Nuestra Sangre: La Esclavitud de las Mujeres en Amerika.

(En memoria de Sarah Grimke, 1792-1873, y Angelina Grimke, 1805-1879)

[Entregado para Organización Nacional para las Mujeres, Washington, D.C., 23 de Agosto, 1975, en conmemoración del 55° aniversario del sufragio de las mujeres; entregado también en la Iglesia Comunitaria de Boston, 9 de Noviembre, 1975.]

(1) En su introducción a Felix Holt (1886), George Eliot escribió: “…hay mucho dolor que es bastante silencioso; y las vibraciones que son las agonías humanas usualmente son meros susurros en el rugido de la estrepitosa existencia. Hay miradas llenas de odio que apuñalan y no resultan en ninguna acusación de asesinato; robos que dejan al hombre o la mujer mendigando paz o júbilo, y aun así la víctima los mantiene en secreto –comprometida a no hacer ruido salvo por esos gemidos por lo bajo durante la noche, escritos en ningún lugar salvo los lentos meses de angustia reprimida y lágrimas por la mañana. Mucha tristeza heredada que ha arruinado una vida no ha sido susurrada en ningún oído humano”.

Les quiero hablar sobre la “tristeza heredada” de las mujeres en esta tierra Amerikana, tristeza que ha arruinado millones y millones de vidas humanas, tristeza que no “ha sido susurrada en ningún oído humano”, o tristeza que ha sido susurrada y luego olvidada.

La historia de ésta nación es una historia sobre derramamiento de sangre. Todo lo que ha crecido aquí, ha crecido en campos irrigados por la sangre de muchas gentes. Es una nación construida sobre la carroña humana de las naciones indígenas. Es una nación construida con labor esclava, masacres y dolor. Es una nación racista, una nación sexista, una nación asesina. Es una nación controlada patológicamente por el deseo de dominar.

Cincuenta y cinco años atrás, las mujeres nos convertimos en ciudadanas de ésta nación. Luego de setenta años de una feroz lucha por el voto, nuestros amables señores creyeron preciso dárnoslo. Desde esa época, hemos sido, al menos de forma ceremonial, partícipes del derramamiento de sangre provocado por nuestro gobierno; hemos sido implicadas formal y oficialmente en sus crímenes. La esperanza de nuestras ancestras fue esta: que cuando las mujeres tuviéramos el voto, lo usaríamos para detener los crímenes de los hombres contra los hombres y los crímenes de los hombres contra las mujeres.

Las mujeres que vinieron antes que nosotras creyeron darnos la herramienta que nos permitiría transformar una nación corrupta en una nación correcta. Es amargo decirlo, pero alucinaban. Es amargo decir que el voto se convirtió en una lápida sobre sus oscuras tumbas.

Las mujeres no tenemos muchas victorias que celebrar. En todas partes nuestra gente está encadenada -designadas como biológicamente inferiores a los hombres; nuestros cuerpos controlados por hombres y la ley masculina; víctimas de crímenes salvajes, violentos; atadas por ley, costumbre y hábito a la servitud sexual y doméstica; explotadas sin misericordia en cualquier trabajo pagado; robadas de nuestra identidad y ambición desde que nacemos. Queremos declarar el voto como una victoria. Queremos celebrar. Queremos regocijarnos. Pero la realidad es que el voto fue solo un cambio cosmético a nuestra condición.

El sufragio ha sido para nosotras la ilusión de participar, sin la realidad de auto-determinación. Como personas, aún estamos colonizadas, sometidas a la voluntad de los hombres. Y, de hecho, detrás del voto está la historia de un movimiento que se traicionó a sí mismo al abandonar sus propias reflexiones revolucionarias y comprometer sus principios más profundos.

El 26 de Agosto de 1920 significa, lo digo con mucha amargura, la muerte del primer movimiento feminista de Amerika. ¿Cómo celebramos ésa muerte?, ¿cómo nos regocijamos en la dada de baja de un movimiento que se propuso salvar nuestras vidas del desastre y ruina de la dominación patriarcal?, ¿dónde está la victoria en las cenizas muertas de un movimiento feminista que se quemó? El significado del voto es este: será mejor que descubramos nuestro pasado invisible, para poder entender cómo tanto terminó en tan poco; será mejor que resucitemos a nuestras muertas, para estudiar cómo vivieron y por qué murieron; será mejor que encontremos una cura para la enfermedad que las extinguió, para que no nos reduzca a nosotras.

Muchas, muchas mujeres, creo, resisten el feminismo porque es una agonía ser completamente consciente de la brutal misoginia que impregna la cultura, la sociedad y todas las relaciones personales.

Es como si nuestra opresión hubiese sido sellada en lava, eones atrás, y ahora es granito, y cada mujer individual estuviese enterrada dentro de la piedra. Las mujeres intentan sobrevivir dentro de la piedra, enterradas en lo profundo. Las mujeres dicen, me gusta ésta piedra, no pesa tanto para mí. Las mujeres defienden la piedra diciendo que la piedra las protege contra la lluvia y el viento y el sol. Las mujeres dicen, esta piedra es todo lo que conozco, ¿qué haré sin ella?

Para algunas mujeres, ser enterradas dentro la piedra es insoportable. Quieren moverse con libertad. Agotan todas sus fuerzas para apartar esa dura piedra que las confina. Se desgarran las uñas, rompen la piel de sus manos, hasta sangrar. Parten sus labios contra la roca, se rompen los dientes y se ahogan en el granito que cae dentro de sus bocas.

Muchas mujeres mueren en esta desesperada, solitaria batalla contra la piedra. Pero, ¿qué pasaría si el impulso por ser libres existiera en todas las mujeres enterradas dentro de la roca?, ¿Y qué tal si el material de la piedra se saturó tanto con el apestoso olor de los cuerpos putrefactos de las mujeres, acumuló ese hedor por miles de años de descomposición y muerte, que ya ninguna mujer pudiera contener su repulsión?, ¿qué harían esas mujeres sí, finalmente, quisieran ser libres?

Creo que estudiarían la piedra. Creo que usarían cada facultad mental y física que tuvieran en su poder para analizar la piedra, su estructura, sus cualidades, su naturaleza, su composición química, su densidad, las leyes físicas que determinan sus propiedades. Tratarían de descubrir dónde se erosionó, qué sustancias podrían descomponerla, qué tanta presión es necesaria para hacerla pedazos.

Esta investigación requeriría rigor y honestidad absolutas. Cualquier mentira que se dijeran a sí mismas sobre la naturaleza de la piedra impediría su liberación. Cualquier mentira que se dijeran a sí mismas sobre su propia condición bajo la piedra perpetuaría la situación que se volvió intolerable para ellas.

Creo que ya no queremos estar enterradas dentro de la piedra. Creo que el hedor de los cadáveres en descomposición de las mujeres finalmente se ha vuelto tan vil que estamos ya listas para enfrentar la verdad -acerca de la piedra, y acerca de nosotras mismas dentro de ella.

( 2 ) La esclavitud de las mujeres se origina miles de años atrás, en una civilización prehistórica que aún es inaccesible. Cómo fue que las mujeres se volvieron esclavas, dominadas por hombres, no lo sabemos. Sabemos que la esclavitud de las mujeres a manos de los hombres es la forma de esclavitud más antigua en la historia del mundo. Las primeras esclavas traídas a este país por imperialistas anglosajones fueron mujeres -mujeres blancas. Su esclavitud fue regulada por la ley civil y religiosa, repetida por la costumbre y tradición, y reforzada por el sadismo sistemático de los hombres -la clase que era dueña de esclavas. Los derechos de las mujeres bajo la ley Inglesa en los siglos 17 y 18 eran los siguientes:

“Esa consolidación que llamamos casamiento, es un candado conjunto. Es cierto, que esposo y esposa son una sola persona pero que se entienda en qué manera. Cuando un pequeño arroyo o río se incorpora al Támesis, la pobre corriente pierde su nombre; es llevada y llevada con su nuevo asociado; no posee movimiento, no posee nada…una mujer, tan pronto se contrae matrimonio, es cubierta; en latín, nupta, esto es “tapada”; como si fuera nublada y oculta; ella pierde su corriente…Su nuevo yo es su superior; su compañero, su amo…Eva, como ayudó a seducir a su marido, tiene un veto especial. Es esta la razón…de que las mujeres no tengan voz en el parlamento. No hacen leyes, no consienten a nada, no postulan nada. Se entiende que todas las mujeres están casadas o prontas a estarlo, y sus deseos son los de sus maridos…” Aquí, la ley y lo divino, se dieron la mano. 2

La ley Inglesa en las colonias; allí no había un Nuevo Mundo para las mujeres. En las colonias, las mujeres fueron vendidas en matrimonio, primero, a cambio del precio del pasaje desde Inglaterra; luego, en la medida en que los hombres comenzaron a adquirir riquezas, pagaban mayores sumas a los mercaderes que vendían mujeres como quien vende patatas.

Las mujeres fueron importadas a las colonias para parir. Tal como un hombre compraba tierra para cosechar, compraba también una esposa para que le diera hijos. Un hombre era dueño de su esposa y de todo lo que ella produjese. Su siembra provenía de su útero, y era cosechada año a año hasta que moría. Según la ley, el hombre era dueño incluso de la criatura aún no nacida. Era dueño también de cualquier propiedad personal que ella pudiera tener -ropa, peines, cualquier efecto personal por más insignificante que fuera. Él también, por supuesto, tenía el derecho a su labor doméstica, y era dueño de todo lo que ella creara -comida, ropaje, telas, etc. Un hombre tenía derecho a castigarla corporalmente, o darle un “escarmiento”, como le decían. Las esposas eran azotadas y golpeadas por desobediencia, o por capricho, con todo el respaldo de la ley y la costumbre.

Una mujer que escapaba era considerada una esclava fugitiva. Podría ser cazada, devuelta a su dueño, y castigada brutalmente al ser encerrada en la cárcel o azotada. Cualquiera que la hubiera ayudado a escapar, o le proveyó comida o refugio, podría ser perseguido por robo.

El matrimonio era una tumba. Una vez dentro, una mujer estaba civilmente muerta. No tenía derechos políticos, ni privados, ni tampoco personales. Era propiedad, en cuerpo y alma, de su marido. Incluso cuando el fallecía, ella no heredaba las criaturas que había dado a luz; era obligación del hombre traspasar precavidamente los hijos e hijas a otro hombre que tendría la custodia.

La mayoría de las mujeres blancas, por supuesto, fueron traídas a las colonias como bienes, ya casadas. Un grupo más pequeño de ellas, sin embargo, fue traído como “criadas ligadas por contrato”. En teoría, las criadas ligadas por contrato eran obligadas a ser esclavas por un cierto periodo de tiempo, usualmente a cambio del precio del pasaje. Pero, en los hechos, el tiempo de servitud podía ser extendido fácilmente por el amo, como castigo por infringir alguna regla o ley.
Por ejemplo, ocurría usualmente que una criada de este tipo, que por definición no poseía medios económicos de protección, era usada sexualmente por su amo, era embarazada, y luego acusada de dar a luz a un bastardo, lo que era un crimen. El castigo por este crimen sería tiempo adicional al servicio de su amo. Un argumento usado para justificar este abuso era que un embarazo disminuía la utilidad de la mujer, por tanto, al amo se le había privado de su labor. La mujer, entonces, era obligada a reparar esa pérdida.

La esclavitud en Inglaterra, luego en Amerika, no fue estructuralmente distinta a la esclavitud de las mujeres en otras partes del mundo. La opresión institucional de las mujeres no es producto de una época acotada de la historia, tampoco deriva de una circunstancia nacional particular, ni es consecuencia de un sistema económico particular.

La esclavitud en Amerika fue congruente con el carácter universal de la abyecta subyugación de la hembra humana: las mujeres eran bienes carnales; sus cuerpos y todos sus asuntos biológicos eran propiedad de los hombres; la dominación de los hombres sobre ellas era sistemática, sádica, y sexual en su origen; su esclavitud era la base sobre la que se construyó toda la vida social y el modelo del cual derivan todas las otras formas de dominación social.

La atrocidad de la dominación de los hombres sobre las mujeres envenenó el cuerpo social, en Amerika y en todas partes. Las primeras en morir debido a este veneno, por supuesto, fueron las mujeres –su genio destruido; cada potencialidad humana disminuida; su fuerza devastada; sus cuerpos saqueados; su voluntad encarcelada en manos de sus amos.

Pero el deseo de dominar es una bestia hambrienta. Jamás hay suficientes cuerpos tibios para saciar su monstruosa hambre. Una vez viva, ésta bestia crece y crece, alimentandose de toda la vida que la rodea, escarbando la tierra para encontrar nuevas fuentes para nutrirse. Ésta bestia vive en cada hombre que se alimenta de la servitud de las mujeres.

Cada hombre casado, sin importar cuán pobre fuera, era dueño de una esclava -su esposa. Cada hombre casado, sin importar cuán poco poder tuviera en comparación a otros, tenía poder absoluto sobre una esclava -su esposa. Cada hombre casado, sin importar su rango en el mundo de los hombres, era el tirano y el amo de una mujer -su esposa.

Y cada hombre, casado o no, tenía consciencia de clase de género, de éste derecho a dominar a las mujeres, a tener autoridad absoluta y brutal sobre los cuerpos de las mujeres. Éste derecho de dominación sexual era suyo de nacimiento, predicado por la voluntad de Dios, fijado por las leyes conocidas de la biología, y que no estaba sujeto a ser modificado o restringido por la ley o la razón. Cada hombre, casado o no, sabía que él no era una mujer, no era un bien carnal, no era un animal que fue puesto en la tierra para ser follado y tener crías. Este conocimiento era el centro de su identidad, la fuente de su orgullo, el germen de su poder.

No fue, entonces, una contradicción o una agonía moral el inicio de la compra de esclavos y esclavas negras.
El deseo de dominar festinó con la carne de las mujeres; los músculos de la bestia se volvieron fuertes y firmes al subyugarlas; su lujuria de poder entró en frenesí junto al placer sádico de la supremacía absoluta. La parte de la consciencia humana que es necesario se atrofie para que los hombres conviertan a otros humanos en objetos, se había marchitado y vuelto inútil muchísimo antes de que el primer esclavo negro fuese importado a las colonias inglesas. Una vez establecida la esclavitud de las mujeres como el campo enfermizo de la sociedad, el racismo y otras patologías jerárquicas germinaron inevitablemente de él.

Hubo trata de esclavos negros anterior a la colonización Inglesa de lo que es hoy Estados Unidos. Durante el Medioevo hubo esclavos negros en Europa en menor cantidad, comparativamente hablando. Fueron los portugueses los primeros que realmente se dedicaron al secuestro y venta de personas negras. Desarrollaron el tráfico de esclavos del Atlántico. Las personas negras fueron importadas en masivas cantidades a las colonias portuguesas, españolas, francesas, alemanas, danesas y suecas.

En las colonias inglesas, como he dicho, cada hombre casado tenía una esclava, su esposa. En tanto los hombres adquirían riqueza, compraron más esclavos, personas negras, quienes, al otro lado del Atlántico, ya eran vendidas. La riqueza de un hombre siempre se ha medido de acuerdo a cuánto posee. Un hombre compra propiedades tanto como para aumentar su riqueza, como para demostrar su fortuna. Las personas negras eran compradas como esclavas para este propósito.

Las leyes que fijaban el estatus de bien mueble de las mujeres blancas se extendieron entonces para ser aplicadas al esclavo y esclava negra. El derecho divino que determinó la esclavitud de las mujeres a los hombres fue interpretado para volver voluntad de Dios la esclavitud de negros a blancos.

La maliciosa noción de inferioridad biológica, que surgió para justificar la abyecta subyugación de mujeres a hombres, fue expandida para justificar la abyecta subyugación de negros a blancos. El látigo que solía partir las espaldas de las mujeres blancas, ahora era blandido también contra las espaldas de las personas negras.
Tanto hombres como mujeres negras eran secuestrados de sus hogares africanos y vendidos como esclavos, pero su condición era diferente. Los hombres blancos perpetuaron su visión de inferioridad de la mujer en la institución de la esclavitud negra.

El valor del esclavo negro en el mercado era el doble del valor de la esclava negra; se calculaba que la labor de él en el campo o el hogar valía el doble que la de élla.

La condición de la mujer negra esclava estaba determinada primero por su sexo y luego por su raza. La naturaleza de su servitud difería de la del esclavo negro hombre, porque ella era objeto carnal, un bien sexual, sometida a la voluntad sexual de su amo blanco. En el campo o en la casa, soportaba las mismas condiciones que el esclavo hombre. Trabajaba igual de duro; igual de largo: su comida y ropa eran inadecuadas; sus superiores la azotaban igual de seguido. Pero la mujer negra era además usada como una bestia de cría, sea que la montara el semental blanco o sea que su amo blanco eligiera un esclavo negro de su preferencia. Su valor económico, siempre menor que el del hombre negro, se medía primero por su capacidad reproductiva de producir más riqueza para su amo, en forma de más esclavos, y en segundo lugar por sus habilidades en el campo o el hogar.

En la medida que se importaron personas negras a las colonias inglesas, el carácter de la esclavitud de la mujer blanca se alteró de una forma muy extraña.

Las esposas continuaron siendo bienes muebles. Su propósito seguía siendo producir hijos año a año hasta morir. Pero sus amos, extasiados de dominación, le dieron un nuevo uso a sus cuerpos: serían ornamentos, profundamente inútiles, completamente pasivos, objetos decorativos mantenidos para demostrar la rebosante riqueza del amo.

Ésta creación de la mujer-adorno puede ser observada en todas las sociedades que predicaron la esclavitud de la mujer y donde los hombres acumularon riquezas. En China, por ejemplo, donde por miles de años los pies de las mujeres fueron vendados, los pies de la mujer pobre eran amarrados con soltura -ella aún debía trabajar; sus pies estaban atados, los de su marido no; eso lo hacía superior a ella, pues él podía caminar más rápido, pero aún así ella debía producir hijos y criarlos, realizar el trabajo doméstico, y usualmente trabajar en los campos también; él no podía permitirse atarle los pies completamente porque necesitaba de su labor. Pero la mujer esposa de un hombre rico era inmovilizada; sus pies eran reducidos a muñones, de modo que era enteramente inútil, salvo para ser follada y dar a luz. Dependiendo de cuán lisiada ella estaba, más alto era el grado de la riqueza del hombre. Estar absolutamente lisiada físicamente era la cúspide de la moda para la mujer, el ideal de la belleza femenina, la erótica piedra de tope de la identidad de la mujer.

En Amerika como en todas partes, atar físicamente a la mujer era el propósito real de la alta costura femenina. El disfraz de mujer fue una invención sádica diseñada para abusar de su cuerpo. Sus costillas fueron empujadas hacia adentro y arriba; su cintura, apretada al menor tamaño posible para que se viera como un reloj de arena; sus faldas eran anchas y muy pesadas. Los movimientos que ella podía hacer en este restrictivo y usualmente doloroso atuendo eran considerados la esencia de la gracia femenina. Las señoritas se desmayaban a menudo porque no podían respirar. Las damas eran tan pasivas porque no se podían mover. También, por supuesto, a las señoritas se les entrenaba para ser idiotas mental y moralmente. Cualquier demostración de inteligencia comprometía el valor como adorno de una dama. Cualquier afirmación de voluntad propia contradecía la definición que su amo tenía de ella como objeto decorativo. Cualquier rebelión en contra de su descuidada pasividad, que la clase que poseía esclavos había articulado como su verdadera naturaleza, podría causar la ira de su poderoso dueño y llevarle censura y ruina.

Los costosos vestidos que adornaban a la dama, su relajo, y su vacuidad, obnubilaron para muchos la dura, fría realidad de su condición de propiedad carnal. Ya que su función era significar la riqueza del hombre, frecuentemente se asumía que ella poseía tal riqueza. En los hechos, ella era un vientre de cría y un adorno, sin derechos privados o políticos, sin posibilidad de reclamar dignidad o libertad.

La genialidad de cualquier sistema de esclavitud se encuentra en las formas en que aísla a los esclavos unos de otros, oscurece la realidad de su condición común, y vuelve inconcebible una rebelión unida contra el opresor. El poder del amo es absoluto e incontrovertible. Su autoridad está protegida por la ley civil, las fuerzas armadas, la costumbre, y las reglas divinas o biológicas.
Es característico de las y los esclavos interiorizar la visión que los opresores tienen de ellos, y ésta visión interiorizada se cristaliza en un odio patológico hacia sí mismos. Típicamente las y los esclavos aprenden a odiar las cualidades y comportamientos que caracterizan a su grupo, y a identificar sus propios intereses con los intereses de sus opresores.

La posición del amo en la cima es invulnerable; una aspira a convertirse en el amo, o estar cerca de él o ganar reconocimiento en virtud del buen servicio prestado al amo. El resentimiento, la rabia y amargura ante la falta de poder propio no pueden dirigirse hacia arriba, en contra de él, así que todo es dirigido en contra de otras esclavas que son la encarnación de la degradación propia.

Entre las mujeres, ésta dinámica tiene lugar en lo que Phyllis Chesler llamó “políticas de harén”.3 La primera esposa es tirana de la segunda esposa, que es tirana de la tercera, etc. La autoridad de la primera esposa, o de cualquier mujer en el harén que tenga prerrogativas sobre otras mujeres, existe en función de su falta de poder en relación al amo. La labor que ella realiza como objeto para ser follado y para dar a luz puede ser realizada por cualquier otra mujer de su clase de género. Ella, al igual que todas las mujeres de su clase abusada, es instantáneamente reemplazable.
Esto significa que todo acto de crueldad que ella comete en contra de otras mujeres, lo ejecuta como agente del amo. Su comportamiento dentro del harén por sobre y en contra de otras mujeres es de interés para su amo, cuya dominación ésta cimentada por el odio que se tengan las mujeres entre ellas.
Dentro del harén, exiliadas de acceder a cualquier tipo de poder real, robadas de cualquier posibilidad de auto-determinación, todas las mujeres típicamente ejecutan en otras mujeres la rabia reprimida contra el amo; y así mismo expresan el odio interiorizado hacia su propia clase. Una vez más, ésto asegura de forma efectiva la dominación del amo, ya que las mujeres divididas unas contra de las otras, no se unirán en su contra.

Para el dueño de esclavas y esclavos negros, la mujer blanca era la primera esposa, pero el amo tuvo muchas otras concubinas de hecho, o potencialmente, mujeres negras esclavas. La esposa blanca se convirtió en el agente de su esposo en contra de ésta otra propiedad carnal. Su rabia en contra de su amo podía ejecutarse solo en contra de las personas negras, rabia que era, usualmente brutal e implacable. Su odio hacia su propia clase se expresó en contra de aquellos que, como ella, eran propiedad carnal, pero que, a diferencia de ella, eran negros. Ella también, por supuesto, agredía a sus propias hijas blancas, al amarrarlas y atarlas como damas, forzándolas a desarrollar la pasividad de ornamentos, e incentivando la institución del matrimonio.

Las esclavas negras, cuyos cuerpos la dominación del hombre blanco visitaba más salvajemente, tuvieron vidas de amargura imposible de aliviar. Se rompían la espalda trabajando; les quitaban a sus bebés y los vendían; eran las sirvientas sexuales de sus amos; y usualmente soportaron la ira de la mujer blanca -humilladas hasta la crueldad por las condiciones de su propia servitud.

Las políticas de harén, el odio propio del oprimido que busca venganza en los de su misma clase, y la tendencia de la esclava a identificar su interés propio con el interés del amo -todo ello conspiró para hacer imposible que las mujeres blancas, mujeres negras y hombres negros comprendieran las impactantes similitudes de su condición y se unieran en contra de su opresor común.

Ahora, hay muchos que creen que los cambios ocurren en la sociedad debido a procesos desvinculados: describen los cambios en términos de avances tecnológicos; o pintan gigantescos cuadros de fuerzas abstractas enfrentándose en el aire. Pero yo creo que como mujeres sabemos que tales procesos desvinculados no existen: toda la historia se origina en la carne humana; toda la opresión es infligida por el cuerpo de uno contra el cuerpo de otro; todo cambio social se construye en la carne y hueso, y desde el músculo y la sangre, de las y los creadores humanos.
Dos de esas creadoras fueron las hermanas Grimke, de Charleston, Carolina del Sur.

Sarah, nacida en 1782, fue la sexta de catorce criaturas; Angelina, nacida en 1805, fue la última. Su padre fue un abogado rico dueño de numerosos esclavas y esclavos negros. A temprana edad, Sarah se rebeló contra su condición de dama y contra el horror siempre presente de la esclavitud negra. Su primera ambición fue convertirse en abogada pero su padre le negó la educación, él quería que ella solo supiera cómo bailar, coquetear y casarse. “Para mi, aprender era una pasión”, escribió más tarde. “A mi naturaleza le fue negado el nutriente apropiado, su curso fue atacado, sus aspiraciones aplastadas” 4.

En su adolescencia, Sarah, de manera consciente, quebrantó la ley sureña que prohibía enseñarle a leer a las y los esclavos. Dió clases de lectura en un escuela para esclavos los domingos, hasta que su padre la descubrió; e incluso después de eso, siguió enseñándole a su propia doncella. “Nos cortaron la luz,” escribió, “la cerradura fue revisada, y ante el fuego, acostados sobre nuestros estómagos, y con él silabario bajo nuestros ojos, desafiamos las leyes de Carolina del Sur” 5. Eventualmente esto también fue descubierto, y entendiendo que la criada sería azotada de haber más infracciones, Sarah dejó de darle clases. En 1821, Sarah se fue de Carolina del Sur a Philadelphia. Renunció a la religión episcopal de su familia y se convirtió en cuaquera.
Angelina tampoco pudo tolerar la esclavitud negra. En 1829, a la edad de 24 años, escribió en su diario: “Un sistema debe ser radicalmente malo si solo puede sostenerse al transgreder las leyes de Dios” 6.

En 1828, ella también se mudó a Philadelphia. En 1835, Angelina le escribió una carta personal al militante abolicionista William Lloyd Garrison. Decía: “El terreno que pisas es sagrado: jamás -jamás cedas. Si cedes, las esperanzas de los esclavos se extinguirán…Tengo la profunda, solemne, deliberada convicción de que es una causa por la que vale la pena morir”7. Garrison publicó la carta en su periódico abolicionista, The Liberator [El Libertador], con un prefacio que identificaba a Angelina como miembro de una prominente familia esclavista. Ella fue ampliamente condenada por amigos y conocidos por desgraciar a su familia, y Sarah, también, la condenó. En 1836, selló su destino como traidora a su raza y a su familia al publicar el escrito abolicionista llamado “An Appeal to the Christian Women of the South” [Un llamado a las mujeres cristianas del sur]. Por primera vez, tal vez en la historia mundial, una mujer se dirigía a otras mujeres y demandaba que se unieran como fuerza revolucionaria para desmantelar un sistema tiránico. Y por primera vez en tierra Amerikana, una mujer exigía a las mujeres blancas que se identificaran con el bienestar, libertad y dignidad de la mujer negra:

“Dejen que las mujeres se encarnen a sí mismas en la sociedad, y envíen peticiones a sus diferentes legislaturas, llamen a sus esposos, padres, hermanos e hijos, a que abolan las instituciones de esclavitud; llámenlos a no someter nunca más a las mujeres a la mordaza y la cadena, a la oscuridad mental y la degradación moral; a no separar nunca más a los esposos de sus mujeres, y a las criaturas de sus madres y padres; a que nunca más hombres, mujeres y niños trabajen sin sueldo; a no amargar más sus vidas con duras amarras; a no reducir nunca más a ciudadanos americanos a la abyecta condición de esclavos, de “bienes personales”; a no trastocar más la imagen de Dios en los conflictos humanos a cambio de cosas corruptibles como plata y oro”. 8

Angelina exhortó a las mujeres blancas sureñas, por el bien de todas la mujeres, a formar sociedades anti-esclavitud; a enviar peticiones a las legislaturas; a educarse a sí mismas sobre la dura realidad de la esclavitud negra; a hablar en contra de la esclavitud a familiares, amigos y conocidos; a demandar que en sus propias familias los y las esclavas fueran liberadas; a pagar sueldos a cualquier esclavo que no fuese libre; de ir en contra de la ley y liberar esclavos siempre que fuera posible; y de ir contra la ley enseñado a los esclavos a leer y escribir.

En la primera exposición de la desobediencia civil como principio para actuar, ella escribió: “Algunas de ustedes dirán, no podemos liberar a los esclavos ni enseñarles a leer, porque las leyes de nuestro estado lo prohíben. No se sorprendan cuando digo que esas retorcidas leyes no deben ser obstáculos para que cumplan con su deber…Si una ley me ordena pecar, la romperé; si me llama a sufrir, dejaré que siga su curso sin restricción. La doctrina de obediencia ciega y subordinación acrítica a cualquier poder humano, sea civil o eclesiástico, es la doctrina del despotismo…” 9

Este discurso fue quemado por los post-amos sureños; se le advirtió a Angelina mediante las editoriales, en periódicos, que jamás volviera al Sur; y fue repudiada por su familia. Luego de la publicación de su “Appeal”, ella se volvió organizadora abolicionista de tiempo completo.

También, en 1836, en una serie de cartas a Catherine Beecher, Angelina articuló el primer argumento completamente feminista en contra de la opresión de la mujer: “Ahora, considero que es el derecho de las mujeres poder elegir todas las leyes y regulaciones por los que seremos gobernadas, ya sea en la Iglesia o el Estado; y que la configuración actual de la sociedad…es una violación a los derechos humanos, una descarada usurpación de poder, un violento secuestro y confiscación de lo que sagrada e inalienablemente es nuestro -inflingiendo así en las mujeres males espantosos, creando injusticias incalculables en el ámbito social, e influeciando al mundo, produciendo solo maldad continuamente.” 10.

Su consciencia feminista nació de su compromiso abolicionista: “La investigación de los derechos de los esclavos me ha llevado a comprender mejor los míos”11. También, en 1836, Sarah Grimke publicó un panfleto titulado “Epistle to the Clergy of the Southern States” [Epístola al Clérigo de los Estados del Sur]. En él, ella refuta el argumento del clérigo sureño de que la esclavitud bíbilica permitía justificar la esclavitud en Amerika. Desde ese momento, Sarah y Angelina se unieron privada y públicamente en su trabajo político.

En 1837 las hermanas Grimke asistieron a una convención anti-esclavitud en la ciudad de Nueva York. Allí, afirmaron que las mujeres blancas y negras eran una hermandad; que la institución de la esclavitud negra fue alimentada por el prejuicio racial norteño; y que las mujeres blancas y los hombres negros también poseían una condición común:

“[Las esclavas mujeres] son nuestras compatriotas -son nuestras hermanas; y como mujeres, tienen derecho a buscar en nosotras empatía en su dolor, y esfuerzos y plegarias para ser rescatadas…Nuestra gente ha eregido un falso estandarte con el cual juzgar el carácter del hombre. Porque en los Estados esclavistas, los hombres de color son aplastados y mantenidos en la ignorancia, son tratados con desdén y rabia, y así que en el Norte, en profunda deferencia con el Sur, rehusamos comer, o andar en bus, o caminar, o asociarnos o abrir nuestras instituciones de aprendizaje, o incluso nuestros zoológicos a las personas de color, a menos que las visiten en calidad de sirvientes, en incidental y humilde asistencia junto a los anglo-americanos ¿Quién oyó jamás sobre tal retorcido absurdo en un país Republicano? Las mujeres han de tener una afinidad peculiar hacia los hombres de color, porque, como ellos, ellas ha sido acusadas de inferioridad mental, y se les ha negado el privilegio de acceder a una educación liberal”. 12

En 1837, la reacción pública contra las hermanas Grimke se volvió feroz. El Clérigo de Massachusetts público una carta pastoral denunciando el activismo de las mujeres: “Les invitamos a poner atención a los peligros que actualmente parecen amenazar el carácter de la mujer, causando una herida amplia y permanente…No podemos…sino lamentarnos la conducta errada de quienes incitan a las mujeres a tomar parte intrusiva y ostentosas en las reformas, y [no podemos] dar cabida a nadie de ese sexo que de momento se haya olvidado a sí misma al punto de inmiscuirse con carácter de oradores públicos y profesores. Deploramos especialmente la íntima cercanía y promiscuas conversaciones de las mujeres en relación a cosas que no deben ser nombradas; que consumen la modestia y delicadeza que son los encantos de la vida doméstica, y que constituyen la verdadera influencia de las mujeres en la sociedad, y que abren la puerta, que rechazamos, a la ruina y la degeneración”.13

En respuesta a la carta pastoral, Angelina escribió: “Somos puestas en una situación inesperadamente desafiante, a la cabeza de una lucha enteramente nueva -la lucha por los derechos de la mujer como un ser moral, inteligente y responsable”14. La respuesta de Sarah, que fue luego publicada como parte un análisis sistemático de la opresión de las mujeres llamado “Letters on the Equality of the Sexes and the Condition of Women” [Cartas sobre la Equidad de los Sexos y la Condición de las Mujeres], dice en parte lo siguiente:
“[La carta pastoral] dice, “Les invitamos a poner atención a los peligros que actualmente parecen amenazar el c a r á c t e r d e l a m u j e r, causando una herida amplia y permanente”. Me alegra que hayan hecho un llamado de atención al sexo al que pertenezco sobre este tema, porque creo que si la mujer lo investiga, ella pronto descubrirá que existe un peligro latente, aunque viene de una fuente totalmente distinta…peligro de quienes, habiendo por largo tiempo sostenido las riendas de una autoridad usurpada, no están dispuestos a permitirnos satisfacer esa esfera que Dios creó para que nos movieramos, y que han entrado en una batalla para aplastar la mente inmortal de la mujer. Me alegro, porque estoy convencida de los derechos de la mujer, como los derechos de los esclavos, necesitan ser examinados solamente para ser comprendidos y afirmados, incluso por aquellos que ahora se dedican a aplacar el deseo irrefrenable de libertad mental y espiritual que brilla en el pecho de muchas quienes apenas se atreven a expresar su sentir”. 15
En esta confrontación con el clérigo de Massachusetts, fue que nació el movimiento por los derechos de las mujeres en Estados Unidos.

Dos mujeres, levantando la voz por todas las oprimidas de su clase, decidieron transformar la sociedad en nombre y por el bien de las mujeres. El trabajo de Angelina y Sarah Grimke, tan profundo en su análisis político de la tiranía, tan visionario en su urgencia revolucionaria, tan irrefrenable en su desprecio a las ataduras humanas, tan radical en su percepción de la opresión de todas las mujeres y el hombre negro, fue la fibra con la cual se tejió el primer movimiento feminista. Elizabeth Cady Stanton, Lucretia Mott, Susan B. Anthony, Lucy Stone -fueron hijas de las hermanas Grimke, nacidas de su milagroso trabajo.

Se suele decir que todas y todos quienes abogaron por los derechos de las mujeres fueron también abolicionistas, pero que no todos los abolicionistas lucharon por los derechos de las mujeres. La cruda realidad es que la mayoría de los abolicionistas hombres, se opusieron a los derechos de las mujeres. Frederick Douglass, un ex esclavo negro que fuertemente apoyó los derechos de las mujeres, describió su posición en 1848, justo después de la Convención Seneca Falls:
“Una discusión sobre los derechos de los animales sería considerado con mucha más complacencia por muchos de los llamados sabios y buenos de nuestra tierra, que una discusión sobre los derechos de las mujeres. Estiman que es ser culpable de malos pensamientos, creer que las mujeres han de tener iguales derechos que los hombres. Muchos de los que al fin descubrieron que el negro tiene los mismos derechos que otros miembros de la sociedad, aún no se convencen de que las mujeres tienen derecho alguno…Varios de los que calzan en esta descripción, de hecho, abandonaron la causa anti-esclavitud, temiendo que al prestar influecia en esa dirección podrían estar dando apoyo a la peligrosa herejía de que la mujer, en respeto de sus derechos, se ponga de pié en igualdad de condiciones junto al hombre. A juicio de éste tipo de personas, el sistema de esclavitud Americano, con todos sus horrores concomitantes, es menos deplorable que ésta retorcida idea” 16

En el movimiento abolicionista, como en la mayoría de los movimientos por cambios sociales, entonces y ahora, las mujeres fueron las comprometidas; las mujeres hicieron el trabajo que debía ser hecho; las mujeres fueron la fuerza y músculo que apoyó el cuerpo completo.
Pero cuando las mujeres declararon sus propios derechos, fueron desechadas con descontento, ridiculizadas, o se les dijo que su propia lucha era auto-indulgente, secundaria a la lucha real. Como Elizabeth Cady Stanton escribió en sus reminiscencias: “Durante los seis años [de la Guerra Civil] cuando las mujeres sostuvieron sus propios reclamos de forma marginal a los de los esclavos…y trabajaron para entusiasmar a la gente [por la emancipación] fueron altamente honradas como “sabias, leales y con una visión clara”. Pero cuando los esclavos fueron emancipados, y éstas mismas mujeres pidieron ser reconocidas como ciudadanas en la reconstrucción de la República, iguales ante la ley, todas estas virtudes trascendentales se desvanecieron como el rocío al amanecer. Y así es siempre: en tanto la mujer trabaje para secundar las causas del hombre y exalte ese sexo por sobre el propio, sus propias virtudes son incuestionables; pero cuando se atreve a demandar derechos y privilegios para ella misma, sus motivos, modales, vestimenta, apariencia personal, y su carácter son sometidos al ridículo hasta la retractación”. 17.

Las mujeres, como Stanton apuntó, “apoyaron a las personas negras, hasta ese momento, en igualdad de condiciones, como clase marginada, fuera del paraíso político”; 18 Pero la mayoría de los aboliciostas hombres, y el partido Republicano que los representó eventualmente, no hicieron ningún compromiso para con los derechos civiles de las mujeres, mucho menos con la radical transformación social demandada por las feministas. Éstos hombres abolicionistas, en cambio, se comprometieron con la dominación masculina, invirtieron en privilegios para los hombres, y sustentaron la creencia de la supremacía masculina.

En 1868, la Fourteenth Amendment [Catorceava Enmienda] que permitía al hombre negro tener propiedad, fue ratificada. En esta misma reforma, la palabra “macho” fue introducida en la Constitución de Estados Unidos por primera vez -esto para asegurar que no permitiera, ni siquiera por accidente, el sufragio u otro derecho legal a las mujeres. Esta traición fue despreciable. Los hombres abolicionistas traicionaron a cada mujer cuya organización, charlas, y panfletos dieron pie a la abolición. Los hombres abolicionistas traicionaron a la mitad de la población de ex esclavos -a las mujeres negras, que no existían civilmente bajo ésta enmienda. Los abolicionistas se unieron a los ex-esclavistas; ex esclavos se unieron con los ex-amos; los hombres blancos y negros se unieron para cercar las barracas en contra de las mujeres blancas y negras.

Las consecuencias para la mujer negra fueron, como Sojourner Truth profetizó en 1867, un año luego de la Catorceava Enmienda, las siguientes: “Yo vengo… del país de esclavos. Ellos obtuvieron su libertad -que suerte haber destruido la esclavitud parcialmente. Yo quiero destruirla de raíz, destruir todas sus ramas. Entonces seremos libres de verdad…Hay un gran alboroto acerca del hombre de color obteniendo sus derechos, pero ni una palabra sobre la mujer de color; y si los hombres de color obtienen los suyos, pero las mujeres de color no obtienen los de ellas, verás al hombre de color siendo amo de la mujer de color, y será tan malo como antes”. 18

Si alguna vez la esclavitud será destruida “de raíz y con todas sus ramas”, son las mujeres quienes deben hacerlo. Los hombres, como atestigua su propia historia, tan solo arrancarán sus botones y cortarán sus flores. Quiero pedirles que se comprometan a obtener su propia libertad; no quiero que se conformen con nada menos, ni que hagan concesiones o trueques, ni que sean engañadas con falsas promesas y mentiras crueles. Quiero recordarles que la esclavitud debe ser destruida “de raíz y con todas sus ramas”, o de otro modo no será destruida en absoluto.

Quiero pedirles que recuerden que hemos sido esclavas por tanto tiempo que a veces olvidamos que no somos libres. Quiero recordarles que no somos libres. Quiero pedirles que se comprometan con la revolución de las mujeres -una revolución de todas las mujeres, por todas las mujeres y para todas las mujeres; una revolución dirigida a desenterrar las raíces de la tiranía para que no crezca nunca más.

***

[Ésta es la traducción no oficial del libro Our Blood de Andrea Dworkin. El resto del libro lo podrás encontrar, a medida que sea publicado, en la categoría «Nuestra Sangre», o bien, aquí, en la pestaña del mismo nombre]

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s