Caza de Brujas

🔸Caza de Brujas🔸
—- Así es como quebraron a nuestras abuelas
Una vez, hubo brujas. No. Nunca existieron brujas. No de la forma que los hombres dijeron que existían, en todo caso.
Una vez, existieron muchos pueblos indígenas politeístas y religiones de tradición animista en Europa occidental. Sus costumbres sostenían el respeto y la autoridad de las mujeres en diversos grados. Existían mujeres sagradas, mujeres curanderas y mujeres líderesas.


Una vez, hubo una iglesia como un reino, construida sobre el cadáver del Imperio Romano, que a su vez estaba construido sobre el secuestro y la violación de las mujeres Sabinas. Esta iglesia, en verdad, era gobernada por un príncipe que sentía un deseo por tierras y oro casi tan insaciable como su ferviente odio por las mujeres.
La iglesia convirtió a las cabezas de estados y exigió tributos a sus miembros, al tiempo en que dejaba sin cuidado el gobierno local. Crearon pronto un imperio transnacional muy efímero que demandaba poco personal o fuerzas armadas, y se preocupaba principalmente de gobernar lo que calificaban de “esfera íntima”
Eventualmente, los estados clientes de la iglesia tuvieron dificultades manteniendo a sus súbditos a raya, porque la iglesia y la aristocracia querían robar toda la tierra y privatizarla en su favor, cercando los recursos comunes a todos.
Como Sylvia Federici explica en su libro, Caliban and the Witch, las autoridades seculares eventualmente dieron con una popular estrategia: darle a los hombres todo lo que las mujeres tenían, incluso darles las propias mujeres. No es que a sus súbditos civiles se les haya olvidado tomar en consideración el valor económico del trabajo de las mujeres: sino que fue explícitamente descartado de la economía –se declaró que no tenía valor alguno durante la Era del Cercamiento*. Comerciantes hombres organizaron motines en contra de las comerciantes mujeres y los hombres que trabajaban con ellas. Las mujeres que persistían en participar en el comercio eran llamadas “putas” o “brujas”, e incluso eran abusadas sin ningún tipo de repercusión.
Eventualmente, ser una mujer en el ámbito público era casi sinónimo de ser presumida bruja o una mujer prostituida. La violencia en contra de las mujeres era normalizada y sexualizada. Se les empujaba a la prostitución si ningún hombre las apoyaba, o si eran excluidas de la sociedad mediante acusaciones de mal comportamiento, relaciones ilícitas o ser víctimas de abuso sexual. En el comercio sexual reconocidos hombres de la comunidad torturaban a estas mujeres a voluntad; y eran ellas las únicas sometidas a sanciones legales.
En orden a resolver el problema de la plebe amotinándose y adquirir su propio trozo de los recursos comunes, la iglesia bendijo esta destrucción de los derechos y la independencia de las mujeres con un sello de aprobación divina. Sus sacerdotes inventaron a las brujas. Así es, inventaron mujeres que adoraban y tenían sexo con el Diablo, quien les concedía poderes ridículos –lo que el historiador feminista Max Dashu llama “diabolismo”. Aún más, la iglesia aseveró que cualquier cosa que no fuese Cristiana, era diabolismo.
Una vez más, no hubo brujas tal como la iglesia las definía. La imagen diabólica, pornográfica, descrita en el Malleus Maleficarum** no se refería a ninguna persona viva. En su mayor parte, no se refería siquiera a cosas que fuesen posibles, y aún así es un hecho que algunas prácticas espirituales indígenas y otras referidas a la salud de la mujer fueron incluidas como evidencia de brujería.
Las “brujas” eran solamente mujeres. Es todo lo que eran para los hombres, en sus propias palabras:

“Toda maldad es pequeña en comparación con la maldad de la mujer…que es una mujer sino un enemigo de la amistad, un castigo inevitable, un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un delicioso detrimento, una naturaleza ruin, pintada de bellos colores…cuando una mujer piensa por si misma, piensa en la maldad…las mujeres son por naturaleza instrumentos de Satán –son por naturaleza carnales, un defecto estructural enraizado en la Creación original.” –Malleus Maleficarum.
El Diabolismo estaba tan ampliamente definido que cualquier rechazo de una mujer a la autoridad de un hombre era potencial evidencia de brujería. Cualquier mujer podía ser una bruja. Cualquier mirada o palabra que ofendiera a un hombre, cualquier discurso enojado, cualquier camaradería innecesaria con otra mujer, cualquier actividad sexual fuera de las relaciones aprobadas por la iglesia –todo podía resultar en una acusación de brujería.
Las acusaciones también se hacían para procurar ganancias materiales, ya que la iglesia o el estado podían tomar la propiedad de la acusada o cobrarle ruinosas fianzas a cambio de la oportunidad de ser libres. Judíos y musulmanes eran acusados también, reforzando la expansiva idea de que el diabolismo era sinónimo de no-cristiano, convenientemente enriqueciendo las arcas de las autoridades persecutoras.
Se volvió un proyecto público mayúsculo humillar y subyugar a las mujeres, o lograr que mujeres y niñas testificaran en contra de sus acusadas madres y luego ver cómo las ejecutaban frente a sus ojos.
A las mujeres también se les obligaba a usar mordazas en público, ya sea por interrumpir a un hombre mientras hablaba, incluidos sus maridos, o simplemente por ser pobres y muy viejas para trabajar. Las heridas provocadas por esos artefactos mientras eran exhibidas en la calle eran fatales en aquellos días antes de los antibióticos y la medicina moderna.
Cuando la esclavitud legal fue instituida en las colonias, la mordaza fue usada como método para quebrar la voluntad de los esclavos. Después de todo, funcionó tan bien con las mujeres allá en el viejo continente. A lo largo de las colonias, personas subyugadas fueron controladas luego de la conquista inicial, en formas que hacían fuerte eco de los patrones de dominación que los hombres europeos infligieron a sus compatriotas mujeres.
Así, cada mujer era posiblemente un bruja desobediente si molestaba a su Señor o Amo. ‘Cada mujer necesita un control estricto para mantenerla a raya y leal a los hombres’. El hecho de que las últimas dos afirmaciones son verdaderas y suenan como sacadas de un relato BDSM, debería indicar que esas actitudes permanecen con nosotros.
Eventualmente, los hombres europeos ya no necesitaban quemar vivas a sus esposas o someterlas a torturas públicas para forzarlas a cooperar, estarse quietas, o que consintieran, incluso con entusiasmo, a participar de su propia subordinación.
“El sadomasoquismo es una celebración institucionalizada de relaciones de dominación/subordinación. Y nos prepara para aceptar la subordinación o reforzar la dominación. Incluso si es solo una actuación, afirmar que la ejecución de poder sobre quién carece de él es erótico, o empoderante, es armar el escenario cultural para que dichas relaciones continúen política, social y económicamente. El sadomasoquismo se alimenta de la creencia que la dominación es inevitable y legítimamente disfrutable” –Audre Lorde.
Cuando los hombres son puestos bajo vigilancia constante, se le restringe su derecho a expresarse, son deshumanizados, marginados como sucios e inherentemente malvados, sometidos a torturas o asesinatos con los más mínimos pretextos, todo ello en pos de la “resurrección social debido a la decadencia de la debilidad de la carne”, lo llaman fascismo.
Cuando las mujeres deben enseñarles a sus hijas a ajustarse a ese mismo tipo de opresión, generación tras generación, sin ninguna otra esperanza que sobrevivir, los hombres lo llaman orden natural.

La gente parece pensar que esto ocurrió hace tanto tiempo, que ya difícilmente es importante. O que solo podría afectar a las brujas, quienes sea que fueran, y suena como que eran mujeres horrendas, terribles, de todos modos, ¿no?
Lo importante es que debemos darnos cuenta de que las “brujas” solo eran mujeres de quienes los hombres sentían celos, o que los hacían sentir amenazados, o solo mujeres que no les agradaban. En la práctica, cualquiera de esas condiciones podían dar pié a un juicio por brujería. En palabras simples, las brujas eran sólo mujeres. Potencialmente, todas las mujeres.
Para sobrevivir, las mujeres bajo la Inquisición agacharon la cabeza y se aislaron de la amistad de otras mujeres y aprendieron muy bien a gustarle a los hombres. Le enseñaron a sus hijas a hacer lo mismo.
Por cientos de años, cualquier mujer podía ser encarcelada y asaltada sexualmente. Cualquier mujer podía ser torturada pornográficamente en público antes de su ejecución, frente a su familia, de tener una.
¿Por qué no plantó cara? Por las consecuencias. ¿Por qué no defendió a otras mujeres? Por eso mismo. Durante generaciones, los hombres europeos ritualizaron el abuso a las mujeres si expresaban cualquier tipo de solidaridad social entre ellas, o si querían independencia.
Los hombres forzaron a las mujeres a testificar en contra de otras mujeres, incluso de sus propias madres, para vivir. Y aún así hoy en día se burlan de las mujeres, diciendo que son celosas y vengativas unas de otras, aún bromean sobre las “peleas de gatas”.
La destrucción de la Historia de la Mujer como líderes de su comunidad, económicamente independientes, y el apoyo que se tenían las unas a las otras, no fue tan completa como para no dejar evidencia alguna de su existencia. Pero la práctica cultural real de la solidaridad entre mujeres fue tan profundamente destruida, que es aún novedoso para nosotras mencionar que debemos apoyarnos las unas a las otras.
Mucho después de que dejarán de quemarnos en público, las mujeres aún podían ser removidas de la vida social, siendo enviadas a asilos o sometidas a tortura, por hacer enojar a los hombres o mostrar demasiada independencia. Eran acosadas por estar embarazadas sin marido o ser madres solteras.
Cuando la violencia doméstica no era un crimen, significaba que era legal que un hombre torturara a su esposa en la privacidad de su hogar si ella no lo complacía. O simplemente, que lo hiciera sin ningún motivo. El estado consideraba un asunto de salud y seguridad pública perseguir los ataques contra las personas, excepto los cometidos por un hombre contra su esposa, esos eran legales. La violación marital no fue un crimen en ninguno de los 50 estados de U.S.A., sino hasta 1993. Y dado que a penas el 1% de los violadores ponen un pie siquiera en la cárcel, incluso en los países supuestamente más igualitarios, esta forma de tortura masculina en contra de las mujeres aún es prácticamente legal.
Hay hombres que a veces hacen grandes esfuerzos planificando abusos en contra de mujeres y niños, y esto usualmente se califica como una desgracia inevitable. Otros hombres a veces los encubren, pues sienten que deberían darle al hombre que perpetra esos abusos el beneficio de la duda –una actitud que incluso la policía parece extender a los hombres acusados, pero no alcanza a las mujeres víctimas; la empatía hacia la mujer ha sido efectivamente eliminada de la norma social. Hombres encubriendo y culpando a las víctimas es el sistema que permite que fechorías individuales se conviertan en lo que Andrea Dworkin llamó la Barricada del terrorismo sexual.
Hay mujeres aún vivas que fueron simplemente desterradas de sus comunidades por tener actividad sexual ‘reprochable’. Tal vez quedaron emabarazadas “fuera del matrimonio”, fuera del control de un esposo, por elección o por violación, y sus hijos les fueron arrebatados. Ellas fueron las niñas que desaparecieron, ya sea para dar forzadamente a sus hijos en adopción o para ser encerradas en hospitales siquiátricos y, posiblemente, amenazadas con ser electrocutadas.
Si haces enojar a los hombres, desapareces. Esto ha sido cierto por mucho tiempo. Son tantos los hombres que aún esperan la obediencia instantánea que ese miedo puede provocar, que la tragedia aún continúa.
Estas formas de abuso fueron exportadas a las colonias, y habiendo iniciado como persecución política de mujeres para generar ganancias económicas, fueron transformadas en políticas de persecución y estilos de conquista empleados contra personas no-cristianas alrededor del mundo.
El robo de niños de las poblaciones indígenas por los invasores, es una violación de derechos que aún continúa, que difiere más bien en escala que en contenido del robo histórico de niños a sus “rebeldes” madres blancas. Es una consecuencia lógica en las sociedades que operan bajo la presunción que solo los hombres [blancos] tienen derechos sobre los niños; que se pudra la madre, los niños mismos; que se pudran las brutalmente subyugadas masas ‘feminizadas’ a la fuerza.
La Inquisición, ciertamente, no inventó el patriarcado, la tortura, o las dictaduras de terror público designadas a romper la voluntad de los conquistados. Pero sí puso en movimiento, un poderoso conjunto de normas sociales que permanecen con nosotros. Y aún cuando el mundo ha cambiado tanto que la Iglesia Católica se disculpó por perseguir a los ‘herejes’, esas disculpas son poco comunes entre otras iglesias y gobiernos que han asesinado personas bajo acusaciones de “diabolismo”.
Las mujeres aún son empujadas al desempleo por el acoso laboral de los hombres, aún son públicamente humilladas, aún son torturadas como entretenimiento en la industria del sexo, y aún son asesinadas por hacer enojar a los hombres.
Tal como entonces, como siempre, estas heridas aumentan la lista degradaciones y injurias. Aunque se sienten muy personales cuando somos sometidas a ellas, a los hombres que se benefician de excluirnos de la competencia pública por el poder y los recursos, no les interesa quienes somos. Si otra mujer hubiese estado en nuestro lugar, la habrían lastimado a ella.
Este es el resultado de un deliberado proyecto político de destruir la voluntad de las mujeres, su poder e independencia. El poder y la independencia no serán restaurados sino con una también deliberada resistencia política. Porque como Lierre Keith dice, la opresión no es un simple malentendido.
Así es como volvieron a las mujeres prisioneras políticas en sus propias casas. Así es como las quebraron.
Recuérdalo.
***

POR NATASHA CHART

Original en:

http://www.feministcurrent.com/2016/10/04/this-is-how-they-broke-our-grandmothers/

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