra, al polo negativo. Si se acercan, se supone que los campos magnéticos de estos dos sexos interactúen, atando ambos polos en un todo perfecto. Demás está decir, que dos polos iguales, al acercarse, se supone que se repelen entre sí.

El sexo del macho, de acuerdo a su desginación positiva, posee cualidades positivas; y el sexo de la hembra, de acuerdo a su designación negativa, no tiene ninguna de las cualidades positivas atribuidas al sexo del macho. Por ejemplo, de acuerdo a este modelo, los hombres son activos, fuertes y valientes; y las mujeres son pasivas, débiles y temerosas. En otras palabras, sean lo que sean los hombres, las mujeres no lo son; lo que puedan hacer los hombres, las mujeres no pueden; cualquier capacidad que los hombres tengan, las mujeres no la tienen. El hombre es lo positivo y la mujer es su negativo.

Los defensores de este modelo declaran que es moral porque es inherentemente igualitario. Cada polo, se supone, tiene la dignidad de su propia y separada identidad; cada polo es necesario para el todo armonioso. Esta noción, por supuesto, está enraizada en la convicción de que las afirmaciones acerca del carácter de cada sexo son verdaderas, de que la esencia de cada sexo ha sido descrita con precisión. En otras palabras, decir que el hombre es positivo y la mujer negativa es como decir que la arena es seca y el agua es mojada -la característica que mejor describe la cosa en sí misma es tenida por verdadera, y ni un solo juicio respecto al valor de éstas características es implicado siquiera. Simone de Beauvoir expone la falacia de ésta doctrina “separados pero iguales” en el prefacio de El Segundo Sexo: “en realidad la relación de los dos sexos no es….como la de dos polos eléctricos, porque el hombre representa tanto lo positivo como lo neutral, tal cómo indica el uso común de ‘hombre’ para designar a los seres humanos en general; mientras que mujer representa lo negativo, definido por criterios limitados, sin reciprocidad….”. “La mujer es mujer en virtud de cierta falta de cualidades” dijo Aristóteles; “debemos considerar la naturaleza de la mujer como afecta a una deficiencia natural”. Y Santo Tomás por su parte declaró que la mujer era “un hombre imperfecto”, un ser “incidental”. Y así la humanidad es hombre y el hombre define a la mujer, no en sí misma, sino en relación a él; ella no es considerada un ser autónomo. 1

Esta enfermiza visión de la mujer, como negativa del hombre, “mujer en virtud de cierta falta de cualidades” infecta toda la cultura. Es el cáncer en las entrañas de cada sistema político y económico, de cada institución social. Es la raíz que magulla todas las relaciones humanas, infesta toda la realidad psicológica, y destruye la fibra misma de la identidad humana.

Esta visión patológica de la negatividad de la mujer ha sido forzada en nuestra carne por miles de años. Ha ocurrido en masiva escala una mutilación salvaje del cuerpo de la hembra, orientada a volvernos absolutamente distinguibles de los hombres. Por ejemplo, en China, por miles de años, los pies las mujeres fueron reducidos a muñones mediante vendajes. Cuando una niña cumplía siete u ocho años, le lavaban los pies con alumbre, un químico que los encogía. Luego, todos los dedos, salvo el pulgar, eran doblados hacia la planta de sus pies y atados con la mayor firmeza posible. Este procedimiento se repetía una y otra vez durante tres años aproximadamente. La niña, en agonía, era forzada a caminar con los pies así. Se formaban fuertes callos; las uñas se le encarnaban en la piel; sus pies estaban sangrientos y llenos de pus; la circulación era virtualmente detenida; usualmente se les caían los pulgares. El pie ideal media 3 pulgadas, de carne hedionda y putrefacta. Los hombres eran positivo y las mujeres negativo, porque los hombres podían caminar y las mujeres no. Los hombres eran independientes y las mujeres eran dependientes porque los hombres podían caminar y las mujeres no. Los hombres eran viriles porque las mujeres eran lisiadas.
Ésta atrocidad cometida en contra de las mujeres chinas es solo un ejemplo del sadismo sistemático ejercido sobre los cuerpos de las mujeres para volvernos opuestas y negativas a los hombres. Hemos sido, y aún somos, azotadas, golpeadas y atacadas; hemos sido, y somos, atrapadas en autendos diseñados para distorsionar nuestros cuerpos, para dificultar nuestra respiración y movimientos; hemos sido, y aún somos, convertidas en adornos, tan deprivadas de presencia física que no podemos correr o saltar o escalar o incluso caminar con naturalidad; hemos sido, y somos, cubiertas, nuestros rostros tapados por capas de sofocante tela o maquillaje, así que incluso se nos niega poseer nuestras propias caras; hemos sido, y aún somos, forzadas a remover el vello de nuestras axilas, piernas, cejas, y usualmente, incluso de nuestras áreas púbicas, para que así los hombres puedan afirmar, sin contradicción, la positividad de su propia virilidad. Hemos sido, y aún somos, esterilizadas contra nuestra voluntad; nuestros úteros extraídos sin razón médica alguna; nuestros clítoris cortados; nuestros senos y toda la musculatura de nuestros pechos son removidos con entusiasta abandono. Éste último procedimiento, la mastectomia doble, tiene ochenta años de antigüedad. Les pido que consideren los avances armamentísticos de los últimos ochenta años, bombas nucleares, gases venenosos, rayos láser, bombas de ruido, y otros por el estilo, y que cuestionen el avance de la tecnología en relación a las mujeres. ¿Por qué aún se mutila tan promiscuamente a las mujeres en éstas cirugías?; ¿por qué ésta salvaje forma de mutilación, la mastectomia doble, ha prosperado, sino es para aumentar la negatividad de la mujer en relación al hombre? Éstas formas de mutilación física son marcas que nos designan como hembras, al negar nuestros cuerpos, destruyéndolos.

En el extraño mundo creado por los hombres, el emblema físico primario de la negatividad de la hembra es el embarazo. Las mujeres tienen la capacidad de gestar bebés; los hombres no. Pero ya que los hombres son positivos y las mujeres negativas, la incapacidad para gestar es considerada una característica positiva, y la habilidad para hacerlo es vista como negativa. Ya que las mujeres son fácilmente distinguibles de los hombres en virtud de ésta sola capacidad, y ya que la negatividad de la mujer siempre es establecida en oposición a la positividad del hombre, la capacidad para gestar, es usada primero para establecer, y luego para confirmar, su estatus de negativo o inferior al hombre. El embarazo se convierte en una marca física, un símbolo que designa a la embarazada como auténticamente hembra. Gestar, peculiarmente, se vuelve la forma y substancia de la negatividad de la mujer.
Una vez más, consideren la tecnología en relación a las mujeres. El hombre llega a la luna y un satélite hecho por el hombre se acerca a Marte para aterrizar; la tecnología anticonceptiva permanece criminalmente inadecuada. Los dos métodos anticonceptivos más efectivos son la píldora y el DIU. La píldora es venenosa y el DIU es sádico. Si una mujer quiere evitar concebir, debe fallar eventualmente porque usa un método inefectivo, caso en el cual se arriesga a morir por el embarazo; o debe arriesgarse a enfermar terriblemente por la píldora, o sufrir dolor agonizante con el DIU -y, por supuesto, con cualquiera de éstos métodos el riesgo de morir es también muy real. Ahora que se han desarrollado técnicas abortivas que son fáciles y seguras, a las mujeres se les niega firmemente el acceso gratuito a ellas. Los hombres necesitan que las mujeres sigan embarazadas, para encarnar la negatividad de la mujer, y confirmar así la positividad del hombre.

Mientras que los ataques físicos en contra de la vida de las mujeres son aberrantes, las atrocidades cometidas contra nuestras facultades intelectuales y creativas no son menos sádicas. Consignadas a una vida de negatividad intelectual y creativa, para afirmar dichas capacidades en los hombres, se considera que las mujeres carecen de inteligencia: la feminidad es prácticamente sinónimo de estupidez. Somos femeninas en tal grado que nuestras facultades mentales son aniquiladas o repudidas. Para reforzar ésta dimensión de la negatividad de la mujer, sistemáticamente se nos niega el acceso a una educación formal, y cada declaración de inteligencia natural es castigada hasta que no nos atrevemos a confiar en nuestras percepciones, hasta que no nos atrevemos a honrar nuestros impulsos creativos, hasta que no nos atrevemos a ejercitar nuestra facultad de pensamiento crítico, hasta que no nos atrevemos a cultivar nuestra imaginación, hasta que ya no nos atrevemos a respetar nuestra propia agudeza mental ni moral. Cualquier obra creativa o intelectual que logramos crear es trivializada, ignorada, o ridiculizada, de modo que, incluso aquellas pocas mentes que no fueron degradadas, son llevadas al suicido o la locura, o atrapadas en el matrimonio y la crianza. Hay unas pocas excepciones a esta inexorable regla.

La manifestación más literal y vívida de ésta patología que es la negación de la mujer, se encuentra en la pornografía. La literatura es siempre la más elocuente expresión de los valores culturales; y la pornografía articula la destilación más pura de dichos valores. En la pornografía literaria, donde la sangre de las mujeres puede fluir sin las restricciones reales de la biología, el ethos de ésta cultura asesina del hombre-positivo se revela en su forma esquelética: el sadismo del hombre se alimenta del masoquismo de la mujer; la dominación masculina se nutre de la subordinación femenina.

En la pornografía, el sadismo es el medio por el cual los hombres establecen su dominación. El sadismo es ejercicio de poder auténtico que confirma la hombría; y la primera características de la hombría es que su existencia se basa en la negación de la mujer -la hombría puede ser certificada solo mediante la abyecta degradación de la mujer, una degradación que jamás es lo suficientemente abyecta hasta que el cuerpo y la voluntad de la víctima han sido destruidos.

En la pornografía literaria, el corazón latente de la oscuridad al centro del sistema hombre-positivo, es expuesto en toda su aterradora desnudez. El corazón de la oscuridad es esto -que el sadismo sexual renueva la identidad del hombre. Las mujeres son torturadas, azotadas y encadenadas; las mujeres son atadas y amordazadas, marcadas y quemadas, cortadas con cuchillas y cables; se orina y defeca sobre la mujeres; agujas hirviendo se clavan en sus pechos, les rompen huesos, sus anos son abiertos, sus bocas son destrozadas, sus coños son penetrados salvajemente pene tras pene, dildo tras dildo -y todo esto para establecer la única manera viable de valoración propia del hombre.

Es típico en la pornografía que alguna de éstas asqueantes crueldades tengan lugar en un contexto público. Un hombre aún no es el amo absoluto de una mujer -aun no es enteramente un hombre- hasta que la degradación es atestiguada y disfrutada públicamente. En otras palabras, una vez que establece dominio, el hombre debe también, públicamente, establecer que es dueño. La calidad de dueño se prueba cuando un hombre puede humillar a una mujer en frente de sus compañeros y para el placer de sus compañeros y que ella aún así se mantenga fiel a él. Se establece aún más ésta calidad cuando un hombre puede prestar una mujer como objeto carnal, o darla de regalo a otro u otros hombres. Éstas transacciones hacen de su dominio un asunto de interés público e incrementan su valía a los ojos de otros hombres. Éstas transacciones prueban que él no solo ha declarado autoridad absoluta sobre el cuerpo de ella, sino que también se ha vuelto enteramente amo de su voluntad.

Lo que tal vez pudo comenzar cómo la sumisión de una mujer a un hombre particular debido al “amor” que sentía por él -y que en este sentido era congruente con su sentido de integridad propia, tal como ella podía reconocerlo- necesariamente va a destruir incluso esa individualidad. La individualidad de tener el dominio –“Yo soy el que posee”- es reclamada por el hombre; pero nada ha de ser dejado a la mujer o en la mujer, nada sobre lo que pueda basar algun derecho a tener dignidad personal, ni siquiera la desgarbada dignidad de creer “soy la propiedad exclusiva del hombre que me degrada”. De la misma forma, y por las mismas razones, ella es forzada a observar al hombre que la posee ejercer su sadismo sexual contra otras mujeres. Ésto le roba ese grano de dignidad que nace de creer “soy la única” o “soy percibida y mi identidad singular se verifica cuando él me degrada”, o “me distingo de otras mujeres porque este hombre me ha escogido”

La pornografía del sadismo masculino casi siempre contiene una visión idealizada, o ireal de la compañía masculina. El concepto utópico, que es la premisa de la pornografía, es este -ya que la hombría se establece y confirma por sobre y en contra de los cuerpos brutalizados de las mujeres, los hombres no deben agredirse los unos a otros; en otras palabras, las mujeres absorben la agresión masculina, de modo que los hombres están a salvo de ella. Cada hombre, conociendo su propio profundamente enraizado impulso a destruir, presupone éste mismo impulso en otros hombres y busca protegerse a sí mismo de ellos. Los rituales del sadismo masculino sobre y en contra de los cuerpos de las mujeres son el medio a través del cuál la agresión de los hombres es socializada, y así cada hombre puede asociarse a otros hombres sin el peligro inminente de la agresión masculina en contra de sí mismo. El proyecto erótico común de destruir a las mujeres hace posible que los hombres se unan en hermandad; este proyecto es la única base firme y confiable para cooperar entre los hombres, y todos los vínculos masculinos se fundan en ella.

Ésta visión idealizada de las relaciones masculinas expone el carácter esencialmente homosexual de la sociedad masculina. Los hombres usan los cuerpos de las mujeres para formar alianzas y vínculos entre ellos. Los hombres usan los cuerpos de las mujeres para lograr poder reconocible que certificará la identidad masculina a los ojos de otros hombres. Los hombres usan los cuerpos de las mujeres para permitirse involucrarse en transacciones civiles y pacíficas entre ellos. Creemos vivir en una sociedad heterosexual porque la mayoría de los hombres tienen una fijación en las mujeres como objetos sexuales; pero, de hecho, vivimos en un a sociedad homosexual porque todas las transacciones creíbles de poder, autoridad, y autenticidad tienen lugar entre los hombres; todos los intercambios basadas en la equidad e individualidad se producen entre los hombres. Los hombres son reales; por tanto, todas las relaciones se dan entre hombres; toda comunicación real se da entre hombres; toda reciprocidad real se da entre hombres; toda mutualidad real se da entre hombres. La heterosexualidad, que puede ser definida como la dominación sexual de los hombres sobre las mujeres, es como una nuez -que crece del poderoso nogal que es la sociedad homosexual masculina, una sociedad de hombres, por hombres, y para los hombres, una sociedad en que la positividad de la comunidad de los hombres se realiza mediante la negación de la mujer, mediante la aniquilación del cuerpo y la voluntad de la mujer.

En la pornografía literaria, que es un destilado de la vida como la conocemos, las mujeres son hoyos abiertos, tajos calientes, tubos follables, y otros por el estilo. Se supone que el cuerpo de la mujer consiste en tres agujeros vacíos, todos los cuales fueron expresamente diseñados para ser llenados con la erecta positividad del hombre.

La fuerza de vida de la mujer en sí misma es caracterizada como negativa: se nos define como inherentemente masoquistas; esto es, somos conducidas al dolor y abuso, hacia la auto-destrucción, hacia la aniquilación -y este llamado hacia nuestra propia negación es precisamente lo que nos identifica como mujeres. En otras palabras, nacemos para ser destruidas. El masoquismo sexual alimenta la negatividad de la mujer, tal como el sadismo alimenta la positividad de el hombre. La feminidad erótica de las mujeres se mide según el grado en que necesitan ser heridas, necesitan ser poseídas, necesitan ser abusadas, necesitan someterse, necesitan ser golpeadas, necesitan ser humilladas, necesitan ser degradadas. Cualquier mujer que se resista a ejecutar éstas supuestas necesidades, o cualquier mujer que se rebele contra los valores inherentes a éstas necesidades, o cualquier mujer que se rehuse a aceptar o participar en su propia destrucción, es caracterizada como desviada, una que niega su feminidad, un despojo, una perra, etc. Típicamente, éstas desviadas son arrastradas nuevamente al rebaño de mujeres, mediante una violación, incluso en grupo, o algún tipo de bondage. La teoría es que una vez que esas mujeres hayan probado la intoxicante dulzura de la subordinación, se apresurarán a su propia destrucción.

El amor romántico, en la pornografía y la vida, es la mítica celebración de la negación de la mujer. Para una mujer, el amor se define como la voluntad de someterse a su propia aniquilación. Como suele decirse, las mujeres están hechas para el amor -esto es, sumisión. Amor, o sumisión, deben ser tanto la substancia como el propósito de la vida de una mujer. Para la mujer, la capacidad de amar es exactamente sinónimo con la capacidad de soportar el abuso, y el apetito de él. Para la mujer, la prueba del amor es que está dispuesta a ser destruida por quién ama, por su bien. Para la mujer, el amor es siempre sacrificio, sacrificar su identidad, voluntad, integridad corporal, en orden a satisfacer y perdonar la masculinidad de su amante.

En la pornografía, vemos a la mujer cruda, su esqueleto erótico, desnuda; podemos casi tocar los huesos de nuestra muerte. El amor es la fuerza erótica masoquista; el amor es la pasión desenfrenada que compele a la mujer a someterse a una vida encadenada; el amor es el impulso sexual que consume hacia la degradación y el abuso. La mujer literalmente se entrega a sí misma al hombre; él literalmente la toma y posee. El intercambio primario que expresa éste sometimiento de la mujer y ésta posesión del hombre, es el acto de follar. Follar es la expresión física básica de la positividad del hombre y la negatividad de la mujer. La relación del sádico al masoquista no se origina en el acto de follar; en cambio, se expresa y renueva con él.

Para el hombre, fornicar es un acto compulsivo, en la pornografía y en la vida real. Pero en la vida real, y no en la pornografía, es un acto bañado en temor y peligro, repleto de terror.

Ése órgano santificado de la positividad del hombre, el falo, penetra en el vacío de la mujer. Durante la penetración, el ser completo del hombre es su pene -la voluntad de él y la voluntad del hombre de dominar son una, completamente; el pene erecto es su identidad; toda la sensación se localiza en el pene y en efecto, el resto de su cuerpo es insensato, está muerto. Durante la penetración, el ser mismo del hombre es a la vez puesto en riesgo y afirmado. ¿El vacío de la mujer lo tragará, consumirá, envolverá y destruirá su pene, todo su ser?, ¿acaso el agujero de la mujer contaminará su tenue hombría con la implacable toxicidad de la mujeridad?, ¿o emergerá él desde el aterrador vacío del agujero abierto que es la anatomía de la mujer, intacto? -su positividad reafirmada porque, incluso dentro de ella, logró mantener la polaridad del macho y la hembra, al mantener la discreción e integridad de su falo de acero; su masculinidad es afirmada porque de hecho no se mezcló con ella, y así no se perdió a sí mismo, no se disolvió en ella, no se convirtió en ella ni cómo ella, no fue subsumido por ella.

Este peligroso viaje al vacío de la mujer debe ser hecho una y otra vez obligatoriamente, porque la masculinidad no es nada en sí misma; en sí misma y desde sí misma no existe; así solo es real sobre y en contra, o en contraste, a la negatividad de la mujer. La masculinidad puede ser experimentada, alcanzada, reconocida y materializada solamente en oposición a la feminidad. Cuando los hombres disponen que el sexo, la violencia y la muerte son verdades eróticas fundamentales, quieren decir esto -que el sexo, o follar, es el acto que les permite experimentar su propia realidad, o identidad, o masculinidad de forma concreta; y que la muerte, la negación, la nada, o que contaminarse de la mujer, es lo que arriesgan cada vez que penetran dentro de lo que imaginan que es el vacío del agujero de la mujer.

¿Qué existe detrás, entonces, de la afirmación de que fornicar es placentero para el hombre?, ¿cómo puede un acto tan saturado con el miedo de perderse a uno mismo, de perder el pene, ser placentero?
Primero, es necesario entender que ésta es precisamentea la dimensión de fantasía de la pornografía. En el ambiente rarificado de la pornografía, el miedo del hombre es retirado del acto sexual, censurado, quitado. El sadismo sexual masculino, tan bien descrito en la pornografía, es real; las mujeres lo experimentan diariamente. La dominación del hombre por sobre y en contra los cuerpos de las mujeres es real; las mujeres la experimentan diariamente. Los usos brutales que se le da al cuerpo de la mujer son reales; las mujeres sufren estos abusos a escala global, día a día, año a año, generación tras generación. Lo que no es real, lo que es fantasía, es la afirmación hecha por los hombres, que está en el corazón de toda pornografía, cual es que, para ellos, follar es una experiencia de éxtasis, el placer último, una bendición absoluta, un acto natural y fácil, en donde no hay terror, no hay pavor, no hay miedo. En la realidad, nada apoya esa afirmación. Sea que examinemos la masacre de nueve millones de brujas en Europa, alimentada por el miedo de los hombres a la carnalidad de las mujeres; o el fenómeno de la violación, que expone que follar es un acto de suma hostilidad en contra de la enemiga, mujer; sea que investiguemos la impotencia, que es la incapacidad involuntaria de entrar al vacío de la mujer; sea que ahondemos en el mito de la vagina dentada (una vagina repleta de dientes), que deriva de un temor paralizante a los genitales de la mujer; sea que aislemos el tabú menstrual como expresión del terror masculino; veremos que en la vida real el macho está obsesionado con su miedo a la mujer, y que este miedo es más vívido en el acto de follar.

En segundo lugar, para entender la pornografía como un tipo de propaganda diseñada para convencer al hombre de que no debe temer, de que no tiene miedo; para asegurarle que puede follar; para convencerlo de que follar es puro disfrute; para enturbiar la realidad de su propio terror, al proveerle una fantasía pornográfica de placer, la que aprende como un credo y desde la cual actúa para dominar a las mujeres como debe hacer un hombre de verdad.

Podríamos decir que en la pornografía los látigos, cadenas y otras parafernalias de brutalidad son mantas de seguridad que demuestran cuán falsa es la afirmación pornográfica de que follar es a la hombría lo que la luz es al sol. Pero en la vida, incluso el abuso sistemático y la subyugación global de las mujeres, no son suficientes para prevenir el terror inherente del hombre al acto sexual.

En tercer lugar, es necesario comprender que lo que el hombre experimenta como placer auténtico es la afirmación de su propia identidad de macho. Cada vez que sobrevive al peligro de entrar al vacío de la mujer, su masculinidad se materializa. Ha demostrado que él no es ella, y que él es como otros ellos. No hay placer en este mundo que se equipare al placer de haberse demostrado ser real, positivo, y no negativo, un hombre y no una mujer, un miembro verdadero del grupo que tiene el dominio sobre todos los demás seres vivos.

En cuarto lugar, es necesario entender que bajo el sistema sexual de la positividad del hombre y la negatividad de la hembra, no hay literalmente nada en el acto de fornicar, salvo por algun roce accidental del clitoris, que reconozca o materialice el real eroticismo de la mujer, que ha sobrevivido incluso bajo condiciones de esclavitud. Dentro de los confines del sistema hombre-positivo, este eroticismo no existe. Después de todo, un negativo es un negativo que es negativo. Follar es enteramente un acto masculino para afirmar la realidad y poder del falo, de la masculinidad.

Para las mujeres, el placer en ser folladas es el placer masoquista de experimentar la negación propia. Bajo el sistema hombre-positivo, el placer masoquista de la negación propia es tanto mitificado como mistificado en orden a compeler a las mujeres a hacernos creer que sentimos satisfacción con la abnegación, placer con el dolor, validación con el sacrificio propio, feminidad con la subordinación a la masculinidad. Entrenadas desde que nacemos a ajustarnos a los requerimientos de éste particular modo de ver el mundo, castigadas severamente cuando no aprendemos lo suficientemente bien la sumisión masoquista, completamente capturadas dentro de los límites del sistema hombre-positivo, muy pocas mujeres se experimentan a sí mismas como reales. En cambio, las mujeres son reales a sí mismas en la medida en que se identifiquen y adhieran con la positividad de los hombres. Al ser follada, una mujer se adhiere a uno que es real a sí mismo y, precariamente, experimenta la realidad, tal como es, mediante él; al ser follada, una mujer experimenta el placer masoquista de su propia negación, cual es perversamente articulada como la satisfacción de su feminidad.

Ahora, quiero hacer una distinción crucial -la distinción entre la verdad y la realidad. Para los seres humanos, la realidad es social, la realidad es lo que sea que las personas crean que es cierto en un momento determinado. Al decir esto, no pretendo sugerir que la realidad es caprichosa o accidental. En mi opinión, la realidad sirve siempre a la política en general, y a la política sexual en particular -esto es, sirve al poderoso para fortificar y justificar su derecho a dominar sobre los que carecen de poder.

La realidad son las premisas, cualesquiera que sean, sobre las que se construyen las instituciones sociales y culturales. La realidad es también la violación, el látigo, follar, la histerectomía, la cliteridectomía, la mastectomía, el vendaje de pies, los tacones, el corset, el maquillaje, el velo, los ataques y las golpizas, la degradación y mutilación en sus manifestaciones concretas. La realidad es reforzada por aquellos a quienes sirve, de modo que parece ser evidente. La realidad se perpetúa, en tanto las instituciones sociales y culturales sobre las que se construyen sus premisas también encarnan y refuerzan dichas premisas. La literatura, la religión, la psicología, la educación, la medicina, la ciencia biológica tal como se entiende actualmente, las ciencias sociales, la familia nuclear, la nación-estado, la policía, los ejércitos, y la ley civil -todas encarnan y refuerzan en nosotras la realidad dada.

La realidad dada, por supuesto, es que hay dos sexos, macho y hembra; que estos dos sexos son opuestos, polares; que el hombre es inherentemente positivo y que la mujer es inherentemente negativa; y que los polos positivo y negativo de la existencia humana se unen naturalmente en un todo armonioso.

La verdad, por su parte, no es tan accesible como lo es la realidad. Según me parece, la verdad es absoluta, en el sentido de que efectivamente existe y puede ser encontrada. El Radio, por ejemplo, siempre existió; fue siempre verdad que el Radio existió; pero el Radio no figuraba en la noción humana de la realidad hasta que Marie y Pierre Curie lo aislaron. Cuando lo hicieron, la noción humana de la realidad debió cambiar de modo fundamental para acomodarse a la verdad del Radio. De forma similar, la Tierra siempre ha sido una esfera; esto siempre fue verdad; pero hasta que Colón zarpó desde el Oeste para encontrar el Este, esto no fue real. Podemos decir que la verdad existe, y que el proyecto humano es encontrarla para que podamos basar la realidad en ella.

He hecho esta distinción entre verdad y realidad en orden a poder decir algo muy simple: aunque el sistema de la polaridad de género es real, no es verdad. No es verdad que hay dos sexos individuales y opuestos, no son polos, no son naturalmente, ni de forma evidente un todo armonioso. No es verdad que el macho encarne las cualidades y potencialidades humanas tanto positivas como neutrales, en contraste a la hembra que es hembra, según Aristóteles y toda la cultura de los hombres, “en virtud de cierta falta de cualidades”. Y una vez que rechazemos la noción de que el hombre es positivo y la mujer es negativa, estaremos esencialmente rechazando la noción de que existan hombres y mujeres separadamente. En otras palabras, el sistema basado en este modelo polar de existencia es absolutamente real; pero el modelo en sí mismo no es verdad. Estamos viviendo apresadas dentro de una ilusión perniciosa, una ilusión sobre la que toda la realidad tal como la conocemos está construida.
Según veo, aquellas de nosotras que somos mujeres dentro de éste sistema de realidad jamás seremos libres hasta que ésta ilusión acerca de la polaridad sexual sea destruida y hasta que el sistema de realidad sobre el que se basa sea erradicado completamente de la sociedad y memoria humanas. Ésta es la noción de transformación cultural que está al centro del feminismo. Ésta es la posibilidad revolucionaria inherente a la lucha feminista.

Me parece que nuestra tarea revolucionaria es destruir la identidad fálica en los hombres y la no-identidad masoquista en las mujeres -esto es, destruir las realidades polares de hombres y mujeres como actualmente las conocemos, de modo que ésta división de la humanidad en dos campamentos -un campamento armado y el otro un campo de concentración- ya no será posible. La identidad fálica es real y debe ser destruida. El masoquismo de la mujer es real y debe ser destruido. Las instituciones culturales que encarnan y refuerzan esas dos aberraciones interrelacionadas -por ejemplo, la ley, el arte, la religión, las naciones-estados, la familia, la tribu o la comuna basada en el derecho del padre- éstas instituciones son reales y deben ser destruidas. Si no lo son, seremos mujeres consignadas a inferioridad y subyugación perpetuas.

Creo que la libertad para las mujeres debe comenzar con la repudiación de nuestro propio masoquismo. Creo que debemos destruir en nosotras la voluntad hacia el masoquismo desde sus raíces sexuales. Creo que debemos establecer nuestra propia autenticidad, individualidad y entre nosotras -experimentarlas, crear desde ellas, y también, privar a los hombres de ocasiones para materializar la mentira de la hombría sobre y en contra de nosotras. Creo que deshacernos de nuestro propio masoquismo, profundamente arraigado, que toma tantas tortuosas formas, es la primera prioridad; es el primer golpe fatal que podemos dar en contra de esta dominación masculina sistematizada. En efecto, cuando tenemos éxito en arrancar el masoquismo de nuestra personalidad y constitución, cortamos la línea de vida de los hombres al poder sobre y en contra de nosotras, a la valía del hombre en contraposición a la degradación de la mujer, a la identidad del hombre sostenida sobre la negatividad brutalmente forzada de la mujer -cortaremos la línea de vida de los hombres a la masculinidad misma.

Sólo cuando la masculinidad muera -y perecerá una vez que la devastada feminidad ya no le de sustento- solo entonces sabremos qué es ser libres.

* * *

[Ésta es la traducción no oficial del libro Our Blood de Andrea Dworkin. El resto del libro lo podrás encontrar, a medida que sea publicado, en la categoría “Nuestra Sangre”, o bien, aquí, en la pestaña del mismo nombre]

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