Caza de Brujas

🔸Caza de Brujas🔸
—- Así es como quebraron a nuestras abuelas
Una vez, hubo brujas. No. Nunca existieron brujas. No de la forma que los hombres dijeron que existían, en todo caso.
Una vez, existieron muchos pueblos indígenas politeístas y religiones de tradición animista en Europa occidental. Sus costumbres sostenían el respeto y la autoridad de las mujeres en diversos grados. Existían mujeres sagradas, mujeres curanderas y mujeres líderes.
Una vez, hubo una iglesia como un reino, construida sobre el cadáver del Imperio Romano, que a su vez estaba construido sobre el secuestro y la violación de las mujeres Sabinas. Esta iglesia, en verdad, era gobernada por un príncipe que sentía un deseo por tierras y oro casi tan insaciable como su ferviente odio por las mujeres.
La iglesia convirtió a las cabezas de estados y exigió tributos a sus miembros, al tiempo en que dejaba sin cuidado el gobierno local. Crearon pronto un imperio transnacional muy efímero que demandaba poco personal o fuerzas armadas, y se preocupaba principalmente de gobernar lo que calificaban de “esfera íntima”
Eventualmente, los estados clientes de la iglesia tuvieron dificultades manteniendo a sus súbditos a raya, porque la iglesia y la aristocracia querían robar toda la tierra y privatizarla en su favor, cercando los recursos comunes a todos.
Como Sylvia Federici explica en su libro, Caliban and the Witch, las autoridades seculares eventualmente dieron con una popular estrategia: darle a los hombres todo lo que las mujeres tenían, incluso darles las propias mujeres. No es que a sus súbditos civiles se les haya olvidado tomar en consideración el valor económico del trabajo de las mujeres: sino que fue explícitamente descartado de la economía –se declaró que no tenía valor alguno durante la Era del Cercamiento*. Comerciantes hombres organizaron motines en contra de las comerciantes mujeres y los hombres que trabajaban con ellas. Las mujeres que persistían en participar en el comercio eran llamadas “putas” o “brujas”, e incluso eran abusadas sin ningún tipo de repercusión.
Eventualmente, ser una mujer en el ámbito público era casi sinónimo de ser presumida bruja o una mujer prostituida. La violencia en contra de las mujeres era normalizada y sexualizada. Se les empujaba a la prostitución si ningún hombre las apoyaba, o si eran excluidas de la sociedad mediante acusaciones de mal comportamiento, relaciones ilícitas o ser víctimas de abuso sexual. En el comercio sexual reconocidos hombres de la comunidad torturaban a estas mujeres a voluntad; y eran ellas las únicas sometidas a sanciones legales.
En orden a resolver el problema de la plebe amotinándose y adquirir su propio trozo de los recursos comunes, la iglesia bendijo esta destrucción de los derechos y la independencia de las mujeres con un sello de aprobación divina. Sus sacerdotes inventaron a las brujas. Así es, inventaron mujeres que adoraban y tenían sexo con el Diablo, quien les concedía poderes ridículos –lo que el historiador feminista Max Dashu llama “diabolismo”. Aún más, la iglesia aseveró que cualquier cosa que no fuese Cristiana, era diabolismo.
Una vez más, no hubo brujas tal como la iglesia las definía. La imagen diabólica, pornográfica, descrita en el Malleus Maleficarum** no se refería a ninguna persona viva. En su mayor parte, no se refería siquiera a cosas que fuesen posibles, y aún así es un hecho que algunas prácticas espirituales indígenas y otras referidas a la salud de la mujer fueron incluidas como evidencia de brujería.
Las “brujas” eran solamente mujeres. Es todo lo que eran para los hombres, en sus propias palabras:

“Toda maldad es pequeña en comparación con la maldad de la mujer…que es una mujer sino un enemigo de la amistad, un castigo inevitable, un mal necesario, una tentación natural, una calamidad deseable, un peligro doméstico, un delicioso detrimento, una naturaleza ruin, pintada de bellos colores…cuando una mujer piensa por si misma, piensa en la maldad…las mujeres son por naturaleza instrumentos de Satán –son por naturaleza carnales, un defecto estructural enraizado en la Creación original.” –Malleus Maleficarum.
El Diabolismo estaba tan ampliamente definido que cualquier rechazo de una mujer a la autoridad de un hombre era potencial evidencia de brujería. Cualquier mujer podía ser una bruja. Cualquier mirada o palabra que ofendiera a un hombre, cualquier discurso enojado, cualquier camaradería innecesaria con otra mujer, cualquier actividad sexual fuera de las relaciones aprobadas por la iglesia –todo podía resultar en una acusación de brujería.
Las acusaciones también se hacían para procurar ganancias materiales, ya que la iglesia o el estado podían tomar la propiedad de la acusada o cobrarle ruinosas fianzas a cambio de la oportunidad de ser libres. Judíos y musulmanes eran acusados también, reforzando la expansiva idea de que el diabolismo era sinónimo de no-cristiano, convenientemente enriqueciendo las arcas de las autoridades persecutoras.
Se volvió un proyecto público mayúsculo humillar y subyugar a las mujeres, o lograr que mujeres y niñas testificaran en contra de sus acusadas madres y luego ver cómo las ejecutaban frente a sus ojos.
A las mujeres también se les obligaba a usar mordazas en público, ya sea por interrumpir a un hombre mientras hablaba, incluidos sus maridos, o simplemente por ser pobres y muy viejas para trabajar. Las heridas provocadas por esos artefactos mientras eran exhibidas en la calle eran fatales en aquellos días antes de los antibióticos y la medicina moderna.
Cuando la esclavitud legal fue instituida en las colonias, la mordaza fue usada como método para quebrar la voluntad de los esclavos. Después de todo, funcionó tan bien con las mujeres allá en el viejo continente. A lo largo de las colonias, personas subyugadas fueron controladas luego de la conquista inicial, en formas que hacían fuerte eco de los patrones de dominación que los hombres europeos infligieron a sus compatriotas mujeres.
Así, cada mujer era posiblemente un bruja desobediente si molestaba a su Señor o Amo. ‘Cada mujer necesita un control estricto para mantenerla a raya y leal a los hombres’. El hecho de que las últimas dos afirmaciones son verdaderas y suenan como sacadas de un relato BDSM, debería indicar que esas actitudes permanecen con nosotros.
Eventualmente, los hombres europeos ya no necesitaban quemar vivas a sus esposas o someterlas a torturas públicas para forzarlas a cooperar, estarse quietas, o que consintieran, incluso con entusiasmo, a participar de su propia subordinación.
“El sadomasoquismo es una celebración institucionalizada de relaciones de dominación/subordinación. Y nos prepara para aceptar la subordinación o reforzar la dominación. Incluso si es solo una actuación, afirmar que la ejecución de poder sobre quién carece de él es erótico, o empoderante, es armar el escenario cultural para que dichas relaciones continúen política, social y económicamente. El sadomasoquismo se alimenta de la creencia que la dominación es inevitable y legítimamente disfrutable” –Audre Lorde.
Cuando los hombres son puestos bajo vigilancia constante, se le restringe su derecho a expresarse, son deshumanizados, marginados como sucios e inherentemente malvados, sometidos a torturas o asesinatos con los más mínimos pretextos, todo ello en pos de la “resurrección social debido a la decadencia de la debilidad de la carne”, lo llaman fascismo.
Cuando las mujeres deben enseñarles a sus hijas a ajustarse a ese mismo tipo de opresión, generación tras generación, sin ninguna otra esperanza que sobrevivir, los hombres lo llaman orden natural.

La gente parece pensar que esto ocurrió hace tanto tiempo, que ya difícilmente es importante. O que solo podría afectar a las brujas, quienes sea que fueran, y suena como que eran mujeres horrendas, terribles, de todos modos, ¿no?
Lo importante es que debemos darnos cuenta de que las “brujas” solo eran mujeres de quienes los hombres sentían celos, o que los hacían sentir amenazados, o solo mujeres que no les agradaban. En la práctica, cualquiera de esas condiciones podían dar pié a un juicio por brujería. En palabras simples, las brujas eran sólo mujeres. Potencialmente, todas las mujeres.
Para sobrevivir, las mujeres bajo la Inquisición agacharon la cabeza y se aislaron de la amistad de otras mujeres y aprendieron muy bien a gustarle a los hombres. Le enseñaron a sus hijas a hacer lo mismo.
Por cientos de años, cualquier mujer podía ser encarcelada y asaltada sexualmente. Cualquier mujer podía ser torturada pornográficamente en público antes de su ejecución, frente a su familia, de tener una.
¿Por qué no plantó cara? Por las consecuencias. ¿Por qué no defendió a otras mujeres? Por eso mismo. Durante generaciones, los hombres europeos ritualizaron el abuso a las mujeres si expresaban cualquier tipo de solidaridad social entre ellas, o si querían independencia.
Los hombres forzaron a las mujeres a testificar en contra de otras mujeres, incluso de sus propias madres, para vivir. Y aún así hoy en día se burlan de las mujeres, diciendo que son celosas y vengativas unas de otras, aún bromean sobre las “peleas de gatas”.
La destrucción de la Historia de la Mujer como líderes de su comunidad, económicamente independientes, y el apoyo que se tenían las unas a las otras, no fue tan completa como para no dejar evidencia alguna de su existencia. Pero la práctica cultural real de la solidaridad entre mujeres fue tan profundamente destruida, que es aún novedoso para nosotras mencionar que debemos apoyarnos las unas a las otras.
Mucho después de que dejarán de quemarnos en público, las mujeres aún podían ser removidas de la vida social, siendo enviadas a asilos o sometidas a tortura, por hacer enojar a los hombres o mostrar demasiada independencia. Eran acosadas por estar embarazadas sin marido o ser madres solteras.
Cuando la violencia doméstica no era un crimen, significaba que era legal que un hombre torturara a su esposa en la privacidad de su hogar si ella no lo complacía. O simplemente, que lo hiciera sin ningún motivo. El estado consideraba un asunto de salud y seguridad pública perseguir los ataques contra las personas, excepto los cometidos por un hombre contra su esposa, esos eran legales. La violación marital no fue un crimen en ninguno de los 50 estados de U.S.A., sino hasta 1993. Y dado que a penas el 1% de los violadores ponen un pie siquiera en la cárcel, incluso en los países supuestamente más igualitarios, esta forma de tortura masculina en contra de las mujeres aún es prácticamente legal.
Hay hombres que a veces hacen grandes esfuerzos planificando abusos en contra de mujeres y niños, y esto usualmente se califica como una desgracia inevitable. Otros hombres a veces los encubren, pues sienten que deberían darle al hombre que perpetra esos abusos el beneficio de la duda –una actitud que incluso la policía parece extender a los hombres acusados, pero no alcanza a las mujeres víctimas; la empatía hacia la mujer ha sido efectivamente eliminada de la norma social. Hombres encubriendo y culpando a las víctimas es el sistema que permite que fechorías individuales se conviertan en lo que Andrea Dworkin llamó la Barricada del terrorismo sexual.
Hay mujeres aún vivas que fueron simplemente desterradas de sus comunidades por tener actividad sexual ‘reprochable’. Tal vez quedaron emabarazadas “fuera del matrimonio”, fuera del control de un esposo, por elección o por violación, y sus hijos les fueron arrebatados. Ellas fueron las niñas que desaparecieron, ya sea para dar forzadamente a sus hijos en adopción o para ser encerradas en hospitales siquiátricos y, posiblemente, amenazadas con ser electrocutadas.
Si haces enojar a los hombres, desapareces. Esto ha sido cierto por mucho tiempo. Son tantos los hombres que aún esperan la obediencia instantánea que ese miedo puede provocar, que la tragedia aún continúa.
Estas formas de abuso fueron exportadas a las colonias, y habiendo iniciado como persecución política de mujeres para generar ganancias económicas, fueron transformadas en políticas de persecución y estilos de conquista empleados contra personas no-cristianas alrededor del mundo.
El robo de niños de las poblaciones indígenas por los invasores, es una violación de derechos que aún continúa, que difiere más bien en escala que en contenido del robo histórico de niños a sus “rebeldes” madres blancas. Es una consecuencia lógica en las sociedades que operan bajo la presunción que solo los hombres [blancos] tienen derechos sobre los niños; que se pudra la madre, los niños mismos; que se pudran las brutalmente subyugadas masas ‘feminizadas’ a la fuerza.
La Inquisición, ciertamente, no inventó el patriarcado, la tortura, o las dictaduras de terror público designadas a romper la voluntad de los conquistados. Pero sí puso en movimiento, un poderoso conjunto de normas sociales que permanecen con nosotros. Y aún cuando el mundo ha cambiado tanto que la Iglesia Católica se disculpó por perseguir a los ‘herejes’, esas disculpas son poco comunes entre otras iglesias y gobiernos que han asesinado personas bajo acusaciones de “diabolismo”.
Las mujeres aún son empujadas al desempleo por el acoso laboral de los hombres, aún son públicamente humilladas, aún son torturadas como entretenimiento en la industria del sexo, y aún son asesinadas por hacer enojar a los hombres.
Tal como entonces, como siempre, estas heridas aumentan la lista degradaciones y injurias. Aunque se sienten muy personales cuando somos sometidas a ellas, a los hombres que se benefician de excluirnos de la competencia pública por el poder y los recursos, no les interesa quienes somos. Si otra mujer hubiese estado en nuestro lugar, la habrían lastimado a ella.
Este es el resultado de un deliberado proyecto político de destruir la voluntad de las mujeres, su poder e independencia. El poder y la independencia no serán restaurados sino con una también deliberada resistencia política. Porque como Lierre Keith dice, la opresión no es un simple malentendido.
Así es como volvieron a las mujeres prisioneras políticas en sus propias casas. Así es como las quebraron.
Recuérdalo.
***

POR NATASHA CHART

Original en:

http://www.feministcurrent.com/2016/10/04/this-is-how-they-broke-our-grandmothers/

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¡Recuérda, feminista!

Un llamado a las feministas a recordar la historia y la naturaleza de la opresión en razón del sexo sufrida por las mujeres.

“Lo brillante del patriarcado…no solo naturaliza la opresión. También sexualiza actos de opresión. Erotiza la dominación y la subordinación. Las institucionaliza como masculinidad y feminidad. Así que, naturaliza, erotiza e institucionaliza la dominación y la subordinación. Lo brillante del feminismo, es que nos dimos cuenta”
– Kierre Leith.

Durante éstos meses, en Estados Unidos y otros países, se ha aprobado o propuesto mucha legislación indicativa de una aterradora agudización de la guerra -sí, es una guerra- contra las mujeres. El Parlamento ruso acaba de votar, por 380 votos a favor vs 3 votos en contra, la despenalización de la violencia doméstica. Es un país donde, en promedio, 40 mujeres por día -esto es, 14.000 mujeres al año- son asesinadas por hombres que son sus parejas. En los Estados Unidos, donde anualmente 1000 mujeres son asesinadas por sus parejas hombres, ha resultado electo un presidente que presume de que “cuando eres famoso, te dejan hacerlo, las agarras por la vagina”, que ha estado envuelto en la industria pornográfica y el tráfico sexual. Planea eliminar los fondos de 25 programas contra violencia doméstica, y le ordena a las mujeres de su staff que se “vistan como señoritas”. En este momento, Texas busca eliminar el derecho a voto de las mujeres que hayan practicado un aborto, y Arkansas quiere permitir que los violadores demanden a sus víctimas por abortar.

Todas estas afrentas, por supuesto, se fundan en la noción extensamente establecida de que las mujeres son de propiedad de los hombres. El estigma del aborto descansa en la idea de que no son las mujeres quienes crean vida durante un proceso de nueve meses de gestación y trabajo de parto, sino que son los hombres quienes eyaculan vida dentro de las mujeres; y las mujeres, como incubadoras reguladas por el Estado que son, están obligadas a llevar a término el embarazo. La violencia doméstica, el porno y la prostitución que alimentan el tráfico sexual, las normas sobre cómo debemos vestir -todo esto descansa en el mismo principio del derecho de los hombres a las mujeres. No es sorpresivo que varias voces observan cómo se materializa la novela de Margaret Atwood, El Cuento de la Criada; una nueva era de de reglas ortodoxas y roles, estrictamente designados para las mujeres.

Dada la situación, es alarmante confrontar la realidad de que la Izquierda está tan mal equipada e indispuesta como la Derecha conservadora, a discutir la opresión de las mujeres. Hoy en día, la noción de “identidad de género”, por ejemplo, amenaza con hacer desaparecer el conocimiento colectivo que tienen las mujeres acerca de la opresión en razón del sexo. La ideología de la “identidad de género” declara que el género es un asunto personal de identificación, y que el sexo biológico puede ser cambiado a voluntad. La palabra “cis” esta siendo cada vez más usada por las mujeres para señalar que comprenden el “privilegio” de tener una identidad de género que concuerda con su sexo biológico. Al mismo tiempo, por supuesto, se presiona a las mujeres para que acepten sin más la idea de que el sexo biológico no es real.

El asunto es, ser hembra humana es real, y que en razón de ello se nos aplique el género, también -y no es un privilegio. Es una forma de opresión que las mujeres han resistido desde el inicio del patriarcado. Al presentar la extensa, cancerígena, globalizada historia del sistema occidental de cosificación sexual bajo el cual vivimos actualmente, espero poder recordarles aquello, aunque sea un poco. Éste ensayo analiza el desarrollo de la opresión fundada en el sexo, desde sus raíces, pasando por la locura de la caza de brujas, el tráfico de esclavas, la patologización de los cuerpos de las mujeres en la ginecología, y la afrenta reaccionaria de hoy en día al feminismo.

Matricentría y la creación del patriarcado.

A pesar de insistencia ortodoxa de que la dominación masculina simplemente representa el orden “natural” de las cosas, el patriarcado es relativamente reciente en la Historia. Durante el 99% de nuestra existencia, los seres humanos no hemos vivido bajo un patriarcado. La autora feminista, Marilyn French llama matricéntricas a las comunidades humanas horticultoras, que subsistían y formaban familias matrilineales, que se desarrollaron en extenso antes de la aparición del patriarcado; Audre Lorde cuenta cómo se veneraban diosas, como Afrekete, Yemanje, Oyo y Mawulisa; la película de Max Dashu, Woman Shaman, explora el arte y los descubrimientos arqueológicos que aún quedan de éstas culturas matricéntricas alrededor del mundo.

Fuente: Max Dashu

La Historia de las Mujeres de French, y La Creación del Patriarcado de Gerda Lerner, son textos increibles que tratan el proceso histórico por el cual los hombres crearon el patriarcado que forma la base de la civilización occidental. Tuvo lugar durante aproximadamente 2.5 mil años, cerca del 3100 A.C., durante la revolución agrícola. Según Lerner, la transición desde una vida de subsistencia a la agricultura, significó que tener hijos e hijas se volvió un beneficio económico, capaz de proveer labor -y las mujeres se convirtieron en la primera forma de propiedad privada.
French demuestra cómo la dominación masculina, al comienzo, se asentó mediante la declaración de dominio y poder de nombrar a los hijos e hijas. En los grupos patrilineales iniciales, era común asesinar a los primeros nacidos, pues los hombres querían asegurarse de que la criatura que gestaron y parieron sus esposas fuera “realmente suya”. El hecho de que el aborto aún se encuentre estipulado en la Ley Criminal de Nueva Zelandia, es expresión contemporánea de ésta presunción de que los hombres crean y son dueños de la vida humana. En 2016, la Organización Mundial de la Salud (OMS) también consagró el “derecho” de los hombres a niños y niñas, mediante una política que declara como “discapacidad” el no encontrar pareja sexual.

Al apropiarse del control de las y los hijos, la institución del matrimonio, de manera creciente, se convirtió en una práctica que mercantilizaba, desempoderaba y aislaba a las mujeres de sus familias y comunidades. Para mejor comprender esto, considera que en Nueva Zelandia la violación dentro del matrimonio era legal hasta 1985.

Junto a la institución del matrimonio vino la dote, y el mayor valor en tener hijas yacía en su potencial como esposas; el “robo de novias” y los “rituales de defloración” eran comunes, y aún lo son hoy en día, por ejemplo, en Krygyzstan. Las novias “robadas” suelen ser niñas; actualmente cada año 15 millones de niñas son forzadas a contraer matrimonio. El año 2013, una niña yemení de 8 años murió la noche de su boda por desangramiento interno, fue casada con un hombre que tenía cinco veces su edad. Esto es lo que el patriarcado le hace a las niñas.

Una de las prácticas que mejor ejemplificaban cómo el matrimonio mercantiliza a las mujeres, era el suttee, prohibido legalmente recién en 1829. Ésta práctica consistía en quemar vivas a las viudas, incluidas aquellas que era niñas “novias robadas”, en la pira funeraria de sus esposas. El mito de que las mujeres y niñas pierden a su esposo por culpa de su propio karma subyacía a ésta práctica. Como se suponía que ese fuera el ritual de “limpieza”, los hombres evitaban quemar mujeres mientras menstruaban, y esperaban dos meses luego del nacimiento del bebé, en caso de que estuviesen embarazadas. Incontables mujeres podían ser quemadas luego de la muerte de un solo hombre de la realeza.
Después de que los hombres se apropiaran de las mujeres y la esfera doméstica, el estatus de las mujeres se institucionalizó más profundamente y se codificó en la ley, mediante la construcción de religiones monoteístas, el Estado y el desarrollo de la prostitución comercial. Si alguien trata de decirte que la prostitución es “la profesión más antigua”, esta siendo condescendiente y esencialista: como Max Dashu lo demuestra, las mujeres practicaron la medicina muchísimo antes que los hombres resolvieran cómo cosificar a las mujeres y lucrar de ellas mediante la prostitución. Lerner discute cómo el burqa, el velo de las mujeres, fue diseñado para ayudar a los hombres a distinguir entre “las mujeres respetables y las que no lo eran”; entre las esposas y las mujeres prostituidas.

Como señala Moana Jackson, la colonización siempre trae aparejada el olvido de la memoria histórica, aplastada de modo que solo bastos silencios perviven. “Algunas veces ese silencio es descrito como ‘amnesia social’”, dice Jackson. “Donde el pasado escapa de la mente, de forma casi accidental y sin culpa, como un olvido debido al transcurso del tiempo”. Lo que realmente ocurre, sostiene, es que las historias son re-definidas conscientemente de dicha manera, de modo que “pasan desapercibidas” a la realidad social y política de los colonizados. Lo mismo aplica para las mujeres. Hoy en día, muy pocas de nosotras conocemos nuestra historia -la historia de nuestra opresión y nuestra resistencia- pues la historia la escriben los patriarcas. Pero podemos reclamarla.

La quema de brujas y la ginecología.

“La ‘pera’. Durante la caza de brujas, los torturadores calentaban este aparato y lo introducían en la vagina de las mujeres, girándolo luego para que se abriera”.

Las médicas continuaron practicando extensamente en Europa hasta el llamado periodo de la “Ilustración”. Entre el Imperio Romano y ésa época, la locura por la brujería y su mito sobre “la maldad femenina” resultaron en la masacre de 9 millones de personas, casi todas mujeres, durante 300 años. La Historia recuerda este esfuerzo de 300 años, si es que lo menciona, como una suerte de loco episodio de superstición (algo como The Crucible de Arthur Miller). Y aún así, feministas como Mary Daly, Andrea Dworkin y Max Dashu ofrecen una lectura diferente.

Dworkin señala cómo muchas mujeres llamadas brujas eran médicas, sanadoras, una verdad que aún persiste en nuestra memoria cultural, pero distorsionada y corrompida, en esos esterotipos con calderos y ranas. Pero ellas no fueron mujeres maléficas de piel verde.

Según Dworkin, fueron las parteras quienes ofendían realmente a la iglesia:

“Las brujas usaban hierbas como belladona y acónita, anfetaminas orgánicas y alucinógenos. También fueron pioneras en el desarrollo de analgésicos. Hacían abortos, proveían de toda la asistencia médica durante el parto, eran consultadas en casos de impotencia que trataban con hierbas e hipnotismo, y fueron las primeras en practicar la eutanasia”

Anna Goldi, se dice, fue la última mujer ejecutada por brujería en Europa. Ella era la criada de un físico, que la acusó de poner agujas en el pan de sus hijos por medios sobrenaturales. Luego de que trató de escapar al juicio, fue capturada y degollada en Suecia en 1782.

En su libro Gyn/Ecology, Mary Daly explica cómo la ginecología se estableció como una práctica de hombres después de la quema de brujas. Fue en el año 1873 en que se publicó la invención del Dr. Robert Battey, la “castración femenina” -remover los ovarios de las mujeres- como “cura a la demencia”. Desde entonces, los ginecólogos, hombres, han patologizado, y médica y quirúrgicamente torturado y lastimado a las mujeres y sus cuerpos de mujeres, mediante violentas prácticas de parto, mastectomias radicales e histerectomías, y “terapias” hormonales, eléctricas, y lobotomías.

En 1980 hubo un interés insano por las prótesis de “útero” mecánicas, de madera o vidrio (las llamadas “madres artificiales” o “criaderos de niños”) -tecnología que buscaba poner en tela de juicio lo indispensable que son los cuerpos de las mujeres. En éstas incubadoras podemos ver cómo la presión actual de los activistas trans por neutralizar y deshumanizar el lenguaje que describe el embarazo y el parto, y cortar la conexión con los cuerpos y la salud de las mujeres, tiene ecos a través de la historia.

Daly hace notar que la invasión de los hombres a la salud de la mujer luego de la locura de la quema de brujas, no fue coincidencia:

“Muchas feministas han notado lo significativo del hecho de que a la masacre de mujeres sabias/sanadoras, le siguió el incremento de hombres-parteros quienes eventualmente fueron dignificados con el nombre de “ginecólogos”.

La ginecología se alzó lentamente. Los hombres-parteros de los siglos 16, 17, 18 y 19 fueron duramente criticados por las mujeres parteras, como Elizabeth Nihell, quien describió sus instrumentos como “armas de la muerte”. A pesar de ello, el siglo 19 atestiguó cómo la ginecología se erigió sobre los cadáveres de las mujeres.

La acumulación de los abusos.

J. Marion Sims, el “padre de la ginecología moderna”, usó mujeres afroamericanas esclavizadas para realizar sus experimentos quirúrgicos. Sims experimentó medicamente en éstas mujeres para investigar enfermedades como el cáncer -sin proveerles anestesia o ningun otro tipo de sustancia que disminuyera el dolor. Si una mujer fallecía por las complicaciones o sangramiento excesivo, Sims simplemente la reemplazaba con otra mujer esclavizada, y era completamente legal.
La acumulación de las opresiones sobre las mujeres negras es el tema de la obra “Mujeres, Raza y Clase” de Ángela Davis. En ella, Davis discute la experiencia de las mujeres negras durante el tráfico esclavo; Harriet Tubman incluida (en la foto), quien rescató más de trecientas personas a través de la Línea Férrea Subterránea y fue la única mujer en Estados Unidos en liderar tropas al frente de batalla.

Las mujeres negras, dice Davis, debían trabajar con la misma constancia que los hombres, realizar las mismas labores, a pesar de los mitos que el patriarcado perpetúa sobre las mujeres.

“Las mujeres [negras] no eran consideradas demasiado ‘femeninas’ como para trabajar en las minas de carbón, o en las fundiciones, o para cortar leña o cavar tumbas. En la construcción del Canal de Santee en Carolina del Norte, las mujeres negras eran la mitad de la fuerza obrera”.

En adición a esta labor, las mujeres eran esclavas sexuales. “Si el castigo más violento para los hombres eran latigazos y mutilaciones”, escribe Davis, “las mujeres fueron azotadas, mutiladas y además violadas”. Los hombres blancos veían a las mujeres negras como ganado de cría:

“Durante las décadas que precedieron a la guerra civil, de forma creciente, las mujeres negras fueron alabadas por su fertilidad (o por la falta de ella): aquella que era la madre de diez, doce, catorce o más, se convirtió en un tesoro sin duda. Ésto no quiere decir, sin embargo, que las mujeres negras, como madres, disfrutaran de un estatus más respetado que el que tenían como esclavas. La exaltación ideológica de la maternidad -popular como era en el siglo 19- no se extendía a las esclavas. De hecho, a los ojos de los esclavistas, las mujeres esclavas no eran madres en absoluto; simplemente eran instrumentos que garantizaban el crecimiento de la fuerza de trabajo. Eran “ganado de cría” -animales cuyo valor monetario podía ser calculado con precisión según su habilidad de multiplicar sus números.
Ya que las mujeres negras eran calificadas como ganado de cría y no como madres, sus bebés podían ser vendidos como quien vende los novillos de una vaca.
Ésta es otra razón de por qué debemos mirar con desconfianza la introducción de términos cómo “menstruadoras” o “incubadoras” al lenguaje de la salud de las mujeres, el embarazo y parto, como parte del activismo trans. Éstas palabras tienen historia, y están especialmente ligadas al trato deshumanizante de las mujeres negras durante la esclavitud sexual. El documental Google Baby muestra cómo las mujeres son forzadas a tolerar vivir tratadas como “incubadoras” en la clínicas de alquiler de vientres en India, que dan a luz a bebés blancos, usando espermios y óvulos donados. La forma en que se trata a las mujeres que tiene bebés en las clínicas de “subrogación”, como si se tratara de una fábrica que produce en línea, hiela la sangre; y aún así el alquiler de vientres ve llegar a 12.000 extranjeros a la India, para contratar úteros, usualmente de mujeres pobres, en una industria que genera 1 billón de dólares al año.
Otro ejemplo de colonización racista y patriarcal tan doloroso y brutal como lo son las clínicas de subrogación en India, seria difícil de encontrar, si no fuese por la opresión más antigua: la prostitución. Hoy en día el 80% de las personas usadas en la prostitución son mujeres, y son mujeres también el 98% de las víctimas de tráfico sexual. Casi todos los puteros son hombres, y el tráfico sexual genera 32 billones de dólares al año. La industria pornográfica, en aumento, genera cerca de 97 billones, que es mas que lo que ganan las 10 empresas más populares de tecnología web. La última “moda” en la pornografía es violar analmente a las mujeres hasta que sufren un prolapso anal (“rosebudding”). Aún así, Amnistía Internacional ha declarado su apoyo a ésta industria, cediendo a la presión de los proxenetas.
Como apunta Cherry Smiley, las mujeres indígenas son las más afectadas. En Nueva Zelandia, el 15% de las mujeres son Māori, en nuestro país, donde el comercio sexual está totalmente despenalizado, el 32% de las personas prostituidas son Māori. En Nueva Zelandia, una narrativa está ganando fuerza, alimentada sin duda por la propaganda del Colectivo de Prostitutas de Nueva Zelanda (NZPC), dirigido por un hombre blanco, que predica que es “racista” criticar la industria de la prostitución pues en ella hay mujeres Māori y del Pacífico. Recuerden que la demanda de ésta industria la generan hombres blancos y con poder adquisitivo. Es 2017 y los liberales siguen siendo entrenados para creer que las mujeres indígenas están, de algún modo, dispuestas de forma innata a ser abusadas por hombres blancos y ricos.
En su libro, Angela Davis muestra no solo cómo las mujeres negras se han visto afectadas por la acumulación de la opresión según raza, clase y sexo, sino que también han tenido que luchar fuertemente para ser representada políticamente, incluso dentro los mismos movimientos de resistencia. Su libro ahonda en la intersección del movimiento abolicionista de la esclavitud, y la primera ola del feminismo; ninguno de los cuales representó con suficiencia las peticiones de las mujeres negras. Sojourner Truth se enfrentó a las feministas blancas de la primera ola, igual que Bell Hooks encaró a las de la segunda. Hoy día, nuevamente, vemos un movimiento liberal, blanco, de clase media, “sexo positivo”, basado en la identidad, liberalista, disfrazado de Derechos de las Mujeres. Esto sucede porque a cada ola del feminismo le ha seguido una corriente reaccionaria que asegura que el feminismo ‘mainstream’ sea domesticado, blanqueado y sexualizado.
Sexología, Pornografía y Feminismo.
En su ensayo, “Sexología y Antifeminismo”, Sheila Jeffreys describe cómo la “disciplina” de la sexología nació como reacción al feminismo de la primera ola de sufragistas:
“En este periodo, inmediatamente después de la Primera Guerra Mundial, fue uno en que las mujeres tuvieron considerablemente más libertad de la que jamás habían tenido. El hecho de que un gran número de mujeres elegían no casarse, elegían ser independientes, y luchaban contra la violencia masculina, causó mucha conmoción. Dicha conmoción es evidente en la literatura de la sexología”.
Muchas mujeres no tenían interés en tener sexo, y aún más, muchas pensaban que “ninguna mujer debía tener sexo” (esto es, por supuesto, muchas décadas antes de que las feministas de la segunda ola lucharán para que se penalizara la violación en el matrimonio). En respuesta a ésta creciente resistencia e independencia, y para defender el status quo de la opresión de las mujeres, se naturalizó la subordinación sexual de las mujeres mediante la sexología. Havelock Ellis, fundador de la sexología, sostenía que:
“La sexualidad masculina es absoluta e inevitablemente agresiva, tomado la forma de búsqueda y captura, y que es normal e inevitable que los hombres sientan placer al causar dolor a las mujeres. La sexualidad de las mujeres, dijo, es pasiva. Se supone que las mujeres sean capturadas y se sientan “complacidas” al experimentar dolor a manos de sus amantes hombres”.
Los sexólogos también inventaron la “frigidez” de las mujeres; las mujeres “frígidas” eran defectuosas y debían ser enviadas a ginecólogos y psicoanalistas.
De las faldas de la sexología surgió la pornografía actual. Al concluir la Segunda Guerra Mundial, nació un gran negocio de la promoción de la cosificación de las mujeres. Los hombres de negocios/pornógrafos como Hugh Hefner (Playboy), Bon Guccione (Penthouse), Larry Flynt (Hustler) comenzaron a adoctrinar el mercado para volver la pornografía socialmente aceptable. Hacía los 90s, la mercancía del conejito era consumida por niñas en todas partes -el conejito marcando todo, desde postales hasta pijamas. Los editores de Cosmopolitan, Bauer Media, han estado involucrados en el lobby del comercio sexual global, y una vez fueron dueños de la licencia de Playboy Alemania.
“Era un mundo muy diferente” dice la escritora feminista Gail Dines, “…después de que Hefner erosionó las barreras culturales, económicas y legales para producir y distribuir porno en masa”. Hoy en día se discute si el pole dancing es la mejor actividad para las niñas de 8 años después del colegio:
“¿Cómo ocurrió éste cambio en la cultura popular? La respuesta es simple: siguiendo un plan. Lo que vemos hoy en día es resultado de años de cuidadosa estrategia y mercadeo de parte de la industria pornográfica para sanitizar sus productos…reconstruyendo el porno como divertido, atrevido, chic, sexy y caliente. Mientras más limpia parecía la industria, más se coló en la cultura popular y en nuestra consciencia colectiva”.
El feminismo de la Segunda Ola reconoció y resistió el abuso y la normalización de la pornografía -pero los Estudios de la Mujer en las Universidades, donde ésta crítica podía surgir, ya no existen. Incluso los libros están amenazados. La disciplina que usurpó los Estudios de la Mujer es la teoría queer, y según las feministas, la teoría queer es a la Segunda Ola lo que la sexología fue a la Primera: un movimiento reaccionario. Sheila Jeffreys plantea cómo sucedió:
“…De parte de los liberales sexuales de la izquierda -particularmente, hombres- y de una gran parte del movimiento de hombres gay. De ahí vienen los reaccionarios, pero está ingresado al feminismo también”.
Lierre Keith ilustra cómo éste movimiento reaccionario se encuentra presente dentro del feminismo:
“En 1982, Ellen Willis inventó el término “sexo positivo” (Sex positive. En español mejor conocido“pro-sexo”) para diferenciarse a sí misma de las feministas radicales -porque somos tan negativas, nosotras las radicales. Violación, violación, violación- sólo de eso hablamos. Bien, te hago un trato -cuando los hombres dejen de violar, voy a parar de hablar sobre ello”.
Keith también hace notar que al buscar el término “porno de tortura” en línea, aparecen 32 billones de resultados. Es importante decir que la estética, utensilios y prácticas de la pornografía moderna y el BDSM, que reciben apoyo de la “atrevida” y “pro sexo” teoría queer y la comunidad “kink”, tienen sus orígenes en los juicios contra las llamadas brujas. El ensayo de Max Dashu, “Reinado de la Demonología”, explica cómo la tortura de las brujas fue sexualizada, a través de rutinas y herramientas de tortura fetichistas y confesiones forzadas de grotescos actos sexuales con el diablo. En una entrevista, en “Burst of Light”, Audre Lorde crítica el sadomasoquismo por las mismas razones:
“El sadomasoquismo es congruente con otros elementos desarrollándose en este país, que se relacionan con la dominación y la subordinación, con disparidad de poder -político, cultural y económico. […] El sadomasoquismo es la celebración institucionalizada de las relaciones de dominación/subordinación…El sadomasoquismo alimenta la creencia de que la dominación es inevitable y se puede disfrutar legítimamente”.
La feminista Susanne Kappeler nos ofrece recordar cuándo es que encontramos éste tipo de prácticas aceptadas y celebradas en la academia, como si fuesen innovadoras:
“Cómo feministas, haríamos bien en recordar y resaltar que la historia del liberalismo, el libertarianismo y el libertinismo ha sido una historia de caballeros abogando por las libertades y licencias para caballeros -libertades que han sacrificado los derechos y la libertad de las mujeres”
Cosificación y “elección”.
La producción de robots sexuales es un enriquecimiento contemporáneo, una extensión de la cosificación de las mujeres, que disciplinas como la teoría queer permiten que tengan cabida e incluso celebran. Desórdenes alimenticios y la demanda por cirugías cosméticas, como la labioplastía, son solo dos ejemplos del impacto del incremento de la cosificación de la mujer. También vemos otros extraños inventos en el mercado: el PenisFitBit, una pieza bucal para tener sexo oral.
Una de las formas en que el lobby del comercio sexual afecta a las mujeres, mina su confianza, alienta a la competición y crea dependencia, tal como una pareja abusiva o un proxeneta, es a través de los medios de comunicación, las revistas para mujeres. El 70% de las mujeres reporta experimentar culpa y vergüenza luego de observar por 3 minutos éstas revistas. Es bien sabido que los editores y publicistas se alimentan de la inseguridad -y el abuso. La mayoría de las modelos en éstas revistas pesan 25% menos que la mujer promedio, y están dentro de la escala de peso de anorexia. Ahora mismo, en Estados Unidos y la Unión Europea, 50 millones de mujeres sufren de desórdenes alimenticios, e incluso niñas de 6 años experimentan ansiedad sobre sus cuerpos.
Bauer Media publica Cosmopolitan, Woman’s Day y la revista para adolescentes Dolly. También lucra de la pornografía en línea, y solía tener varias licencias de revistas pornográficas alemanas: Playboy Alemania, Das neue Wochenend; Blitz Illu; Schlüsselloch (significa “cerradura”); Sexy, Praline and Coupé. Bauer Media es también dueño de un tercio del famoso canal televisivo privado, RLT II, que transmite reality shows pro “trabajo sexual” a diario. No es sorpresa ver en la última entrega de Cosmopolitan consejos sobre tratamientos cosméticos invasivos, como tatuajes de cejas, relleno de labios, depilación láser y terapia de luz.
La labioplastía -la reducción quirúrgica de los labios genitales de las mujeres- es otra tendencia Occidental en aumento que tiene conexión con otra práctica brutal, cual es la mutilación genital femenina (MGF). Según la OMS (que, de hecho, apoyó ésta práctica en 1985) más de 200 millones de niñas y mujeres vivas actualmente han sido cortadas en 30 países de África, Medio Este y Asia, donde la MGF tiene más presencia. Éstas prácticas consisten en remover el clítoris y/o labios; en Somalia existe una que consiste en suturar los labios genitales, dejando solo un pequeño agujero. La somalí Hibo Wardere dice que orinar a través él, es como “frotar sal o ají en una herida abierta”. El feminismo debe luchar para acabar con la MGF, no ocuparse de glorificar prácticas comerciales nuevas como si fuesen “elecciones sexo positivas”.
Al tiempo en que el patriarcado corta y dinamita los cuerpos de las mujeres, también ataca su valor. Desde el siglo 10, y durante mil años, los patriarcas chinos decidieron que las niñas y mujeres no debían correr por ahí, logrando su cometido mediante el vendaje de pies y la fetichización de tal tortura. Hoy día vemos mercados de cabello de mujer, óvulos, leche materna y úteros alquilados mediante la ‘subrogación’. Mientras que las “gestantes” son usualmente mujeres pobres, las “donantes” de óvulos son mujeres jóvenes, educadas y testeadas en caso de enfermedades hereditarias, quienes no son advertidas de las implicaciones o los posibles efectos secundarios de la cosecha de óvulos.
El feminismo mainstream, blanco, dirá que la labioplastía es algo que las mujeres “eligen”. Tal como en el Suttee las mujeres “elegían” ser inmoladas. Igual que las madres “elegían” amarrar los pies de sus hijas, o cortar el clítoris de sus hijas. Tal como las mujeres “eligen” ser prostituidas o incluso traficadas. O usar burqa, o tacones, o saltarse las comidas, o vendar sus senos. Éstas prácticas son marcadas no solo cómo “elecciones” sino también como altruismo. La prostitución, el alquiler de vientres y la inmolación han sido calificadas de “prácticas altruistas”. Las mujeres, obviamente, quieren poder elegir y contribuir. ¿Qué elecciones nos permite tomar la sociedad? Ésas. Así que decimos haber elegido por nuestra cuenta. Pero el feminismo debe darse cuenta de lo que Megan Tyler señala -de que sí, “elegimos, pero esas elecciones son moldeadas y constreñidas por las condiciones de inequidad en que vivimos”.
NZPC promociona la prostitución como una “decisión” de las mujeres.
Tratándose de tendencias modernas como el transgenderismo, no podemos separar el deseo de los hombres de acceder a los espacios de mujeres y de tener transplantes de útero, de la historia de la apropiación patriarcal (incluyendo los antiguos “uteros sintéticos”). No podemos separar ése movimiento de toda la historia que le precede, ni de la simultánea mutilación de nuestros cuerpos y la disminución de nuestro valor propio Tampoco podemos aislar el deseo de los hombres de entorpecer y apropiarse de la discusión y capacidad de las mujeres de crear vida. El orden masculino, blanco, siempre ha trabajado para tener el control de los cuerpos de las mujeres y de la habilidad de tener bebés y para entorpecer la resistencia feminista. En la era de Trump, la historia continúa.
De igual modo, no podemos separar los deseos manufacturados de las mujeres de obtener algo de privilegio masculino, de las “decisiones” de las mujeres de someterse a aplastamiento y vendaje de pechos, mastectomías y cirugías invasivas, tampoco podemos aislarlos, de una historia de opresión, demonización, mutilación y lesiones auto infligidas.
No podemos separar ningún discurso sobre el género de la realidad de la opresión en base al sexo -si es que queremos ser libres alguna vez.

Liberales sexuales y reproductivos.

Hubo una vez, al comienzo de ésta [segunda] ola del feminismo, un consenso feminista de que las decisiones de las mujeres eran construidas, cargadas, enmarcadas, lisiadas, constreñidas, limitadas, coaccionadas, moldeadas por el patriarcado. Nadie proponía que esto significara que las decisiones de las mujeres estuviesen determinadas, o que las mujeres fuesen víctimas pasivas o sin remedio del patriarcado. Era así porque muchas mujeres creían en el poder del feminismo para cambiar sus vidas, y obviamente, las mujeres no podríamos cambiar si estuviésemos socialmente determinadas a ciertos roles o estuviésemos indefensas en las manos de los patriarcas. Incluso solíamos hablar sobre maternidad obligatoria, ¡Y sí, sobre heterosexualidad obligatoria! Hablábamos sobre las maneras en que mujeres y niñas son entrenadas para ingresar a la prostitución, o para adaptarse a las golpizas masculinas, o para acabar en trabajos sin posibilidades de ascenso y de bajo sueldo. Entre nosotras, las más moderadas discutíamos la socialización de los roles según el sexo. Las más radicales escribieron manifiestos detallando la construcción patriarcal de la opresión de las mujeres. Pero la mayoría de nosotras concordaba en que las mujeres no éramos “simplemente libres para ser”.

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La Causa Raíz

“Y las cosas que es mejor conocer primero son los principios y las causas. Porque a través y desde ellos todas las demás cosas pueden ser conocidas…”

– Aristóteles, Metafísica, Libro I.

[Entregado en el Instituto de Tecnología de Massachusetts, Cambridge, 26 de Septiembre, 1975]

Esta noche quiero hablarles sobre ciertas realidades y ciertas posibilidades. Las realidades son brutales y salvajes; las posibilidades podrán parecerles, siendo bien honesta, imposibles.

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Nuestra Sangre: La Esclavitud de las Mujeres en Amerika.

(En memoria de Sarah Grimke, 1792-1873, y Angelina Grimke, 1805-1879)

[Entregado para Organización Nacional para las Mujeres, Washington, D.C., 23 de Agosto, 1975, en conmemoración del 55° aniversario del sufragio de las mujeres; entregado también en la Iglesia Comunitaria de Boston, 9 de Noviembre, 1975.]

(1) En su introducción a Felix Holt (1886), George Eliot escribió: “…hay mucho dolor que es bastante silencioso; y las vibraciones que son las agonías humanas usualmente son meros susurros en el rugido de la estrepitosa existencia. Hay miradas llenas de odio que apuñalan y no resultan en ninguna acusación de asesinato; robos que dejan al hombre o la mujer mendigando paz o júbilo, y aun así la víctima los mantiene en secreto –comprometida a no hacer ruido salvo por esos gemidos por lo bajo durante la noche, escritos en ningún lugar salvo los lentos meses de angustia reprimida y lágrimas por la mañana. Mucha tristeza heredada que ha arruinado una vida no ha sido susurrada en ningún oído humano”.

Les quiero hablar sobre la “tristeza heredada” de las mujeres en esta tierra Amerikana, tristeza que ha arruinado millones y millones de vidas humanas, tristeza que no “ha sido susurrada en ningún oído humano”, o tristeza que ha sido susurrada y luego olvidada.

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Sí es Sí: La Proliferación de Legislación y Políticas de Consentimiento Afirmativo.

En la introducción de su antología, “Yes Means Yes: Visions of Female Sexual Power and a World Without Rape” [Sí es Sí: Visiones sobre el Poder Sexual de la Mujer y un Mundo sin Violación”] (2008), Jaclyn Friedman y Jessica Valenti escribieron:

“El objetivo de Yes Means Yes es explorar cómo crear una cultura que genuinamente valora el placer sexual de las mujeres, puede ayudar a detener las violaciones, y cómo las culturas y los sistemas que apoyan la violación [en Estados Unidos] nos roban nuestro derecho a controlar nuestra sexualidad”.

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